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Pantoja, Su ta Gar y otras extravagancias musicales (Equo)

Recuerdo que cuando éramos adolescentes nos producía una mezcla entre inquietud y emoción conocer cuáles serían los grupos que vendrían a tocar en fiestas. En cuanto oíamos rumores, corríamos a mirar el periódico para buscar el cartel de aquel año. Por lo general siempre había un par de grupos de moda, de esos que se oían en la radio y que por aquel entonces gustaban. También estaba el típico grupo o solista enfocado al público más mayor que luego resultaba que era el concierto con mayor asistencia. Pero ese concierto no estaba pensado para nuestra cuadrilla. Por suerte, la oferta musical iba más allá del cartel oficial y, si no comulgábamos con los conciertos del ayuntamiento, siempre nos quedarían los alternativos.

Esta situación se repetía año a año hasta que, no sé si por la deriva catastrófica que ha tenido la música comercial o porque ya nos hemos hecho mayores, a estas edades asumimos que la oferta musical de fiestas no es para nosotras. Admito que es complicado elegir diferentes grupos y que nunca llueve a gusto de todo el mundo pero hemos vivido algunas situaciones realmente extravagantes. La que mejor recuerdo es cuando Encina Serrano, en aquel 2002 concejala de cultura del Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, eliminó del cartel de fiestas a Su ta Gar para introducir a la recién llegada 'triunfita' Chenoa con la consecuente polémica y cruce de acusaciones. Finalmente no actuó ninguno.

Fiestas y anécdotas aparte, la programación cultural que realizan las instituciones no suele estar enfocada hacia la juventud. Parece que es un colectivo que no importa demasiado a nivel político, somos una molestia para el sistema y, en lo referente al ámbito cultural, aún más. Algunas administraciones han puesto en marcha iniciativas positivas que permiten a la juventud desarrollar sus inquietudes culturales. Por ejemplo, locales de ensayo públicos a precios asequibles, programas alternativos de ocio, reconversión de antiguos espacios industriales en espacios culturales. Son pequeñas iniciativas que se van multiplicando mientras esperamos un verdadero plan de fomento de la cultura juvenil por parte de la administración.

Muchos ayuntamientos organizan o patrocinan diferentes ciclos musicales a lo largo del año: el ciclo de música de cámara, el ciclo de música clásica, festivales de jazz, blues, etc. Eso está muy bien pero, ¿para cuándo un ciclo de música rock, de música heavy, de hip-hop, de los estilos musicales que escucha la juventud? Ante tal carencia es la iniciativa privada la que intenta cubrir los vacíos que la Administración pública no quiere cubrir. Existen pequeñas salas y bares que intentan sobrevivir como pueden ofertando la música que realmente nos interesa.

¿Cuál es la solución? Para empezar preguntar a la juventud qué desea, consultar directamente, tratarla de tú a tú y hacerla participe de la organización. Después ir un paso más allá y democratizar este tipo de decisiones. No dejarse arrastrar por los grandes eventos de masas o el imperativo comercial.

Los grandes festivales como el BBK Live o el Azkena Rock Festival (ARF) están muy bien y atraen gran cantidad de público, pero es en el día a día donde se tiene que cultivar y fomentar la cultura musical. Son las pequeñas bandas, con sus garajes como locales de ensayo, las que van definiendo las corrientes culturales de cada pueblo o ciudad. Este tipo de música, local y autóctona, es el que se debe impulsar desde la Administración. Necesitamos una política cultural que facilite la creación y la supervivencia de nuevos grupos, que sean libres para componer y para tocar, cada uno en su estilo. Pero parece que no piensa lo mismo la clase gobernante.

Hace unas semanas leíamos la noticia de que el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz perdonó el pago del alquiler del polideportivo de Mendizorroza a Isabel Pantoja para realizar un concierto, mientras que otros promotores tienen que pagar hasta 4.000 euros para organizar otros eventos culturales. Desgraciadamente éste es un ejemplo más de la inexistencia de criterio a la hora de promover actos culturales, en la gran mayoría de los casos se aplica un único criterio: los gustos personales del concejal o concejala de Cultura de turno.

¿Cuál es la solución? Para empezar preguntar a la juventud qué desea, consultar directamente, tratarla de tú a tú y hacerla participe de la organización. Después ir un paso más allá y democratizar este tipo de decisiones. No dejarse arrastrar por los grandes eventos de masas o el imperativo comercial. La cultura no debe ser vista como un negocio, la cultura no es dinero, la cultura es el reflejo de la sociedad. Es un patrimonio que debe ser fomentado y conservado, más allá de los gustos personales que cada persona podamos tener.

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