El bulo del bulo

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El hombre que no teme a las verdades, nada debe temer a las mentiras

No voy a hablar de carne ni de cerdos, al menos no de los de cuatro patas. Voy a hablar de cómo se derruyen los controles informales de una democracia y voy a dar algunas claves para identificar quiénes lo hacen y por qué, porque no siempre son los mismos ni lo hacen por las mismas razones. 

Saben lo que opino sobre la polémica desatada por las palabras del ministro Garzón (¡Que coman legumbres!) y ahora me ceñiré a la campaña de respaldo a Garzón que afirma que la polémica se ha producido por un bulo, una desinformación, una fake new. No hay tal bulo. La frase –“That is sustainable; what isn’t at all sustainable is these so–called mega–farms … They find a village in a depopulated bit of Spain and put in 4,000, or 5,000, or 10,000 head of cattle. They pollute the soil, they pollute the water and then they export this poor quality meat from these ill–treated animals”– se pronunció y fue publicada. Es un hecho que se puede confirmar en la página de The Guardian. Por tanto no hablamos de una información falsa y no estamos ante un bulo. Podemos debatir si hay tergiversación, fragmentación o malinterpretación voluntaria, pero yo no llamaría bulo a tal cuestión. Es lícito debatir sobre cómo deben interpretarse tales palabras y sobre su oportunidad, significado, alcance y consecuencias.  

Hechos e interpretaciones. Hechos y opiniones. Tanto cabe fijar el foco en la denuncia de las macrogranjas como en la inoportunidad de que un ministro español mezcle la palabra “export” con la expresión “poor quality”. Cabe en democracia. Dame una palanca y moveré el mundo y dame una frase desafortunada y te liaré un pitote. Siempre ha sido así. Los directores de Comunicación no existirían si un político no tuviera que ocuparse de no prestar un punto de apoyo a sus detractores. Pretender acallar el debate hablando de bulos no tiene un pase. “Dar pábulo a bulos, alinearse con los bulos, tragarse bulos” no son frases que se deban usar para intentar parar una polémica sino que más bien parecen una especie de exterminio del disidente. 

Estoy hartísima de que me den clases de periodismo los que nunca han ejercido como tales ni lo son ni por estudios ni por trayectoria ni por dedicación. Salir en los medios no es ser periodista y, desde luego, ser político no te coloca en buena posición para desprestigiar a toda una profesión que, como poco, tiene o debería tener como actividad básica fiscalizar y desenmascarar al poder. Ahora resulta que al poder lo desenmascaran todos los días los mismos que lo ejercen y los periodistas se han convertido en masa en una especie de enemigos públicos a los que hay que dar caza o aniquilar. 

Preferir una prensa democrática sin gobierno a un gobierno sin prensa democrática, como metafóricamente planteó Jefferson, es ser consciente del papel imprescindible que en una democracia liberal tiene la prensa libre. Aunque me preocupe la falta de deontología y de profesionalidad que constato –y cualquier periodista de verdad la detecta más y mejor que cualquier político que admiren, puesto que conoce mejor que ellos las normas técnicas y deontológicas de la profesión– sigo prefiriendo que haya malos periodistas, periodistas rastreros, medios que no merecen tal nombre y hasta titulares pringados de fango a que el poder político pretenda determinar qué es la verdad, quién la dice o puede decirla y quién debe salir del sistema porque su voz no es la de un periodista honesto, porque es muy fácil que confundan esto con periodista molesto. 

Los controles externos inherentes a la democracia hace unos años que empezaron a saltar por los aires. Este desmantelamiento no se ha producido de forma inocente ni está cuajando sin la ayuda de públicos dispuestos. Cuando acusan a Sánchez de querer mantenerse en el Gobierno solo están haciendo ruido con algo que es consustancial al sistema democrático: los partidos tratan de obtener el poder y luego de mantenerse en él y la oposición intenta desbancarlos. No es ese el problema. El problema es que para que esta tensión funcione es preciso que ese control de la gestión de los que gobiernan tenga consecuencias. Felipe González perdió las elecciones porque los escándalos de corrupción que afloraron y las informaciones periodísticas sobre los GAL hicieron insoportable a muchos de sus votantes continuar apoyándole. Con el devenir del tiempo hemos visto como la insufrible corrupción del Partido Popular, condenada ya en multitud de procedimientos, apenas les ha pasado factura en las urnas. Tuvo que ser una moción de censura parlamentaria la que tumbara a un gobierno, el de Rajoy, cuyos cimientos se hundían con toda claridad en esa corrupción. Los votantes, los públicos.

