LOS LANZALLAMAS

Jeff Bezos, el mercader de Venecia

20 de febrero de 2026 22:26 h

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Parece una broma pero no lo es. Jeff Bezos ha hecho una fortuna atendiendo detrás de un mostrador y el negocio comenzó en un garaje. Así como Bill Gates fundó Microsoft en 1975 en un garaje de Alburquerque, Bezos lo hizo en uno de Seattle justo dos décadas después pero sin inventar ningún sistema operativo sino poniendo en marcha un procedimiento simple: la venta en la red.

Bezos también nació en Alburquerque y allí es donde Walter White, un profesor de química de mediana edad recibe un duro pronóstico: cáncer terminal y, presa del pánico por el futuro de su familia, se inició en la producción ilegal de metanfetamina. Esta es la trama de la serie Breaking Bad, de Vicent Guillan, que dramatiza de manera magistral el marco del capitalismo actual que propone la figura del emprendedor como una de las salidas laborales posibles. Walter White lo escenifica en la serie; Jeff Bezos en la vida real. 

Muy lejos de la complejidad de Gates, Bezos se limitó a reaccionar ante un dato: la ratio de usuarios de la world wide web crecía en sus albores un 2.400% mensual, ¿cómo no vender algo a toda esa gente que se amontonaba ante la pantalla para observar la novedad? Con la ayuda de su primera esposa, la escritora MacKenzie Scott, y con la asistencia de tres servidores, montó la primera librería en línea. 

En aquellos años alcanzó el futuro de manera muy rápida, tanto que en 1996, un año después de haber vendido el primer libro, ya tenía un patrimonio de 10.000 millones de dólares pero seguía vistiendo anoraks y manejando un Honda Civic. Poco a poco, las cosas irían cambiando. Con su vida, con su patrimonio y también con su relación con el mundo.

The New Yorker publicó una viñeta en 2021 en la que se ve a Bezos observando a la tierra en llamas desde la ventanilla de uno de sus cohetes. Debajo del dibujo se lee: “en el espacio nadie escucha tus risitas...”. ¿De qué se ríe Bezos? Quizás de ver desde su propia nave espacial cómo quemaba el pasado, su ingenuo devenir cuando conducía aquel Honda que acumulaba kilómetros, porque entones, Amazon, ya estaba implantada en todo el mundo, él era uno de los hombres más rico del planeta y no eran pocos los focos que su marca encendía por todas partes. 

En la última década, investigaciones como las impulsadas por Reveal, un medio independente del Center for Investigative Reporting, han denunciado el sistema laboral coercitivo de Amazon en los Estados Unidos, donde los empleados se enfrentan a turnos de 12 horas con un índice de lesiones que se dispara exponencialmente en los días de ofertas especiales. Según detalla un informe de The Atlantic, las agresivas exigencias de producción de la empresa han superado los esfuerzos de sus equipos de seguridad para proteger a los trabajadores. Cuando un cliente hace un pedido, por ejemplo, un reloj va marcando el tiempo promedio del proceso que no debe exceder los once segundos. La velocidad de escaneo —más de 300 artículos por hora— se controla constantemente y los datos se envían en tiempo real que se procesa mediante un sistema de software propio. Si la velocidad objetivo de un empleado no se alcanza, comienzan las amonestaciones y los despidos.

El rendimiento temporal en Amazon no está sujeto a pautas humanas; son los robots quienes diseñan el flujo de mercancías dentro de los almacenes. En las naves de Tracy, California, la tasa de lesiones graves se cuadruplicó, pasando de 2,9 por cada 100 trabajadores en 2015 a 11,3 en 2018, según señalan los registros, cuando los viejos robots se sustituyeron por otros de nueva generación. 

Esta velocidad es la misma que marca el incremento de la fortuna de Bezos. Hoy está el quinto en la lista de los más ricos, con 219.000 millones de dólares, cuatro veces menos que Elon Musk que está en el top, con quien, además, compite en la carrera espacial. Claro que, a diferencia de Musk y aunque ambos sean ingenieros, el dueño de la red X ha trabajado tanto en el diseño de los prototipos de Tesla como en cada una de las naves de Space X. Bezos, no; se limita a vender o a comprar, por ejemplo, el diario.

