Colombia y el escenario después de Petro
Colombia vivió el domingo una noche electoral que arrojó como resultado una división máxima en dos bloques separados por un 0,9% de los votos a favor del candidato ultraderechista, Abelardo de la Espriella. Sin embargo, contradiciendo las encuestas, que apuntaban a una mayoría cómoda de la derecha y la extrema derecha, Iván Cepeda movilizó más de tres millones de votos respecto a la primera vuelta, logrando un resultado provisional de 12,7 millones. Enfrente, el uribismo y el ultra De la Espriella, que obtuvieron juntos 13,6 millones en la primera vuelta, se tuvieron que conformar con 12,9 en la segunda. El margen entre los bloques, de apenas 250.000 votos, es sumamente ajustado y hace necesario esperar al escrutinio oficial. El voto en blanco, por el que abogó hasta el final Sergio Fajardo, fue de un 1,63%, testimonial, pero relevante dado que casi duplica la diferencia entre los dos candidatos presidenciales. Se comprueba que en una elección pocos votos siempre son muchos.
¿Qué le espera a Colombia en este contexto? En el corto plazo Abelardo de la Espriella ya ha empezado a bajar el diapasón de su verborrea extremista, que llevaba en máximos durante meses. Los más de 12,7 millones de votos de Iván Cepeda son el principal instrumento que tienen la izquierda y el centro para disuadir a la extrema derecha de aventuras persecutorias, listas negras o venganzas, como las que han venido arengando. Es previsible que los cuadros uribistas, que reniegan del Estado pero están siempre ávidos de volver a sus mandos, copen pronto posiciones y se hagan con los ministerios fuertes. Tampoco es descartable alguna escenografía de moderación para la que siempre habrá algún perfil con experiencia en gobiernos previos dispuesto a ejercer de elemento blanqueador. No olvidemos el caso Milei en Argentina: también le llamaban outsider pero tardó poco en rescatar del armario a las viejas glorias de las políticas económicas del corralito.
En lo concreto, es previsible que el campo de las políticas sociales, principal bandera del gobierno de Petro, sea el más castigado. Educación, pensiones, salario mínimo y la reforma sanitaria pendiente serán espacios donde las visiones clásicas, que le impidieron al país construir un mínimo andamiaje de estado del bienestar, vuelvan a intentar imponerse. Hay que seguir muy de cerca todo lo vinculado a los derechos humanos, incluyendo derechos individuales. Y, sobre todo, prestar mucha atención a la política de seguridad: todo lo que ha proclamado el candidato ultra en esta materia no pasa de propaganda (“mano dura”, “acabarlos a todos”, “darlos de baja”). Y es ahí, camuflado bajo políticas mal llamadas de seguridad donde, en el pasado, ocurrieron graves violaciones de los derechos humanos. Además, está muy cerca el caso de El Salvador y fue el propio De la Espriella el que alabó a Bukele como modelo.
Sin embargo, los cuatro años de gobierno Petro han dejado avances que han beneficiado a una mayoría social que desborda el electorado del centro y la izquierda. No será fácil para De la Espriella hacer compatible su agenda con las aspiraciones de la mayoría y con la correlación de fuerzas que deja la elección del domingo. Además, por primera vez en la historia de Colombia hay una fuerza progresista organizada, con experiencia de gobierno, con legitimidad popular, vertebrada en el territorio y que fue la más votada en las pasadas legislativas del 8 de marzo. Que la izquierda sea el principal grupo político del Congreso de la República no es un detalle menor y cada uno de esos representantes pueden ser un importante contrapeso para la agenda política de la extrema derecha.
A partir de aquí, es necesario analizar lo ocurrido en Colombia en el contexto geopolítico regional y global. A finales de 2025, se presentó la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, conocida también como “Corolario Trump”, como él mismo la denominó. Ese documento puede resumirse en América, léase América Latina, para los americanos, léase estadounidenses. Se ha interpretado como un claro mensaje a China, que puede ser, y a la Unión Europea, que está a otras cosas (si bien convendría que en Bruselas encontrasen pronto la brújula). Pero, sobre todo, es un mensaje a los propios latinoamericanos. Las injerencias de Trump y su equipo en las elecciones de Colombia han sido públicas y abiertamente el mundo ha sido testigo de los llamamientos a votar por Abelardo de la Espriella hechos en primera persona por el actual inquilino de la Casa Blanca. Lo que no han hecho público es el volumen total ni la concreción del apoyo al candidato ultra, ni tampoco a cambio de qué. Entre las cosas sorprendentes de esta elección está, precisamente, el resultado del voto exterior en Estados Unidos donde ocho de cada 10 electores votaron por De la Espriella, incorporando casi 180.000 votos a favor de ese candidato.
Si la situación avanzase, como parece, hacia una eventual llegada de De la Espriella a la Casa de Nariño el próximo 7 de agosto, fecha en la que está prevista la asunción del nuevo presidente electo, sus patrocinadores, en Washington y en Bogotá, harían bien en leer adecuadamente la fotografía actual. Verán un país que dejó atrás lo peor de un conflicto armado al que no quiere volver, una sociedad que comprobó durante los últimos cuatro años que las políticas sociales pueden construir derechos y una juventud que, masivamente, acudió a votar por el Pacto Histórico. El pasado y el futuro pueden convivir, pero cuando el primero intenta impedir paso al segundo, la válvula de la contención suele colapsar.
Finalmente, es relevante encuadrar bien la dimensión histórica del gobierno de Gustavo Petro, que ahora concluye. En lo político, deja como legado haber convertido a la izquierda en una alternativa real en Colombia, demostrando que era posible gobernar el país desde posiciones distintas a las que habían monopolizado el poder durante décadas. Pese a la durísima oposición sufrida dentro y fuera del país (sigue, por ejemplo, estando en la lista OFAC de la que Trump se ha negado a sacarlo) abandona la presidencia con unas cotas de popularidad pocas veces vistas en América Latina. Las lecturas miopes que proclamen la hegemonía de la extrema derecha Colombia y en América Latina errarán en sus pronósticos. Hasta que los problemas de las mayorías no encuentren solución, las luchas por defender las conquistas logradas van a abrirse paso, por más alto que griten los nuevos instrumentos políticos de las viejas élites tradicionales.
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