Diez voxitos
El argumento es bien conocido, un clásico del género de suspense desde el fundacional Diez negritos de Agatha Christie: un grupo de mujeres y hombres, todos gente de orden y muy de derechas, incluso de extrema derecha, son convocados en una mansión para fundar un partido acorde a sus convicciones. Todo transcurre plácidamente, van creciendo electoralmente, aumentando su presencia institucional y entrando en gobiernos autonómicos y municipales, hasta que aparece el primer cadáver. Misteriosamente, uno tras otro son apuñalados, pese a su cercanía al anfitrión de la cena. Primero Macarena Olona, después Espinosa de los Monteros, al que le seguirá su esposa, Rocío Monasterio. Y aunque se resiste con uñas y dientes, también acaba cayendo Ortega Smith, y podemos añadir al líder en Murcia, a varios históricos y algún otro ya olvidado, mientras el anfitrión, Santiago Abascal, ni siquiera se conmueve con la pérdida de quienes eran mucho más que compañeros de partido.
En realidad la escabechina de los fundadores de Vox, más que a la novela de Christie, se parece a su parodia en Un cadáver a los postres (también conocida como “Benson Señora”). Es imposible tomarse en serio a Olona, Espinosa o Smith; ya era difícil no reírse cuando brillaban como los perfiles más duros de Vox y cerraban filas con Abascal; más risa dan cuando salen del partido lloriqueando por la falta de democracia interna (en un partido ultraderechista, jaja), el hiperliderazgo (en un partido ultraderechista, jaja), la opacidad con el dinero (ídem, jaja) o que funcione como agencia de colocación (jaja).
Qué decir del último cadáver facha: Javier Ortega Smith. El más cómico de todos. De juventud falangista, ex miembro de no sé qué cuerpo especial del ejército, se hizo un nombre en su espacio político conquistando con valentía Gibraltar (entró a nado para desplegar una bandera española en el Peñón). Se ha pasado diez años de perro fiel de Abascal (también cuando este purgaba a los ya citados), y ahora se atrinchera en su escaño, que hace mucho frío afuera, mientras acude a programas de televisión para quejarse del maltrato por parte de quien era su compadre (fue padrino de su boda, y él a su vez de una de sus hijas). Si no fueran todos ellos un peligro para la democracia, cogeríamos un cubo de palomitas para disfrutar del espectáculo.
Ves las fotos de aquel Vistalegre triunfal de Vox, hace solo seis años, y solo quedan Abascal y el siniestro Buxadé. Han ido cayendo todos. No se veía algo igual desde Podemos, partido que también devoró a sus fundadores uno tras otro tras un crecimiento vertiginoso. Y ahí terminan los parecidos. Porque mientras el votante de izquierda castiga las peleas internas, el de derecha nunca parece molesto por las puñaladas y escisiones. Y el votante de ultraderecha, aún menos, a la vista de los resultados. Donde esté un líder fuerte, un auténtico caudillo, que se quiten todos esos muertos.