España, Argentina y la lógica de los supervivientes
El profesor nos pidió que hiciéramos un texto periodístico improvisado sobre un tema de actualidad, sin apoyo de archivo ni documentación, por lo que debía ser algo de lo que supieras lo mínimo como para tirar unos cuantos párrafos sólidos. Decidí hacerlo sobre los crímenes de lesa humanidad cometidos por la dictadura argentina. No era difícil saber del tema ni tampoco había dudas sobre el enfoque: desde que una ley había puesto punto final a un proceso judicial ejemplar –el fracaso democrático se completaba con la ley de obediencia debida y los indultos a los asesinos condenados en el Juicio a las Juntas Militares–, la impunidad caminaba por las calles. Las mismas calles de Buenos Aires que yo recorría para llegar al aula, las mismas en las que quienes habían sido desaparecidos y torturados podían cruzarse con sus captores, con sus verdugos.
Mi texto no fue entregado con el resto de las correcciones. El profesor, periodista en un diario centenario, me llamó al despacho, y con una sonrisa condescendiente, me preguntó si tenía alguna “razón personal” para haber elegido ese tema. Había una tensión en el aire que en ese momento me descolocó y hoy todavía me estremece. No me estaba reprendiendo, pero sí me estaba juzgando, me colocaba en el bando de los que tenían interés –me explicó– en revivir un capítulo de la historia que se había cerrado en pos de la concordia.
Yo no tenía más argumento para mi elección que una especie de terror basal heredado por las historias que se contaban en mi familia y una curiosa certeza de haber podido no ser: el nombre de mi padre figuraba en la agenda del compañero equivocado de la facultad y una tarde un grupo de tareas se presentó en casa de mis abuelos. Desbarataron el interior sin encontrar nada –tampoco a mi padre– y se retiraron dejando un reguero de desorden y miedo. En casa comentábamos que si lo hubieran detenido ese día, podría no haber vuelto –el destino que se marca a golpe de odio y metralla es veleidoso– y por tanto yo nunca habría nacido.
Mi madre contaba con horror el momento en el que los militares pararon el autobús en el que viajaba y se encargaron de revisar a punta de pistola si su barriga de embarazada era real. O aquella mañana en la que una desconocida, desesperada, tocó la puerta de casa de mi abuela y dejó allí a sus dos pequeñas hijas para huir, porque la perseguían. Siempre me pregunté qué habrá sido de aquella mujer, de aquellas niñas. Si la una estará viva y seguirá siendo madre, si las otras tendrán nombres que sean sus verdaderos nombres.
Se cumplen 50 años del golpe de Estado en Argentina y vuelvo a oír argumentos similares a los que en España suenan como una letanía, pero cada vez más alto: reparto de culpas, reabrir heridas, concordia, no todo era tan malo, al menos había seguridad y bienestar… La idea de que quien no estuviera en el ‘bando equivocado’ no tenía nada que temer es el mellizo aggiornado de ese ‘algo habrán hecho’ con el que muchos argentinos de bien justificaban los fogonazos que dejaba ver el terrorismo de Estado. Cómo no ver, medio siglo después, el tamaño de la falacia: cuando se vulneran los derechos, cuando se restringen las libertades, todos pierden y nadie está a salvo.
Los huesos que faltan
Argentina es hoy un país que, derogadas aquellas leyes claudicantes, ha juzgado y condenado –sigue haciéndolo en procesos que continúan abiertos– a los asesinos, a los torturadores, a los violadores, a los colaboracionistas que se lucraron del horror. Y también un país gobernado por una ultraderecha que siembra el odio, que presume de negacionista de los crímenes de la dictadura, que entierra a ritmo de motosierra cualquier idea de justicia social –es “una aberración”, para el presidente Javier Milei– y que se afana en recortar derechos.
Hace unos días se representaba en Madrid la obra teatral de Teresa Donato y Dennis Smith Mi vida anterior, que relata la compleja historia de una desaparecida que sobrevive. Viéndola pensé que este trabajo, con el que soñaba cuando escribí aquel texto polémico (para mi profesor), me ha concedido el privilegio de hablar con algunos supervivientes, y ver de cerca el alivio y la culpa de no ser uno más de miles de cadáveres borrados. Con Víctor Basterra, el llamado fotógrafo de la ESMA, recorrí los rincones de ese centro de detención ilegal evocando los olores, los gritos, el dolor de los silencios definitivos. La valentía de Basterra permitió documentar el destino de más de un centenar de personas, muchas de las cuales acabaron arrojadas al mar en los despiadados vuelos de la muerte. Este año, cuando volví a visitarlo con mi hija de 15 años, los empleados lamentaban la lenta degradación a la que condenan los recortes de Milei a un centro de memoria referente en el mundo.
“A pesar de los bastones y las sillas de ruedas, ‘las locas’ seguimos de pie”, dice Tati Almeida, una de las históricas Madres de Plaza de Mayo, a elDiario.es. Las Madres, las Abuelas, los Hijos, también sobrevivieron. Al dolor, a la ausencia. “Me faltan los huesos”, decía la hija de un desaparecido esta misma semana. Palabras que resuenan como un eco en las historias de las familias españolas que tienen a los suyos en las cunetas, en el osario gigantesco y desvencijado del Valle de los Caídos. “Mi anhelo era abrazar sus huesos”, decía en 2023 Fausto Canales, emocionado a sus 89 años cuando identificaron los restos de su padre, Valerico.
Argentina es una superviviente de su propia historia, igual que España. Y sobrevivir tiene un precio colectivo. Deja heridas permanentes que sin embargo con el tiempo parecen menos visibles, que pueden acabar resultando ajenas para quienes no escucharon memorias del horror en la sobremesa. O en la tele. O en la escuela. De esa desmemoria se alimentan las extremas derechas, que a un lado y otro del Atlántico intentan imponer la lógica del odio. Borrar la huella de los muertos y la voluntad de los que no murieron.
La resistencia es no olvidar. No olvidar ni permitir que se olvide. Este y todos los días. Nunca más.