23F: el imprudente “rey salvador”
La discreción y la prudencia, cualidades tan estimadas en un jefe de Estado, nunca han sido el punto fuerte del rey Juan Carlos, quien siempre se creyó protegido por un poderoso escudo, parapetado tras los poderes que había heredado de Franco y, más tarde, amparado en la Constitución que lo convirtió en una persona inviolable e inimputable. El rey siempre campó a su antojo por el terreno de la política española, alternando su campechanería con su espíritu imprudente, haciendo crujir, en no pocas ocasiones, las cuadernas de la democracia.
La opinión que del monarca tenían los presidentes del Gobierno, eran claras y explícitas. El franquista Carlos Arias Navarro, que lo acompañó en sus primeros meses de reinado, no se recataba en decir que lo mejor era no someterle nada a su consideración, pues, a su juicio, Juan Carlos carecía de criterio: «Es como un niño pequeño. No dice más que tonterías». Adolfo Suárez pretendió desde un primer momento encauzar las principales decisiones políticas, encubriendo los líos que el rey ocasionaba. Sus colaboradores más cercanos le aconsejaban «que callase ciertas decisiones ante don Juan Carlos, porque en caso contrario le obligaba a dar una respuesta que quizás no convenía al sistema democrático». José María Aznar lo pasó muy mal con él. El presidente que más lo amparó fue Felipe González.
A Adolfo Suárez le tocó el triste honor de tener que lidiar con sus ansias de intervenir en los más espinosos asuntos de Estado. En cierta ocasión, tuvo que soportar en el Palacio de la Zarzuela las amenazas de Hassan II de Marruecos empeñado en hacerse con Ceuta y Melilla a toda costa. Este es el contenido de aquella conversación, que relata el periodista Abel Hernández, teniendo como fuente al propio Adolfo Suárez. Esto es lo que el rey de Marruecos le dijo al presidente español.
Hassan II —Usted sabe de sobra que Ceuta y Melilla no tienen defensa ante un ataque de las fuerzas marroquíes.
Suárez —Es posible que ante un ataque sorpresa sea difícil la defensa de Ceuta y Melilla, pero sepa Su Majestad que nuestros ejércitos procederán inmediatamente al bombardeo de Rabat y de Casablanca. ¿Lo ha tenido usted en cuenta?
H —¡Usted no haría eso…!
S —Eso es lo que está estipulado en nuestros planes estratégicos de defensa. Naturalmente que lo haríamos. Bombardearíamos las principales ciudades de Marruecos.
Más clara no pudo quedar la postura del gobierno. Pues bien, a los pocos meses, con la Constitución ya en vigor, el rey Juan Carlos I, a espaldas de Adolfo Suárez, celebra una reunión secreta con un emisario del presidente norteamericano Jimmy Carter, con el fin de negociar la entrega de las dos plazas españolas. Esto lo hemos podido conocer bastantes años después, el 4 de mayo de 2017, a través de la agencia de noticias Europa Press que a su vez tuvo acceso a un cable enviado por el embajador de los Estados Unidos en Madrid, Wells Stabler, en el que informaba a Washington de este tema. El telegrama resume la reunión que mantuvieron en el Palacio de la Zarzuela el rey Juan Carlos y el senador Ed Muskie.
«En su misiva el embajador revela que el rey Juan Carlos admitió, en una reunión secreta con el enviado del presidente Jimmy Carter, la posibilidad de ceder Melilla a Marruecos y poner a Ceuta bajo el control de un protectorado internacional similar al que tuvo Tánger entre 1923 hasta la independencia del reino alauí en 1956».
El encuentro tuvo lugar poco después de las elecciones generales del 1 de marzo de 1979, concretamente el día 30 de abril. De él da cuenta el historiador Charles Powell y lo recoge y difunde el diario digital Ceutaladia.com. El monarca, según estas fuentes, reconoció a sus interlocutores que la cesión de Melilla disgustaría al Ejército español, que «protestaría», pero que ese malestar «duraría sólo dos meses». El rey se mostraba convencido de que podía «controlar la situación».
