‘Anniversary’, retrato de un nuevo fascismo muy real
En uno de los capítulos de Las invasiones bárbaras (Debate), el estupendo ensayo que ha publicado el periodista Claudi Pérez, se recupera el concepto de “democracia zombi” que David Runciman acuñó en su libro Así termina la democracia (Paidós, 2019). El politólogo británico defiende que la democracia representativa contemporánea está “cansada”, es “vengativa y paranoica” y “se engaña a sí misma”. “Con inusitada frecuencia, es ineficaz. Y además está cometiendo errores estúpidos en el peor momento. Pero, a su vez, con sus usos y costumbres, y con esa parafernalia que es una antigualla, se le da muy bien aplazar el desastre”, advierte el pensador.
Concretar qué es el desastre no es fácil, pero quizá un buen síntoma sea el hecho de que, según las encuestas, dos tercios del planeta no confían en su gobierno. Un par de indicios más: uno tras otro, los electorados de América Latina cambian derechos por un concepto cuestionable de la seguridad y, en Europa, la socialdemocracia nórdica se abona a las políticas antiinmigración.
Pérez describe en las invasiones algunos de los pálpitos catastrofistas que se han sucedido. Una angustia existencial que, como bien recuerda, remite a la caída de Roma. Vamos, que la historia está llena de episodios oscuros, pero después siempre acaba haciéndose la luz.
Ahora nos encontramos en uno de esos capítulos en los que cuesta alumbrarse y aún más ver una salida a esa especie de frustración colectiva que están capitalizando fórmulas cada vez más reaccionarias. El Brexit ganó. El Brexit fracasó. Y en 2026, los sondeos apuntan a que uno de sus principales ideólogos, Nigel Farage, podría convertirse en primer ministro.
En Estados Unidos ganó Trump, perdió y volvió a ganar. Es el mismo narcisista, el mismo mentiroso, igual de peligroso… y regresó a la Casa Blanca con la promesa de llevar a cabo “la mayor deportación de la historia”. Hemos visto batidas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (más conocido como ICE, por sus siglas en inglés) en escuelas y universidades. Alumnos nacidos en Estados Unidos y que son hijos de migrantes han dejado de ir a clase por miedo a ser detenidos. Agentes migratorios irrumpen en domicilios, empresas o tiendas. Les da igual que sean trabajadores con permiso de trabajo o estén pendientes de solicitudes de asilo.
Las imágenes y testimonios de esos operativos, o las encuestas que pronostican la victoria de la extrema derecha en Alemania y Francia, convierten ucronías totalitarias como la que retrataba, ya en 2019, la serie Years and Years, o ahora la película Anniversary (Amazon Prime), en realidades verosímiles.
El nuevo totalitarismo, ese que nace y crece en las redes (aunque no solo ahí), puede tener rostros tan jóvenes y, a priori, amables como el de la impulsora de un movimiento radical que irrumpe en la familia que protagoniza Anniversary. Para evitar el espóiler, lo dejaremos en que su desintegración es también la de un país.
El filósofo Michel Onfray ha explicado en más de una ocasión que el totalitarismo contemporáneo, parecido al que vemos en estas series y películas que cada vez son menos distópicas, no lleva casco ni botas. “Al contrario, vivimos en una sociedad de control: el hecho de que se nos pueda escuchar en todo momento, el hecho de que se acumulen datos sobre nosotros… Esta sociedad de control está en su apogeo”, alerta el controvertido pensador francés.
La historia nos ha demostrado que siempre acaba volviendo la luz y, como escribe Pérez, el pesimismo está más que justificado y el resentimiento es la palabra de este primer cuarto de siglo. Pero, como también aconseja, lo que deberíamos combatir es el fatalismo. Quizá aún estemos a tiempo.