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Opinión - 'El arte de mediar (a propósito de unas ratas nadadoras)', por A. Garzón

El arte de mediar (a propósito de unas ratas nadadoras)

13 de mayo de 2026 21:53 h

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Con pocos minutos de diferencia, mientras la ministra Mónica García y el secretario de Estado Javier Padilla explicaban a periodistas y ciudadanos el protocolo de la OMS para el desembarco del MV Hondius, el presidente canario Fernando Clavijo advertía en una entrevista que las ratas portadoras del hantavirus podrían llegar nadando a Tenerife. La imagen resume bien la paradoja de nuestra época: nunca hubo tanta información disponible y nunca pareció tan difícil pensar con calma. En la gestión del hantavirus ha quedado a la vista el contraste entre una actitud guiada por criterios científicos y el tsunami de desinformación y alarmismo interesado que han poblado las redes y, lo que es más grave, algunas ruedas de prensa institucionales.

Como en todos los países, en España conviven dos pulsiones contradictorias. Por un lado, somos herederos de las nociones ilustradas de razón y verdad: el sistema educativo se ordena, al menos sobre el papel, en torno al pensamiento autónomo y al conocimiento contrastado por encima de supersticiones y religiones. Por otro, hay una pulsión irracional que aflora en las encuestas. Según el último estudio de la Fundación BBVA sobre cultura científica, el 28% de los españoles cree que los extraterrestres han visitado la Tierra y que los poderes lo han ocultado, el 22% duda de que los humanos llegaran a la Luna y el 15% niega la existencia del cambio climático. Cada vez más, los retratos de la realidad se conforman por impulso emocional y por agregación de fragmentos que circulan en las redes; cada vez menos, por el uso reposado de la capacidad para pensar.

Soy de una generación que se familiarizó pronto con la informática y con internet, pero que todavía recuerda cómo era la vida antes: la enciclopedia inmensa del despacho familiar, primero en papel y más tarde en CD-ROM. Han pasado pocos años y hoy esa misma información llega a un móvil en cuestión de segundos. Y, sin embargo, no por ello somos más sabios. De hecho, el flujo de información es tan grande que ahoga la capacidad misma de fijar la atención en algo y, desde luego, la posibilidad de una reflexión sosegada.

El concepto clave, a mi entender, es el de la información en tiempo real. Nació en el ámbito militar, y desde ahí ha contaminado todas las dimensiones de la vida. Tenemos relojes que monitorizan el cuerpo y nos avisan al instante de cualquier alteración. Y tenemos, sobre todo, un sistema mediático que ha renunciado a su función clásica. No hay que idealizar cómo funcionaban hace décadas todos los medios, pero el patrón general era reconocible: recibían la información, la metabolizaban y producían piezas inteligibles para el lector. Hoy esa pausa apenas existe: la mayoría se ha convertido en correa de transmisión de un flujo sin pulir, sincronizada con un deseo de atención inmediata que las plataformas, por diseño algorítmico, empujan hacia el estímulo emocional antes que hacia el razonamiento.

Aunque solemos pensar que es un asunto de desinformación o de manipulación —difundir versiones falsas sobre la autoría de un crimen o sobre la biología de un virus—, aquí estamos ante algo más profundo: de cómo se gestiona emocionalmente cualquier crisis colectiva. Los seres humanos sabemos que nuestro entendimiento se nubla ante los estímulos cargados afectivamente, frente a los que respondemos rápido y por intuición. Tenemos, además, un sesgo de rebaño que hace que, si todos huyen de algo, no corramos en dirección a ese algo para comprobar qué es, sino que nos sumemos a la fuga. Es un fenómeno tan evidente que las metáforas para describirlo, desde la antigüedad, lo asimilan a hechos naturales: tsunami, terremoto, ola, huracán. Toda la tradición cesarista, del bonapartismo a las versiones contemporáneas del trumpismo, se ha dedicado precisamente a fabricar ese clima y a recoger sus réditos. Por supuesto, es algo que va más allá de la anécdota: la ansiedad colectiva del tiempo histórico que atravesamos erosiona mediaciones y deslegitima a los actores mediáticos, políticos e incluso científicos.

Si recordamos el precedente cercano y duro de la Covid, es comprensible que ante el aviso de un virus en camino la población se alarme e incluso tome decisiones carentes de toda lógica —aunque conviene recordar que en Chile y Argentina conviven con este mismo virus, y con sus brotes ocasionales, sin nada parecido a este alarmismo—. Pero hay también otra clase de bulos, más explicados por la ideología que por la memoria: las teorías de la conspiración según las cuales todo el episodio sería un montaje del Gobierno, los ministros buscarían la foto, o el brote serviría de cortina de humo para tapar otros asuntos.

Es aquí donde, en una democracia, deberían entrar a jugar los dos filtros encargados de impedir que la sociedad caiga presa de la locura colectiva: los medios y los dirigentes políticos. A ellos les corresponde reunir la información disponible, metabolizarla mediante los mejores procedimientos y proponer una síntesis fundada en la razón y en la ciencia. Eso es lo que recomendaría cualquier teoría democrática que aspire a cohesionar una comunidad de diferentes, canalizando en la política lo que antes se resolvía mediante la violencia directa.

En la crisis del hantavirus, la ministra Mónica García y el secretario de Estado Javier Padilla cumplieron ese papel con pulcritud. No tanto, como podría pensarse, porque ambos sean profesionales médicos —saber de algo no garantiza saber comunicarlo, aunque en su caso sí ha ayudado—, sino por algo más prosaico: ritmo regular de comparecencias, vocabulario calibrado a lo que efectivamente se sabía en cada momento, distinción clara y pedagógica de los conceptos utilizados, y disposición a corregir el dato cuando cambiaba. Es un protocolo comunicativo que da confianza, calma los ánimos y que cualquier administración debería poder replicar ante una crisis, pero que rara vez se aplica —como volvimos a ver con la gestión de la DANA en Valencia—.

En el polo opuesto se situó el Gobierno de Canarias. La advertencia del presidente Fernando Clavijo sobre las “ratas nadadoras” —una especulación formulada en horario de máxima audiencia— funcionó como gasolina sobre el miedo y obligó al Ministerio a dedicar parte de cada comparecencia a desmentirla. Algo parecido cabe decir de los portavoces del PP que reclamaron medidas extraordinarias —y contradictorias— mientras la operación del Hondius transcurría conforme al protocolo de la OMS. Cuesta no leer ese alarmismo como una decisión deliberada: incendiar los ánimos para tener algo que decir cuando el adversario maneja bien la crisis. Y, aun en el mejor de los casos —si fuera incompetencia y no cálculo—, el resultado sería el mismo. Conviene insistir, en todo caso, en que es un problema estructural: en un ecosistema político dominado por la atención inmediata, los incentivos para sobreactuar una amenaza son enormes, ya que permiten ocupar espacio mediático incluso cuando la gestión técnica de una crisis deja poco margen para la confrontación.

Independientemente de cuál sea la razón última que explica ese comportamiento, de efectos perniciosos, es importante subrayar que la labor del trabajo público —medios o dirigentes políticos— no es la de transmitir de manera inmediata lo que la audiencia ya teme. Esa es la materia prima del cesarismo, no de la democracia. La próxima emergencia —porque habrá una próxima, ya que con el cambio climático las zoonosis se multiplican— se decidirá en buena medida ahí: en si los filtros aguantan, o si nos veremos todos corriendo en la misma dirección detrás del primero que grite “una rata nadadora”.