La prensa, como forma de control externo, servía para destapar aquello que el poder mantenía oculto y había consecuencias. He mencionado los GAL y todos recuerdan el mítico Watergate. Ahora los políticos y los públicos se han unido en un aparente interés común en que cualquier afloramiento de desvío de poder de los suyos no tenga consecuencias. Los comportamientos inapropiados no tienen reproche porque se ha establecido tal batiburrillo, tal ruido, tal desorden, que ya para muchos no es posible diferenciar el verdadero escándalo del ficticio. Ese ruido permite inhibirse. Cuando en un pleno del CGPJ un vocal preguntó por las denuncias sobre corrupción dentro de ese órgano Los otros enjuagues del CGPJ, La zanahoria del juez Gadea– que he hecho en estas columnas, Lesmes le contestó algo así como… “eso lo ha escrito Elisa Beni, no le doy credibilidad”. Todo el mundo sabe que la tengo y que tengo los papeles de todo lo que les dije pero Lesmes, que no ha hecho nada por rebatirme, como tantos otros poderosos, se deshizo de la investigación como el que se quita una mota de polvo de la chaqueta. En este mismo diario hay compañeros que saben bien cómo una denuncia perfectamente fundada y documentada contra un político se puede acabar convirtiendo en un via crucis legal para el periodista y no tener consecuencias reales para quien cometió la tropelía. 

Hay periodistas que no merecen tal nombre pero no debe ser ningún político el que los señale o los purgue. Ninguno, tampoco ese que tanto le gusta. Hablaba de la responsabilidad de los públicos y la tienen. Usted también tiene responsabilidad. Los hechos son sagrados más las opiniones son libres. Perseguir al grito de sectario al que es coherente con sus principios personales no es ayudar a restablecer la calma. Pretender que las voces críticas son honestas y grandes y plausibles cuando critican a los que yo quiero criticar y que se han vendido o se han equivocado cuando su reflexión me contraría es también socavar los principios de la democracia. Desprestigiar al periodismo en su conjunto es dinamitar la posibilidad de que en algún lugar encontremos contenidos ajenos al Estado y al poder político que nos permitan entender la complejidad de un mundo que nos arrolla. Aplaudir esa burda idea de que el articulista que crees de tu misma opinión y que en un caso concreto disiente lo hace “por las lentejas”, “para que no le echen”, “porque le han comprado”, “porque es un vendido” que algunos grupos políticos extienden, es tan ignominiosa que lleva a pensar que solo puede proceder de quiénes están convencidos de que esa sería su forma de actuar. Tienen que entender que en la mayor parte de los casos el que osa está ya “au dessus de la melée” y, por tanto, disfruta de una libertad personal que, si son buenos, sus propios medios defienden. ¿Y qué me dicen de esos patéticos intentos para que se expulse de medios y programas a aquellos que no comparten la opinión mayoritaria o la línea editorial? La línea editorial no es una línea Maginot ideológica que no permita la presencia de plumas divergentes. Así era antes de esta ola de locura a la que los públicos no son ajenos. 

Ese empeño en desprestigiar al periodista “porque no es un experto” es una carga de profundidad buscada y de una inanidad intelectual asombrosa. El periodista, por principio, es experto en localizar y comprender a los expertos para trasladarle a los públicos su mensaje de forma comprensible. Un periodista es experto en hablar con técnicos que divergen en sus posiciones y condensar y explicar sus posturas. Transcodificadores semánticos, nos llamaba Martínez-Albertos. Un periodista es experto en buscar y aprender y aprehender lo que no sabe antes de trasladarlo al público. Nunca tuvimos tantos expertos sectoriales en directo en los medios para llegar al incierto resultado de que los públicos acaben por no entender nada. Un periodista es experto en contrastar los hechos y en mostrar de forma diferenciada estos, sus interpretaciones y las opiniones que de ellos se derivan. Y es intolerable que un Estado se arrogue el poder de establecer y sancionar esa distinción, como ha pretendido Hungría. El control de calidad de los periodistas solo puede residir en los tribunales, en los públicos y en asociaciones profesionales potentes con organismos de autocontrol.

Saber en quién depositan su confianza es trabajo de ustedes, no lo eludan. Les advierto que no depositarla en nadie es mala solución. 

