Xi-Trump: truco o trato
Con el paso de las semanas, desde el aplazamiento de marzo, las expectativas en torno a la cumbre entre Xi Jinping y Donald Trump se han ido desinflando. La idea dominante hoy es que, en el mejor de los casos, podrá ofrecer una estabilización de mínimos, es decir, algún progreso incremental que reafirme la utilidad de los canales de comunicación existentes, quizá abrir alguno más (sobre IA, por ejemplo), pero cuyo principal logro sería, simplemente, evitar un deterioro adicional de la relación. Parece poco para una visita a China de un presidente estadounidense que se demoró nada menos que nueve años (el último fue también Trump en 2017).
Trump llega a la cita, como es habitual, obligado a proyectar control de la escena para jalear su propio ego, aunque necesitado al mismo tiempo de asegurar un umbral mínimo de cooperación con China. Requiere resultados tangibles -aunque modestos- que no comprometan su estrategia de presión. En última instancia, se trata de poder capitalizar internamente algún avance y reafirmar su imagen -más que controvertida- de liderazgo mundial. Xi Jinping, por su parte, menos apremiado, evitará concesiones de carácter estructural, si bien comparte el interés en contener una mayor degradación del vínculo bilateral. En el plano global, buscará consolidar la proyección de China como potencia responsable, reforzando una imagen internacional en ascenso.
Sobre la mesa se sitúan varios asuntos principales. En primer lugar, la seguridad energética, en un contexto marcado por la guerra con Irán y el bloqueo del estrecho de Ormuz. China es un actor clave en el mercado energético iraní, pero, como ya ocurre en el caso de la guerra en Ucrania, su implicación en eventuales mecanismos de estabilización sigue siendo ambigua. No obstante, hay aquí un interés más pragmático y este constituye uno de los pocos ámbitos en los que podría materializarse alguna forma de cooperación estratégica limitada. China ha ordenado a sus empresas desobedecer las sanciones de EEUU al crudo iraní y urge sin disimulo la normalización de la navegación en Ormuz, desestabilizada por la agresión ilegal de EEUU e Israel.
En el frente económico, ambas partes comparten el interés en evitar una nueva escalada comercial, aunque persisten desconfianzas estructurales difícilmente salvables. No se anticipan avances sustantivos en materia de restricciones tecnológicas, cadenas de suministro o tierras raras. Cualquier gesto en el ámbito de las compras agrícolas por parte de China dependerá, previsiblemente, de las contrapartidas que Washington esté dispuesto a ofrecer. La negociación se ha apurado en Seúl hasta el último minuto.
En un plano más amplio, China trata de proyectarse como un actor estabilizador frente a una política exterior estadounidense percibida como disruptiva. Beijing enfatiza su compromiso con el diálogo y la paz, en contraste con una narrativa en la que Washington aparece asociado a la coerción económica y la presión estratégica. Esta competencia por el relato forma parte ya del núcleo de la rivalidad.
En consecuencia, mientras Trump intentará contemporizar y disimular la presión estratégica otorgando la máxima prioridad a los asuntos económicos y comerciales -con la mirada puesta en las elecciones de mitad de mandato-, Xi priorizará la estabilidad y la mejora de su posición relativa en el sistema internacional.
Todo apunta, por tanto, a una cumbre de bajo rendimiento sustantivo, marcada por convergencias tácticas y con escasas probabilidades de generar avances significativos en el frente más sensible para China: Taiwán.
Para Xi Jinping, Taiwán constituye una línea roja existencial, en términos de soberanía, legitimidad interna y narrativa histórica. Hay preocupación en el PCCh por el avance de la definición de Taiwán en oposición a China, característica del soberanismo taiwanés, y su alineamiento abierto con Washington. Para Donald Trump, aunque el enfoque sea más transaccional, también existen límites claros que dificultan cualquier concesión, sometida además a una estrecha vigilancia doméstica. Pero con Trump nunca se sabe.
Eventuales gestos podrían afectar al grado de ambigüedad estratégica en torno a su estatus o a la intensidad de los contactos políticos, es decir, a mecanismos de contención de riesgos más que a cambios de fondo. Menos afectaría al nivel de ventas de armamento a la isla, a la vista de la cifra aprobada en vísperas del encuentro por el parlamento taiwanés para efectuar importantes compras militares en los próximos años, con algunos recortes e inferior al límite mínimo exigido a Taipéi por EEUU. A dicho monto le espera un recorrido parlamentario alambicado pero, en cualquier caso, no es del gusto del PCCh, que hubiera preferido ver triunfante la tesis más restrictiva de la presidenta del KMT, Cheng Li-wun, que se reunió recientemente con Xi y ahora ve debilitada su posición en términos de confianza.
Pero sin contrapartidas apreciables en este tema, Xi será comedido en el nivel de complacencia con Trump en sus exigencias económicas y comerciales. Por el contrario, con matices, aunque fueran ligeros o “terminológicos”, la cosa podría cambiar significativamente.
Cada parte mantiene, además, sus respectivos apoyos políticos en la isla: Washington, en los sectores más inclinados hacia la afirmación de la soberanía o el statu quo; Beijing, en las posiciones favorables a la reunificación si bien mediadas por fuertes tensiones internas. La evolución de este pulso, condicionada por los resultados electorales -tanto los comicios locales de noviembre próximo como las presidenciales y legislativas de 2028-, sugiere que Taiwán no se encuentra en una fase negociable.
En cualquier caso, la cuestión seguirá delimitando el perímetro de la rivalidad y confirmando su carácter estructural. Para Xi, que Trump exprese una postura clara y firme contra la 'independencia de Taiwan' equivaldría al maná del cielo.
En el segundo mandato de Trump, la interacción con Xi Jinping se caracteriza por una baja frecuencia, alta intensidad y una marcada orientación táctica. El único hito sustantivo hasta la fecha -la cumbre de Busan en 2025- dio lugar a un reinicio pragmático tras meses de escalada (aranceles, semiconductores, tierras raras), pero no alteró la naturaleza de fondo de la relación.
Desde entonces, los contactos han sido limitados y esta nueva cumbre responde más a una lógica de gestión de crisis que a un intento genuino de estabilización duradera. Los numerosos encuentros preparatorios subrayan precisamente ese carácter de una relación atravesada por la volatilidad y por una erosión significativa de la credibilidad estadounidense que China capitaliza en su propio beneficio.