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Las intrusas. 100 años del sufragio de las mujeres

 ¿Cómo se explica que las mujeres sigan siendo minoría en los espacios donde se toman las decisiones públicas? ¿Por qué sigue ocurriendo esto a pesar de las medidas legales que impulsan su presencia?

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Sufragistas.

Sufragistas.

En 2018 se cumplirán 100 años desde que en muchos países europeos se reconoció el derecho de voto de las mujeres; son los casos, entre otros, de Alemania, Austria, Estonia, Hungría, Irlanda, Letonia, Rusia y el Reino Unido. En muchos de estos lugares se están preparando numerosos eventos conmemorativos de diversa índole, desde congresos y jornadas académicas hasta celebraciones militantes y actos institucionales.

El Reino Unido constituye uno de los más claros ejemplos de cómo la cuestión del voto de las mujeres se convirtió en un tema candente en la agenda política que generó un importante debate social y un vigoroso movimiento de protesta a finales del Siglo XIX. Allí se disponen a celebrar la aprobación de la Representation of the People Act de 1918, ley que amplió el electorado de 7,7 millones a 21,4 millones de personas y que permitió que muchas mujeres británicas (no todas, solo las mayores  de 30 años, las que tenían propiedades o títulos universitarios) pudieran votar. Que nadie piense que el proceso fue sencillo. El Estado liberal representativo se construyó partiendo de la exclusión de gran parte de la sociedad, no lo olvidemos: la de muchos hombres y la de todas las mujeres. Durante más de un siglo en muchos países europeos el derecho de voto fue ampliándose progresivamente mediante la eliminación paulatina de las restricciones del sufragio censitario para los hombres. En el caso del Reino Unido, ya en 1866 el filósofo liberal John Stuart Mill presentó por primera vez en el Parlamento una petición a favor del voto para las mujeres, demanda que fue rechazada.

A partir de entonces lo habitual fue que en cada reforma electoral hubiera voces que solicitaban la extensión de ese derecho para las mujeres, pero siempre ganaron los argumentos que señalaban que no estaban capacitadas para ejercer ese derecho, que el orden natural de las cosas señalaba que la política no era asunto para mujeres, es decir, que eran unas intrusas en los espacios políticos. Similares negativas se vivieron en numerosos países con sistemas políticos liberales. Desde finales del siglo XIX, el movimiento por el sufragio de las mujeres fue creciendo en dimensión y fuerza en los Estados Unidos y en Europa, de manera particular en el Reino Unido. Asociaciones moderadas y radicales concentraban el grueso de la lucha de miles de sufragistas que no sólo realizaron una aportación clave en el reconocimiento del derecho de voto sino que, y esto no se ha subrayado lo suficiente, con su propia actividad contribuyeron de manera significativa a la transgresión del rol que tradicionalmente estaba asignado a las mujeres.

Paradójicamente, uno de los principales factores que dio el impulso definitivo a las reformas electorales de 1918 fue la Primera Guerra Mundial pues se hizo insostenible la incongruencia de que millones de soldados que volvían después de haber estado defendiendo a su país no tuvieran derecho de voto. Asimismo, era difícilmente justificable que las mujeres siguieran siendo privadas de ese derecho cuando su papel había sido imprescindible durante la guerra tanto participando en labores asistenciales en la retaguardia como trabajando en los puestos de trabajo que habían dejado los hombres al marchar al frente.

El Estado liberal representativo se construyó partiendo de la exclusión de gran parte de la sociedad, no lo olvidemos: la de muchos hombres y la de todas las mujeres

Precisamente, el texto de la ley británica reconocía explícitamente que tanto los excombatientes como las mujeres merecían el voto por ese motivo. Así que la clave no fue tanto el reconocimiento de un derecho básico sino un premio por la aportación a su país durante el conflicto bélico. El derecho de voto de las mujeres abrió el paso también al reconocimiento del derecho a presentarse a las elecciones y, con ello, a entrar a los parlamentos y los gobiernos.

¿Significó esto el fin de la exclusión política de las mujeres? Es cierto que a partir de entonces fueron accediendo a las instituciones ejecutivas y legislativas en la mayoría de los Estados, lugares en los que antaño estaba vedada su presencia y en los que al principio fueron consideradas intrusas. No obstante, su incorporación no fue rápida ni progresiva puesto que 75 años más tarde el diagnóstico general mostraba que la presencia de mujeres seguía siendo una rareza en muchísimos países: en 1995 su proporción en los parlamentos del mundo era 11,3%. Las cuotas, porcentajes obligatorios para asegurar la presencia equilibrada de mujeres, fueron el siguiente avance y gracias a este mecanismo se ha logrado aumentar su presencia pero, incluso así, en 2017 el porcentaje de mujeres en los parlamentos de todo el mundo es el 23,5%  y el porcentaje en el caso de los Estados miembros de la Unión Europea asciende a 29,8%.

Los datos del último siglo se empeñan en mostrar que las mujeres no acceden a la política en la misma medida que los hombres. ¿Cómo se explica que las mujeres sigan siendo minoría en los espacios donde se toman las decisiones públicas? ¿Por qué sigue ocurriendo esto a pesar de las medidas legales que impulsan su presencia? Los estudios que abordan esta cuestión reconocen que los motivos son numerosos y diversos: el peso de las responsabilidades domésticas y familiares, la falta de apoyo del electorado o de los partidos políticos, la falta de apoyo del entorno, la falta de confianza en una misma, la falta de experiencia en funciones de representación o la falta de recursos financieros. Hay un factor que engloba prácticamente a todos los demás y consiste en el conjunto de actitudes culturales predominantes relativas al papel de las mujeres en la sociedad, actitudes que aún hoy las excluyen considerándolas extranjeras y ajenas a la política. La exclusión se ejerce por muchas personas que probablemente no sean ni conscientes de su nefasta influencia. Pueden contribuir a la exclusión personas que ocupan cargos políticos, líderes sociales, tertulianos y tertulianas, periodistas, ciudadanos y ciudadanas. La expresión de estas actitudes puede adoptar una forma leve o manifiesta, puede ser delicadamente paternal o directamente violenta, puede aparecer en comentarios denigrantes o en ridiculizaciones caricaturescas, puede reflejarse en fotografías desconsideradas o humillantes, pero, en todo caso, hace que muchas mujeres se sientan incómodas, fuera de lugar y forasteras en los espacios políticos.

Hace 100 años las mujeres de gran parte de Europa obtuvieron el derecho de votar como primer paso hacia la participación en las decisiones políticas; hace 20 años ese derecho se completó con el establecimiento de las cuotas para asegurar su presencia en las instituciones. ¿Cuál ha de ser el siguiente paso? Agotadas las medidas legales para su entrada en política, no queda más remedio que mirar hacia los mecanismos de exclusión y trabajar para neutralizarlos. Personalmente estoy convencida de que es fundamental aumentar el respeto social hacia las mujeres, por eso, cada vez que alguien hace un comentario despectivo hacia una alcaldesa en televisión, un periódico publica una fotografía que menoscaba la imagen de una ministra, un tertuliano de radio se mofa del aspecto de una parlamentaria o un columnista escribe con sorna sobre la ropa de la líder de un partido tenemos que hacerle saber que está contribuyendo a que la exclusión se perpetúe y a que la mitad de la sociedad se siga sintiendo intrusa en las esferas donde se toman las decisiones que afectan a nuestra convivencia colectiva.

*Arantxa Elizondo. Profesora de Ciencia Política en la Universidad del País Vasco

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