El hombre que no teme a las verdades, nada debe temer a las mentiras

No voy a hablar de carne ni de cerdos, al menos no de los de cuatro patas. Voy a hablar de cómo se derruyen los controles informales de una democracia y voy a dar algunas claves para identificar quiénes lo hacen y por qué, porque no siempre son los mismos ni lo hacen por las mismas razones. 

Saben lo que opino sobre la polémica desatada por las palabras del ministro Garzón (¡Que coman legumbres!) y ahora me ceñiré a la campaña de respaldo a Garzón que afirma que la polémica se ha producido por un bulo, una desinformación, una fake new. No hay tal bulo. La frase –“That is sustainable; what isn’t at all sustainable is these so–called mega–farms … They find a village in a depopulated bit of Spain and put in 4,000, or 5,000, or 10,000 head of cattle. They pollute the soil, they pollute the water and then they export this poor quality meat from these ill–treated animals”– se pronunció y fue publicada. Es un hecho que se puede confirmar en la página de The Guardian. Por tanto no hablamos de una información falsa y no estamos ante un bulo. Podemos debatir si hay tergiversación, fragmentación o malinterpretación voluntaria, pero yo no llamaría bulo a tal cuestión. Es lícito debatir sobre cómo deben interpretarse tales palabras y sobre su oportunidad, significado, alcance y consecuencias.  

Hechos e interpretaciones. Hechos y opiniones. Tanto cabe fijar el foco en la denuncia de las macrogranjas como en la inoportunidad de que un ministro español mezcle la palabra “export” con la expresión “poor quality”. Cabe en democracia. Dame una palanca y moveré el mundo y dame una frase desafortunada y te liaré un pitote. Siempre ha sido así. Los directores de Comunicación no existirían si un político no tuviera que ocuparse de no prestar un punto de apoyo a sus detractores. Pretender acallar el debate hablando de bulos no tiene un pase. “Dar pábulo a bulos, alinearse con los bulos, tragarse bulos” no son frases que se deban usar para intentar parar una polémica sino que más bien parecen una especie de exterminio del disidente. 

Estoy hartísima de que me den clases de periodismo los que nunca han ejercido como tales ni lo son ni por estudios ni por trayectoria ni por dedicación. Salir en los medios no es ser periodista y, desde luego, ser político no te coloca en buena posición para desprestigiar a toda una profesión que, como poco, tiene o debería tener como actividad básica fiscalizar y desenmascarar al poder. Ahora resulta que al poder lo desenmascaran todos los días los mismos que lo ejercen y los periodistas se han convertido en masa en una especie de enemigos públicos a los que hay que dar caza o aniquilar. 

Preferir una prensa democrática sin gobierno a un gobierno sin prensa democrática, como metafóricamente planteó Jefferson, es ser consciente del papel imprescindible que en una democracia liberal tiene la prensa libre. Aunque me preocupe la falta de deontología y de profesionalidad que constato –y cualquier periodista de verdad la detecta más y mejor que cualquier político que admiren, puesto que conoce mejor que ellos las normas técnicas y deontológicas de la profesión– sigo prefiriendo que haya malos periodistas, periodistas rastreros, medios que no merecen tal nombre y hasta titulares pringados de fango a que el poder político pretenda determinar qué es la verdad, quién la dice o puede decirla y quién debe salir del sistema porque su voz no es la de un periodista honesto, porque es muy fácil que confundan esto con periodista molesto. 

Los controles externos inherentes a la democracia hace unos años que empezaron a saltar por los aires. Este desmantelamiento no se ha producido de forma inocente ni está cuajando sin la ayuda de públicos dispuestos. Cuando acusan a Sánchez de querer mantenerse en el Gobierno solo están haciendo ruido con algo que es consustancial al sistema democrático: los partidos tratan de obtener el poder y luego de mantenerse en él y la oposición intenta desbancarlos. No es ese el problema. El problema es que para que esta tensión funcione es preciso que ese control de la gestión de los que gobiernan tenga consecuencias. Felipe González perdió las elecciones porque los escándalos de corrupción que afloraron y las informaciones periodísticas sobre los GAL hicieron insoportable a muchos de sus votantes continuar apoyándole. Con el devenir del tiempo hemos visto como la insufrible corrupción del Partido Popular, condenada ya en multitud de procedimientos, apenas les ha pasado factura en las urnas. Tuvo que ser una moción de censura parlamentaria la que tumbara a un gobierno, el de Rajoy, cuyos cimientos se hundían con toda claridad en esa corrupción. Los votantes, los públicos.

