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Opinión - Y por fin una buena historia, por Aldo Conway

Y por fin una buena historia

28 de agosto de 2026 21:45 h

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Siempre insistió, toda la vida, la suya y la mía, mi santa madre, que tenía que aprender inglés. Porque si patatín para el futuro, porque si patatán para un buen trabajo, porque hoy en día sin inglés no eres nadie, y todos esos miedos que le meten los lobbistas de las clases particulares a las madres para intentar sacarles las perras. Claro que la insistencia no siempre funciona y yo aprendí el inglés suficiente como para que académicamente me dejasen en paz, pero no tanto como para tener que explicarle, veinte años después, a un policía lo que me pasó la otra noche.

Estuve a punto de no salir, pero acabé con mi amigo Diego bebiéndonos un cuarto de una botella de vino blanco y media botella de un licor que se llama Nobel, que entra por el gaznate como cuenco de natillas y antes de darte cuenta estás borracho como un ancestro mirando a la nada. Estábamos frente al molino de mostaza justo al lado de casa, sentados en un banco, hablando sobre lo idiota que es la gente por aquí cuando quiere y, no obstante, lo majos que son todos cuando quieren algo de ti, al menos por un rato, y sobre lo peligroso que es darle a estos muchachos del norte de Europa la mano, porque te acaban cogiendo el brazo entero.

Diego llevaba un rato haciendo aspavientos con las rodillas con nerviosismo, hasta que confesó haberse dejado el vapeador en casa y me preguntó si lo acompañaba a cogerlo. En cinco minutos estábamos plantados en una casa de dos plantas del schoolstraat del centro del pueblo compartimentada en seis o siete habitaciones y un living que abarcaba una cocina con espacio para una minimesa. Allí estaban Gigash, un chaval de Bangladesh que curraba en la cocina con Diego y Meerit, una niña de dieciséis que trabajó conmigo en el bar ese día. Eran las doce y muy poco de la noche.

Gigash nos pidió que lo acompañásemos fuera, porque quería fumarse un cigarro, y los tres lo acompañamos para seguir con la conversación en el jardín. Las noches en sitios como estos son tan tranquilas que uno se siente mal si no habla como susurrándole a los caracoles, porque de verdad que el más mínimo decibelio se puede escuchar al otro lado de la calle. La casa de la que habíamos salido, y la de al lado, pertenecen a la compañía para la que trabajamos; la mía está a apenas cien metros de allí, al otro lado del pueblo. Charlábamos sin mucha intensidad hasta que empezamos a escuchar gritos en la casa de al lado. Gritos que, de haber sido proferidos en una catedral gótica, habrían despertado a las gárgolas; gritos que, no quiero exagerar, habrían acojonado a Caronte, le habrían hecho tirar los remos y saltar de la barca.

Decidimos, casi por unanimidad, que esos gritos no eran normales, y nos lanzamos hacia la puerta, abriéndola de par en par y subiendo las escaleras de la casa. Conforme subíamos y nos acercábamos a la habitación de la que venía todo ese follón, los gritos se volvían más terroríficos; yo, creyéndome conocedor de la especie humana, decidí en ese momento estar prevenido para lo que pudiera pasar, porque esos gritos empezaban a no parecerme de este mundo.

Aporreamos la puerta. Una, y otra, y otra vez. Amenazamos con tirar la puerta abajo si no abrían en cinco segundos. Y entonces abrió Deiff.

Deiff es un chaval de diecisiete años con el que llevamos trabajando unos meses. La primera vez que le vi me pareció un retrato robot de esos pirados que entran en los institutos estadounidenses para matar a tiros a su profesor de matemáticas. Las demás veces que he coincidido con él, no he hecho más que corroborar que a veces lo más obvio es lo más razonable. No obstante, en casa le teníamos aprecio porque en mi cumpleaños nos cambió el turno para poder pasar juntos ese día, y en general siempre se había portado bien con nosotros, por lo que la sorpresa fue mayúscula cuando Deiff salió en calzoncillos y con una capucha puesta, con la mirada perdida y delante de su novia, una chiquilla minúscula a la que le sangraba el labio, y se lanzó a atacarnos a todos.

“Esto no es lo que parece”, gritó mientras lanzó un puñetazo a Diego, que no impactó en ningún sitio; y menos mal, porque aquello llega a ser lo que parecía y nos hubiera costado un disgusto. “Lo siento mucho”, decía entre llantos mientras otro puñetazo, esta vez certero, alcanzaba en la cara de Melisa, que llevaba tres días trabajando con nosotros, y la dejaba noqueada sobre la moqueta. El último puño iba a parar a mi cara, esta vez sin excusas ni disculpas, pero uno tiene los reflejos de un tigre y conseguí parar el golpe, doblarle el brazo y colocar a Deiff contra la pared.

Cuando la situación se calmó, y la mayoría de nosotros estábamos ayudando a Melisa, Deiff aprovechó para escapar de la casa; en calzoncillos, con una capucha y descalzo. Lo llamamos al móvil y respondió llorando y diciendo que iba a matarse. Le dijimos que hiciese lo que quisiese, pero que esperase a que lleguemos. Le pedimos que nos enviara la ubicación. El tipo iba tan ciego de alcohol, de adrenalina y de su propia estupidez que era incapaz de mandárnosla y nos balbuceó a duras penas dónde estaba. Así que salimos los tres, porque Meerit se había quedado custodiando a la chica y nos adentramos en el bosque que une nuestro pueblo con el siguiente, y encontramos a Deiff, un kilómetro después, tirado en el suelo, llorando y haciendo una videollamada con su padre. El padre, por cierto, daba más mal rollo que los gritos de la chica. Supongo que de tal palo, tal palazo.

Escoltamos al chaval de vuelta a casa y lo encerramos en la habitación para, mientras tanto, llamar a la policía. Pero antes de poder marcar el unounodós, de nuevo los gritos empezaron a reverberar por toda la calle como si se hubieran abierto otra vez las puertas del infierno, pero Deiff estaba bajo llave y los gritos venían de la casa de al lado, así que volvimos para allá para ver qué estaba ocurriendo. La novia había enloquecido, y arrancó la puerta de la habitación de cuajo –¡de cuajo!- y, tras volver a noquear a Melisa, que trató de interponerse entre ella y la puerta de Deiff, se encerró en la habitación con él, hasta que los sacó de allí la policía.

Se lo expliqué al policía sin una sola duda, en un inglés que no me reconocía. El tío no daba crédito, y no sé si era por cómo se lo estaba contando o por lo que le estaba contando, porque las dos cosas eran igual de inverosímiles a esas horas: un español explicando en tiempos compuestos que una cría de metro y medio había arrancado una puerta de cuajo, y un chaval de diecisiete descalzo por el bosque estaba huyendo de nosotros. Yo qué sé de dónde salió aquel inglés. Se ve que llevaba veinte años allí, esperando a que hiciera falta para algo mejor que trabajar; esperando que tuviera que contar en inglés, por fin, una buena historia.