Por qué el experto mundial en ‘fakes’ se va a cortar leña
En el umbral de un nuevo mundo, no se ve nada. Y dirás: pues lo que se ve, buf, ¡qué mala pinta! Qué va. Es peor lo que no se ve. Esta semana ha publicado The New York Times un reportaje escalofriante: el mayor experto del mundo en vídeos ultrafalsos o deepfakes ha dicho que ya no confía en sus ojos.
Hany Farid ha sido durante más de 20 años el más diestro en el campo de la investigación forense digital: le han hecho encargos los gobiernos, las organizaciones de derechos humanos, los medios de comunicación. Le enviaban un vídeo y él emitía su veredicto: verdadero o falso. Pero ya no puede. Uno de los últimos le bloqueó: era una secuencia viral que parecía mostrar un misil estadounidense en el momento de impactar en un colegio de Irán, en el que murieron más de 150 personas. Llegó a una conclusión difusa: no encontró pruebas de que fuera falso o manipulado. Pero tampoco pudo asegurar al cien por cien que fuera real. Su drama es el nuestro.
“Cualquiera puede crear un vídeo de cualquiera haciendo o diciendo lo que sea”, ha dicho Farid. Describe en pocas palabras la situación en la que nos encontramos: “Siento que me estoy quedando ciego”, ha confesado. Y no por un defecto en sus ojos, sino porque todo se puede fabricar. La realidad se disuelve ante él.
Me ha recordado al Ensayo sobre la ceguera de Saramago. Los personajes van perdiendo la vista, pero no quedan sumidos en una negra oscuridad, como sería previsible, sino en una luminosidad lechosa que lo invade todo. Esos somos nosotros, deslumbrados ante la pantalla, que refulge sin cesar con su resplandor, cada vez vemos menos.
Si el mayor experto mundial en distinguir lo real ha claudicado, ¿qué podemos esperar nosotros, pequeños mortales? Farid se marcha a vivir a Vermont, a una casa sobre un gran terreno donde puede mirar en lontananza. Seguirá identificando lo real, pero asegura que necesita levantar la vista, atisbar a lo lejos. Ha empezado a dedicar su tiempo a cortar leña, y siente que hace un trabajo útil.
Somos ciegos que viendo, no ven. No es fácil asumirnos ni entendernos. El último informe del Reuters Institute for the Study of Journalism, hecho público esta semana, nos deja una impresionante paradoja: cada vez más gente se informa a través de las redes sociales, en plataformas de vídeo y con inteligencia artificial. Por primera vez, de hecho, las redes y las plataformas superan, con un 54% a nivel global, a la televisión (52%) y a las aplicaciones de los medios de comunicación (51%). Al mismo tiempo, aumenta la preocupación por los riesgos de la desinformación. O sea, nos informamos más en lugares de los que no nos fiamos: más que paradoja, esto es desquicie.
¿Qué habrá pensado Farid, allí retirado del mundo, al saber que cada vez más gente, en lugar de leer noticias, prefiere verlas en vídeo? Seguramente les lanzaría una admonición: no, no lo hagáis, nadie puede saber ya si las imágenes son verdaderas o falsas. Si no las descifro ni yo…
Me siento dividida. Dudo de que pueda ser viable una sociedad cegada por destellos luminiscentes que no reconoce lo real. Y al mismo tiempo me parece sencillo identificar la realidad cuando dejo la pantalla y salgo a la calle.
A veces pienso: llega una nueva era y nos pilla de esta guisa, con nuestro sistema epistémico en pelotas, cada vez con menos fe en periodistas, jueces y académicos, los guardianes del conocimiento y la verdad (perdón por mentar la bicha). En cambio, otras veces me digo: quizá tiene que ser así, tal vez hemos de llegar cegados al umbral de un tiempo nuevo para no sentir miedo. Venid hasta el borde, nos dicen. Y vamos porque no vemos.
Para resolver mi dilema de forma constructiva, no hay otra, he empezado a leer Contra el descontento, de Cristina Monge, que me devuelve la esperanza: os lo recomiendo. Coincido plenamente con ella en que la soledad producida por la hiperconexión digital agrava la crisis de la realidad. Cristina es una optimista irredenta y el libro me deja un dulce regusto ciudadano: la certeza de que podemos cambiar las cosas. Hemos de empezar por reconstruir la conversación pública, dice. ¿Y sabes lo que pienso? Que eso se hace en la plaza del barrio. Se baja una, empieza a hablar con personas de carne y hueso sobre los problemas comunes y ya está. Si el mayor experto mundial en analizar vídeos falsos ha reencontrado el camino cortando leña, la cosa está clara.
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