La prensa, como forma de control externo, servía para destapar aquello que el poder mantenía oculto y había consecuencias. He mencionado los GAL y todos recuerdan el mítico Watergate. Ahora los políticos y los públicos se han unido en un aparente interés común en que cualquier afloramiento de desvío de poder de los suyos no tenga consecuencias. Los comportamientos inapropiados no tienen reproche porque se ha establecido tal batiburrillo, tal ruido, tal desorden, que ya para muchos no es posible diferenciar el verdadero escándalo del ficticio. Ese ruido permite inhibirse. Cuando en un pleno del CGPJ un vocal preguntó por las denuncias sobre corrupción dentro de ese órgano Los otros enjuagues del CGPJ, La zanahoria del juez Gadea– que he hecho en estas columnas, Lesmes le contestó algo así como… “eso lo ha escrito Elisa Beni, no le doy credibilidad”. Todo el mundo sabe que la tengo y que tengo los papeles de todo lo que les dije pero Lesmes, que no ha hecho nada por rebatirme, como tantos otros poderosos, se deshizo de la investigación como el que se quita una mota de polvo de la chaqueta. En este mismo diario hay compañeros que saben bien cómo una denuncia perfectamente fundada y documentada contra un político se puede acabar convirtiendo en un via crucis legal para el periodista y no tener consecuencias reales para quien cometió la tropelía. 

Hay periodistas que no merecen tal nombre pero no debe ser ningún político el que los señale o los purgue. Ninguno, tampoco ese que tanto le gusta. Hablaba de la responsabilidad de los públicos y la tienen. Usted también tiene responsabilidad. Los hechos son sagrados más las opiniones son libres. Perseguir al grito de sectario al que es coherente con sus principios personales no es ayudar a restablecer la calma. Pretender que las voces críticas son honestas y grandes y plausibles cuando critican a los que yo quiero criticar y que se han vendido o se han equivocado cuando su reflexión me contraría es también socavar los principios de la democracia. Desprestigiar al periodismo en su conjunto es dinamitar la posibilidad de que en algún lugar encontremos contenidos ajenos al Estado y al poder político que nos permitan entender la complejidad de un mundo que nos arrolla. Aplaudir esa burda idea de que el articulista que crees de tu misma opinión y que en un caso concreto disiente lo hace “por las lentejas”, “para que no le echen”, “porque le han comprado”, “porque es un vendido” que algunos grupos políticos extienden, es tan ignominiosa que lleva a pensar que solo puede proceder de quiénes están convencidos de que esa sería su forma de actuar. Tienen que entender que en la mayor parte de los casos el que osa está ya “au dessus de la melée” y, por tanto, disfruta de una libertad personal que, si son buenos, sus propios medios defienden. ¿Y qué me dicen de esos patéticos intentos para que se expulse de medios y programas a aquellos que no comparten la opinión mayoritaria o la línea editorial? La línea editorial no es una línea Maginot ideológica que no permita la presencia de plumas divergentes. Así era antes de esta ola de locura a la que los públicos no son ajenos. 

Ese empeño en desprestigiar al periodista “porque no es un experto” es una carga de profundidad buscada y de una inanidad intelectual asombrosa. El periodista, por principio, es experto en localizar y comprender a los expertos para trasladarle a los públicos su mensaje de forma comprensible. Un periodista es experto en hablar con técnicos que divergen en sus posiciones y condensar y explicar sus posturas. Transcodificadores semánticos, nos llamaba Martínez-Albertos. Un periodista es experto en buscar y aprender y aprehender lo que no sabe antes de trasladarlo al público. Nunca tuvimos tantos expertos sectoriales en directo en los medios para llegar al incierto resultado de que los públicos acaben por no entender nada. Un periodista es experto en contrastar los hechos y en mostrar de forma diferenciada estos, sus interpretaciones y las opiniones que de ellos se derivan. Y es intolerable que un Estado se arrogue el poder de establecer y sancionar esa distinción, como ha pretendido Hungría. El control de calidad de los periodistas solo puede residir en los tribunales, en los públicos y en asociaciones profesionales potentes con organismos de autocontrol.

Saber en quién depositan su confianza es trabajo de ustedes, no lo eludan. Les advierto que no depositarla en nadie es mala solución. 

El hombre que no teme a las verdades, nada debe temer a las mentiras

No voy a hablar de carne ni de cerdos, al menos no de los de cuatro patas. Voy a hablar de cómo se derruyen los controles informales de una democracia y voy a dar algunas claves para identificar quiénes lo hacen y por qué, porque no siempre son los mismos ni lo hacen por las mismas razones.