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Opinión - La derrota del odio, por Esther Palomera

La derrota del odio

26 de octubre de 2026 22:42 h

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Vencer al odio no es lo mismo que derrotar al que piensa distinto, sino desactivar un método que convierte al adversario en enemigo, la duda en traición y las instituciones en estorbos. Luiz Inácio Lula da Silva ha ganado al odio que destila el clan Bolsonaro, pero también a la mentira, a las plataformas digitales y a las encuestas. Ha vuelto a hacer historia y ganado contra todo pronóstico las elecciones en Brasil de tal forma que ha inyectado con su victoria un chute de optimismo en la socialdemocracia española, donde sus dirigentes ya sueñan con una remontada como la del líder del Partido de los Trabajadores.  

Espejismo o no, la victoria sobre Bolsonaro, heredero político del clan ultraderechista, es para la izquierda de nuestro país un síntoma o una señal de que, quizá, la curva de crecimiento de la ola ultra empieza a descender y que se puede derrotar al odio que destila la ultraderecha global. Así lo cree el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quien, en su cuenta de X, pocas horas tras el escrutinio brasileño, auguró que la remontada del progresismo acaba de comenzar y que lo ocurrido el domingo en Brasil pasará pronto en España.

Exista o no el paralelismo que Sánchez pretende establecer, Lula es el primer mandatario brasileño que vence tras perder la primera vuelta en el gigante latinoamericano, que conquista un cuarto mandato no consecutivo, que para los pies a la extrema derecha y que consolida su capacidad de resistencia. Y todo, pese a la inquina que, igual que Pedro Sánchez, genera en buena parte de sus compatriotas. Pero, pese a esa animadversión contagiosa e irracional, 64 millones de brasileños le han votado y, de paso, conseguido que la izquierda española crea que en España también es posible ganar cuando todo el mundo cree que la izquierda perderá el próximo 29 de noviembre.

El 4 de octubre, el bolsonarismo al completo, con dinero, con fake news, con el apoyo de Trump y de Milei, ganó la primera vuelta por apenas dos puntos y dejó a Lula en un 45,12% de los votos. Y ese resultado llevó a todo el ecosistema mediático internacional a esparcir titulares a toda página con el retorno de la ultraderecha, pero tres semanas más tarde, el pueblo ha dicho no al heredero de un golpista. Y en el cuartel general del PSOE entienden que la del domingo no era solo la victoria de uno de sus referentes globales, sino una hoja de ruta para derrotar al aborrecimiento y con la que dejar constancia que cuando la izquierda deja de lado sus cuitas y deja de pedir perdón por ser izquierdas, puede ganar. 

El octogenario obrero metalúrgico, que dice sentirse joven para combatir a la ultraderecha y para proteger su legado social, no ganó con un viraje al centro, ni con rebajas del salario mínimo o con recortes para tranquilizar a los mercados. Se alzó con la victoria con una defensa cerrada de la universidad pública, de la Amazonia y del aumento real del salario. Se impuso, en definitiva, el hambre de justicia social sin miedo a ser tachado de populista. Y eso es justamente lo que la izquierda española olvidó en algún momento y hoy vuelve a considerar como eje de su estrategia electoral.

En España no hay segunda vuelta electoral, pero sí una ola social en favor de las políticas públicas, del aumento de los salarios, del sistema público de pensiones y del acceso universal a la vivienda. Asuntos todos ellos que difícilmente pueden beneficiar a las derechas, por mucho que durante 8 años de gobierno la izquierda no haya hecho todo lo que estaba a su alcance.

Brasil, después de Suecia el pasado septiembre, rompe en todo caso con la tendencia en retroceso del ciclo progresista y refuerza la idea de que la izquierda no está acabada y que cuando la gente vota masivamente, rompe todas las encuestas. Hay ya algunas que pronostican que con una participación superior al 70% se antoja inalcanzable que el PP gane en votos al PSOE. Lo que ocurra el próximo 3 de noviembre en las elecciones estadounidenses de mitad de mandato, las conocidas como midterm, tampoco será baladí en el estado de ánimo de los socialdemócratas. Soñar sigue siendo gratis.