Nada menos que Warren Buffett fue quien sugirió que Bezos comprara The Washington Post. Hay una escena en Ciudadano Kane de Orson Welles en la que se advierte a Kane de las pérdidas de su periódico que se dejaba un millón de dólares al año. Kane asiente y dice que está dispuesto a perder ese dinero año tras año y que, según sus cálculos, debería cerrar el diario sesenta años después. Según las cuentas de The New Yorker, atendiendo a su fortuna, Bezos tendría dos milenios por delante para apagar las luces del Post. Aunque el proyecto hoy se parece más a Amazon que a un propósito filantrópico, como dijo al hacerse cargo del diario. En los primeros años apoyó la independencia de la redacción, llegando a enfrentarse al gobierno de Trump en la primera legislatura pero las cosas hoy han cambiado bastante, al punto de que acaba de darle un golpe serio con los últimos despidos, amordazando la línea editorial y dejando al frente de la redacción a Will Lewis, mano derecha de Rupert Murdoch en la prensa sensacionalista británica. En realidad, Bezos que no pasa de ser un mero mercader, no sabe qué hacer con el diario. Como dijo la columnista Sally Jenkins, una de las periodistas históricas del Post a quien Bezos puso en la calle: “para ganar dinero con el periodismo hay que amarlo hasta el punto de que te despiertes por la noche con una idea, y luego hay que estar dispuesto a probarla. No veo que Bezos ame el negocio lo suficiente como para pensar en él por la noche”

Bezos, por no pensar, tampoco piensa en la creación audiovisual pero cenando con Trump, a quien ahora, al igual que el resto del Silicon Valley, da total apoyo, le ofreció producir Melania, la película que estrenó Prime. El proyecto había sido rechazado por Disney al no verlo rentable. Prime invirtió 40 millones de dólares en la producción, 28 de los cuales fueron para Melania Trump en calidad de derechos de imagen, invirtiendo además, 35 millones en marketing promocional, una cifra astronómica para un producto de esta categoría. Siguiendo el cálculo de The New Yorker sobre su capacidad para subvencionar el Post, podríamos decir que tiene fondos para producir una película que cuente cada uno de los días de la larga vida que probablemente aún le queda a Melania Trump. 

Nada ha dicho Warren Buffett de la deriva del Post con su nuevo dueño al que él empujó en su día a esa aventura, pero en diciembre pasado, como última operación antes de su retiro, vendió todas sus acciones de Amazon y compró una participación de The New Times valorada en 351,7 millones. Buffett, lejos de casarse en Venecia como Bezos y convertir la ciudad en una tarta de bodas coronada por él y su nueva esposa, la presentadora Lauren Sánchez, tuvo toda la vida un perfil austero e intervino en la conversación pública con ideas obvias pero certeras: “Hay lucha de clases, sí, pero es mi clase, la clase rica, la que está librando la guerra, y estamos ganando”.

Si bien el rol de Bezos dentro del grupo de tecnócratas que rodea a Trump es de un tono bajo, el de un simple mercader si se lo compara con Musk o con Peter Thiel, su aporte sinérgico al cerco tecnológico tiene bastante peso. Desde el perfil de cada usuario de Kindle, por ejemplo, se registra, según contaba Jorge Carrión en su libro Contra Amazon, cada apunte que se hace sobre los textos, como también el comportamiento de los clientes de la tienda más grande del planeta. 

En un momento álgido de la serie Breaking Bad, cuando Walter White ya es un consumado productor de droga, aclara: “No estoy en el negocio de la metanfetamina, estoy en el negocio del imperio”. Se podría decir que Jeff Bezos, parafraseando a White, no es solo un vendedor de libros y cepillos de dientes. Aunque hay una descripción más clara en El mercader de Venecia a propósito de la relación de Bezos con los empleados de Amazon que podemos tomar como indicador de su concepción del mundo. Se sabe que cuando Sylock presta dinero, si la deuda no es satisfecha, pone como pena al deudor entregar una libra de su propia carne. Cuando le recriminan el precio inhumano, Sylock se excusa diciendo que “Una libra de carne humana vale menos que una de buey, carnero o cabra”.