Cosas de alemanes
He tardado en encontrar la metáfora, pero por fin he podido explicar a mi abuela que las bitterballen son como croquetas de ropa vieja con un rebozado algo más duro que las que hacemos aquí, pero con forma de pelotita, como una albóndiga a la defensiva, y que se sirve con mostazas que, de no llevar cuidado con la cantidad, te abren las fosas nasales. He tardado en poder explicarle muchas cosas a mi abuela porque en Holanda las cosas son muy parecidas a las cosas de aquí, pero tangencialmente opuestas. La otra tarde me tocó llevar una comanda a un tipo que había pedido cerveza con cocacola; o sea, no cerveza y cocacola, sino mezcladas. Le dije al compañero: “esta mierda es lo que mezclan los niños en las bodas cuando se aburren” y él me respondió que son cosas de alemanes. También son cosas de alemanes lo de beber cerveza con Sprite o cerveza con un appelsap o un aperol spritz sin hielo, o eso dicen ellos, eso dicen los holandeses, que a cada acto de terrorismo para el paladar me dicen que son cosas de alemanes. Lo que más me está costando explicarle a mi abuela es lo a gusto que estoy en un sitio donde beben cerveza con cocacola.
Ameland es un sitio bonito. Seguramente, sea el sitio más bonito en el que haya estado nunca; ni que decir tiene que es el sitio más bonito en el que he vivido, con permiso de mi Murcia querida, cuya belleza, estoy aprendiendo ahora, siempre ha ido más por dentro que por fuera. Tiene veinte kilómetros de punta a punta y yo vivo al oeste, junto a un prado con ovejas y caballos y junto a un faro de bandas rojas y blancas y casitas de madera y molinos de viento y tengo todos los días la sensación de estar en el set de rodaje de Se ha escrito un crimen y esta última creo que es la referencia más adecuada para explicarle a mi abuela dónde carajos estoy, y la verdad es que yo tampoco lo sé del todo. Sé que hay un ferry que sale unas pocas veces al día y que si lo pierdes te quedas y que al principio eso me angustiaba un poco y ahora me parece la mejor noticia del mundo. A partir de cierta hora del día, somos los que estamos y no puede venir nadie más y eso me parece chulísimo.
Lo peor es el tiempo, pero la buena noticia es que si no te gusta el tiempo que hace solo tienes que sentarte a esperar diez minutos; o sea, que el tiempo le pone remedio al tiempo y eso seguramente sea lo más complicado de explicar a mi abuela porque mi abuela lleva ochenta y pico años viviendo en un sitio donde el tiempo no cambia, donde el verano es el verano y el invierno es el invierno y punto, y ya está, y la idea de que en un mismo día te pueda dar el sol en la cara y mojarte hasta los huesos y volverte a secar y volverte a mojar antes de una tontísima granizada como una lluvia de asteroides le parece una falta de seriedad. Y tiene razón. Es una falta de seriedad. Aquí llueve cuatro de cada tres días y no ves un paraguas por la calle, la gente se enfunda un chubasquero como un dementor y salen a pedalear y a hacer caso omiso a la meteorología porque si dependes de que salga el sol para hacer planes, simplemente no haces planes.
Cuando llegué me dijeron que no me escandalizase si veía a un chaval de catorce años trabajando en un supermercado y cosas así porque aquí es legal, y entendí por qué aquí el salario base va en función de la edad que tengas desde los 13 a los 21 y que yo cobro más que mi jefe porque soy más mayor y que un niño de dieciséis cobra casi diez euros la hora, pero lo que no voy a entender jamás, nunca, ni en esta vida ni en la otra y lo que no voy a poder explicarle a mi abuela por más que lo intente es por qué un niño de dieciséis años en Holanda cobra más que un adulto en España porque no hay metáfora, aunque sí se puede decir que son cosas de alemanes.