Juan Carlos I siempre se distinguió por su deseo de tener un peso importante en la resolución de los problemas internacionales, basándose en la buena relación que mantenía con los dirigentes de otros países. Y aunque ello pudo proporcionar a España, en no pocas ocasiones, beneficios muy positivos, en otras, supuso un serio peligro para la política exterior. El periodista Ángel Vilches, persona cercana a Abril Martorell, decía que no se podían contar «todas las maniobras de Juan Carlos I que día tras día ponían en peligro la Transición política y su propia presencia como rey de España».
Las imprudencias del rey vienen de lejos. Ya siendo príncipe, cuando las cancillerías de otros países se interesaban en conocer cuáles iban a ser las intenciones del futuro rey, el entonces embajador británico en Madrid, John Russell, que mantenía conversaciones con Juan Carlos, telegrafió a su canciller en Londres para decirle que el futuro rey de España estaba «lleno de sentimientos probritánicos», dispuesto a aceptar condiciones que el ministro español de Asuntos Exteriores no toleraría jamás. No hay que ser un lince para saber que se estaba refiriendo al contencioso con Gibraltar.
En otra ocasión, recuerda el historiador Paul Preston, Juan Carlos trató la integración de España en la Alianza Atlántica directamente con el comandante en jefe de la OTAN, Alexander J. Haig, y para reforzar su postura contraria a la del Gobierno (que en aquel momento no era partidaria de la entrada de España en la Alianza Atlántica), se subió a bordo del portaviones norteamericano Nimitz, algo que no hizo la menor gracia ni a Adolfo Suárez ni tampoco fue del agrado de las fuerzas políticas de la oposición.
No es de extrañar que el Gobierno anduviera con pies de plomo cuando el rey se quedaba a solas en la Zarzuela con algún jefe de Estado o de Gobierno extranjero. El historiador Juan Francisco Fuentes cita el diario de Jaime Carvajal y Urquijo para documentar que, en julio de 1980, «una visita a España del primer ministro francés, Raymond Barre, acompañado de varios miembros de su gabinete derivó en una escena de gran tensión entre el rey y Suárez, que se enteró que el jefe del Estado se había reunido a sus espaldas con un miembro de la delegación francesa. Adolfo le recordó que la política exterior de España la hacía el Gobierno y el rey le contestó que él recibía a quien le sale de los cojones».
Las «imprudencias» han sido una constante a lo largo del reinado de Juan Carlos I. ¿Cómo si no podemos entender que en la etapa más delicada de la Transición bordoneara con unos y otros cuando el país estaba al borde de un golpe militar? La reina Sofía le diría años después, a la periodista Pilar Urbano, que lo del rey con los militares fue «un juego voluntariamente ambiguo» y que «les había hecho creer que estaba con ellos». No parece la mejor explicación para exculpar la actitud del jefe del Estado en aquellos momentos.
Una buena parte de la Transición, con sus evidentes vaivenes políticos, tuvo que llevarse a cabo «protegiendo» al rey, incluso de sí mismo. Eso es lo que contaban aquellos que más cerca habían estado del monarca: los generales Alfonso Armada y Sabino Fernández Campo, las dos personas que el 23F desempeñaron papeles antagónicos (y, en determinados momentos del día, complementarios) para proteger al soberano. Aun y cuando cada uno de ellos lo interpretara a su manera. Historiadores, periodistas y escritores como Javier Cercas, no tienen reparo en decir que «el Rey se comportó de forma como mínimo imprudente» y que «su imprudencia dio alas a los partidarios del golpe».
Es cierto lo que mantiene la versión oficial al afirmar que el rey nos salvó del golpe militar. Que, si él hubiera querido, hubiera triunfado. Sin embargo, no falta quien opina que también es cierto lo contrario: si el rey no hubiera conspirado contra el presidente del Gobierno; si no hubiera expresado una y otra vez ante civiles y militares, su deseo de deshacerse de Adolfo Suárez; si no hubiera apoyado una solución difícilmente constitucional, como era la llamada «Operación Armada», el golpe de Tejero, muy probablemente, no se hubiera producido. El rey nos salvó de un golpe que él, imprudentemente, pudo haber alimentado. Esto es lo que entonces escribió Francisco Umbral: «Él nos ha salvado, él ha salvado la democracia, él se ha salvado a sí mismo».