Eclipse de cordura
Ando este ferragosto por la Alpujarra, algo más fresquito que en el resto de Andalucía, al menos a la sombra y por las noches. El caso es que, en la tarde del martes, cuando el sol se ocultaba tras la ladera septentrional del barranco del Poqueira, salí a regar las plantas y una vecina que paseaba a su perro se detuvo a saludarme. Conversamos un rato sobre lo local y lo universal, desde el turbador asesinato de varios gatos asilvestrados en nuestro barrio hasta la posibilidad de comprar gafas para el eclipse solar en la farmacia de Capileira, pasando por el delirio hispanofóbico de Meloni ante la crisis de Ceuta. Llevábamos así unos minutos, mencionando disparate tras disparate, cuando la vecina concluyó con esta sabia sentencia: “Mira, Javier, en este mundo ya no cabe un idiota más”.
Escribo este artículo horas antes del eclipse solar y, sí, intentaré verlo provisto de mis correspondientes gafas ISO 12312-2 adquiridas en la farmacia de Capileira. Pero les confieso que no estoy tan excitado por este evento astronómico como parecen estarlo la mayoría de los habitantes del planeta y, sobre todo, la totalidad de los medios de comunicación. Comparto lo escrito aquí por Isaac Rosa: no quiero ser un aguafiestas, suspenderé lo que esté haciendo, subiré a mi terraza y me pondré las gafas a ver de qué va la cosa. Básicamente porque no quiero pasarme el resto de mis días teniendo que contar que me perdí por afán de rareza una experiencia tan insólita, tan mística, tan mágica y todo eso.
Lo que de veras me asombra es el eclipse casi total de cordura que asola el planeta desde hace ya unos cuantos lustros. Tanto que empiezo a sentirme como el anónimo extraterrestre que aterriza en Barcelona en Sin noticias de Gurb, la novelita del gran Eduardo Mendoza. Y es que en ocasiones llego a pensar como ese extraterrestre y me encuentro diciendo en voz alta cosas como esta: “Estoy tan lleno de magulladuras que me transformo en Tutmosis II y así me ahorro el trabajo de ponerme vendas”.
Las magulladuras a las que aludo proceden de la cantidad de estacazos de estupidez que recibo cada día. Me golpean cada vez doy un vistazo en mi móvil a las redes sociales y los diarios digitales, y cada vez que enciendo la tele para enterarme de las noticias. También en algunas de las ocasiones en las que hablo con gente aparentemente normal. Por ejemplo: alguien me dijo ayer que le parecía estupendo que Meloni puteara a los turistas españoles en los aeropuertos italianos, pero que consideraba provocadora la reacción de Sánchez: aplicarles la misma medicina a los italianos. Ya sé que este es un mantra de Vox, pero, de una persona mínimamente cuerda, esperaría que le diera vergüenza repetir semejante sandez. Ya ven, hemos llegado a un punto en que la majadería reiterada pasa como sentido común.
Leo cosas difícilmente comprensibles en los periódicos. Por ejemplo, que Mette Frederiksen, la primera ministra socialdemócrata de Dinamarca, se suma a la campaña xenófoba de Meloni. Me cuesta entenderlo, me pregunto cómo pretenderá la tal Frederiksen movilizar la solidaridad de la España progresista cuando Trump se apropie de Groenlandia. Desde luego, va dada si cuenta para esa crisis con el ardor guerrero italiano.
Menciono el ardor guerrero para estar al día, ahora todo mola más si se presenta en tonos apocalípticos y bélicos, otra muestra del eclipse de la cordura. Pero sepan que estoy de acuerdo con el reproche que ha hecho Augusto Delkáder-Palacios a la moda de abordar lo de Ceuta con lenguaje bélico: invasión, guerra híbrida, militarización de la frontera… Veo esta crisis como una manifestación del fenómeno migratorio: buena parte de la juventud marroquí quiere huir de su país y vivir el sueño español. Más que evidenciar una voluntad anexionista del régimen marroquí, los sucesos de Ceuta expresan su fracaso social.
Sigamos. Escucho aquí y allá que los incendios forestales no tienen nada que ver con el cambio climático, que son obra de individuos concretos. Almas de cántaro, no es contradictorio detener y condenar severamente a quienes prenden fuego al bosque con afirmar que la colosal magnitud que alcanza ese fuego se debe al calentamiento del planeta. Y, bueno, también a la proverbial racanería de las comunidades autónomas derechistas con los bomberos forestales.
El pasado domingo le leí a un amigo en Facebook algo muy sensato: a la gente de derechas normal mantener en nómina todo el año a decenas de miles de soldados, aunque no libremos ninguna guerra, pero se niega a aplicar esa misma lógica a los nada imaginarios incendios forestales. Está claro que la lógica cotiza a la baja en estos tiempos.
Servidor no ve la menor lógica en que el Gobierno de Ayuso se haya gastado una millonada del dinero de los contribuyentes en comprar un aticazo de lujo en Chamberí para no se sabe muy bien qué. ¿Oficina? ¿Vivienda oficial de la presidenta? ¿Pura especulación inmobiliaria? ¿Corrupción en Miami? Que conteste quien lo sepa; yo lo único que tengo claro es que a la opereta de Ayuso tan solo le falta que descubramos que su novio ha ganado un pastón vendiendo falsas gafas para el eclipse del modelo ISO 12312-2.
Releo, pues, este verano Sin noticias de Gurb como un manual de navegación por un mundo que ha perdido tanto la chaveta que Trump es transportado clandestinamente en contenedor de catering para cambiar de avión y evitar de tal guisa un atentado de los ayatolás. “La ventaja de la comunicación telepática es que se puede hablar con la boca llena”, dice Gurb en un momento dado. Para añadir a continuación: “En cambio, la comunicación telepática se oye a través de la tele, y no veas la lata que da”· Los chalados dan hoy mucho la lata, muchísimo.