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La virulencia que acabó con los maridos

El progreso ha hecho desaparecer algunas profesiones a las que debemos mucho. Quizá agosto, con sus viajes y su playa, no sea mal momento para dedicarles un recuerdo.

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Ama de cría.

De todos los seres que habitan las alturas siento particular devoción por santa Catenaria de Frómista. A ella me encomiendo cada vez que monto al tren que de Chamartín me trae a casa. Es un tren veloz: en poco más de una hora hace escala en Valladolid, y cualquier día de la semana siguiente atraca en Santander. Claro que los hay más rápidos, casi todos o todos los que unen Madrid con las capitales de provincias. Pero si en lugar de comparar el tren de ahora con los de nuestros vecinos lo hacemos con los nuestros de antes, el actual es una verdadera centella: aún se cantan los tiempos en que admiraba que se plantara en hora y media de Molledo a Portolín. Imagine esa velocidad aplicada a todo el recorrido.

Al ferrocarril se lo asoció con el progreso desde sus inicios. Pero el progreso, al menos como lo concebimos por aquí, siempre supuso que desaparecieran profesiones: la fotocomposición acabó con los linotipistas, los ordenadores personales con los fotocomponedores… Muchas veces la nueva tecnología creaba puestos a los que podían acceder los profesionales desplazados. Así los primeros taxistas habían sido antes cocheros de punto, y puede que el ferrocarril incorporara en su plantilla a los dedicados a la posta en las rutas donde se implantaba. Pero, ¿qué se habrá hecho de los maridos? No creo que las empresas ferroviarias asumieran a los trabajadores de otras industrias, de la láctea en este caso.

Sé de los maridos gracias a Corpus Barga, un escritor que se fue a Lima a escribir sobre Comillas, donde veraneaba de niño, y de otras cosas. Eran los años en que los escritores malos podían irse a Perú o a México, porque aquí había que hacer sitio a los buenos, los que iban a misa los domingos. En consecuencia en México se pensaba mucho en Madrid, como dice Agustín Lara en un chotis, y en Lima en el Comillas de principios del siglo XX, cuando en la playa ponían una cuerda, y un vigilante para la cuerda, que separaba las zonas dedicadas a hombres y a mujeres. Y eso que por entonces los hombres y las mujeres no iban a la playa: eran sus asexuados sosias, las damas y los caballeros, quienes lo hacían.

El ferrocarril acabó con los maridos; el pelargón, con las nodrizas, y el vídeo mató a la estrella de la radio, por este orden.

Las damas y los caballeros eran veraneantes que pasaban el resto del año en Madrid, y allí contrataban nodrizas, amas de cría, también llamadas amas húmedas porque las había secas, para dar de mamar a su prole. Para que una nodriza generara leche era necesario que tuviera su propio hijo, claro, que mamaba a la vez que el hijo de la señora. Este y el del ama devenían así hermanos de leche, un vínculo que a más de un hijo de nodriza le supuso ser ujier en un ministerio cuando el otro mamón llegaba a ministro. Corpus habla de «… las nodrizas gallegas, tan famosas como las pasiegas y más numerosas», y seguramente sea este mayor número el que le lleve a atribuirles maridos solo a ellas, sin mencionar a las pasiegas en este aspecto. El caso es que cuando el niño del ama crecía, su madre quedaba sin leche y, por tanto, sin trabajo. Un viaje a Galicia a preñar de nuevo llevaría un tiempo sin actividad y un gasto impensable, por lo que la nodriza gallega, de acuerdo con su hombre en el terruño, recurría a los servicios de un profesional para que la pusiera de nuevo en condiciones de dar leche sin moverse de Madrid: a este profesional se le llamaba marido. Cuando la mujer había sacado adelante  unos cuantos hijos, y tenía los ahorros suficientes, volvía a su tierra con la totalidad de la prole parida, la mitad de la criada, que su marido oficial asumía como propia. Eran los tiempos en que los hijos suponían fuerza de trabajo gratuita, es decir, casi toda la historia de la humanidad: échese un vistazo al derecho romano.

Cuando la industria láctea encontró el modo de librarse de la competencia de las amas húmedas en el servicio al sector más joven de los consumidores, los maridos ya habían desaparecido: el ferrocarril permitió viajes rápidos y baratos. El ferrocarril acabó con los maridos; el pelargón, con las nodrizas, y el vídeo mató a la estrella de la radio, por este orden.

Las nodrizas merecen un recuerdo agradecido por tantos ministros, obispos y prohombres en general que tuvimos gracias a ellas. Pero el noble oficio de marido ha contribuido también al crecimiento del capital humano patrio y se lo recuerda menos todavía. Yo lo hago con cierta frecuencia: concretamente cada vez que el Alvia me deja tirado en Alar del Rey.

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