El fuego ama nuestro paisaje: no se lo regalemos
Con cada incendio que ha habido este verano no podía evitar verlo al lado de mi casa, en la sierra norte de Madrid. Anteayer, mientras se quemaba el suroeste de la Comunidad, no necesité mucha imaginación: el olor a humo, las pavesas y la ceniza se presentaron en la puerta de casa, tras recorrer los apenas 60 kilómetros que nos separan del fuego.
Mientras escribo estas líneas se han quemado ya 42.000 hectáreas y se intenta evitar que el fuego del suroeste de Madrid se una al de Ávila. Cuando salgo a pasear a mi perra, me encuentro a una vecina cuyo marido es bombero. Anteayer estuvo trabajando en la zona, y ha visto escenas pavorosas. De algunas les han obligado a salir ante el temor a que quedaran atrapados: ¿tiene ya fecha el homenaje a esta gente?
Hay otras imágenes terroríficas de casas ardiendo: me impresiona un jardín incendiado, con las llamas desbocadas junto al límpido y apacible azul de una piscina vacía. Luego toca una cena con amigos que debía celebrarse en el jardín y que acaba teniendo lugar dentro, con las ventanas cerradas a cal y canto, para no comer sandía ahumada. En esa cotidianidad trastornada percibes cómo la crisis climática altera ya nuestras vidas.
La adaptación que nos toca entraña reconstruir los paisajes. Un incendio es un apocalipsis de destrucción, pero también es una oportunidad. ¿Qué haremos en septiembre, octubre y noviembre? ¿Organizar la vuelta al cole, comentar los estrenos de la rentrée y celebrar Halloween como si nada? Mi esperanza es que este verano pongamos fin a una fantasía: que el peligro de los incendios se conjura sólo con buenos medios de extinción.
Nos adentramos en la era de los fuegos inextinguibles. Esto significa que hemos de actuar sobre el paisaje, fundamentalmente sobre su estructura. Le estamos entregando al fuego la misión de reordenar los hermosos parajes ibéricos que nosotros hemos dejado de gestionar.
El abandono del medio rural tiene mucho que ver, pero no puede ser la única causa, como sostienen algunos, porque ese abandono de hecho comenzó en los años 50 y 60. Los fuegos de entonces se llamaron de primera generación; ahora vamos por los de quinta y sexta. Estos últimos generan un microclima propio, con convección y tormentas de fuego que contribuyen a su propagación.
Si a ese abandono le sumamos las consecuencias del cambio climático, el infierno llega a la puerta de casa. Con la vegetación más seca, la temperatura más alta y la atmósfera sin humedad, la mínima chispa se convierte en un megaincendio que arrasa hectáreas sin freno. La urgencia de este momento es salvar las personas, las casas y el patrimonio natural que se pueda. Pero cuando se hayan apagado estos incendios, se abre una oportunidad en el suroeste de Madrid, Ávila, así como en Teruel, Guadalajara, Almería, León, Toledo, Zaragoza. O en los campos que aún arderán en agosto.
El fuego ama nuestro paisaje ibérico: masas forestales densas, con escasa o ninguna fragmentación, parcelas sin uso que nadie gestiona mientras acumulan combustible, bosques de una sola especie inflamable, como las repoblaciones de pinos de los años 40 y 50… ¿Se lo regalamos para que lo devore o lo cambiamos? A esta pregunta hay una respuesta que no es emocional ni administrativa, sino técnica: la severidad de un incendio depende de la estructura del paisaje más que de la composición de la vegetación. Tenemos la oportunidad de adaptar los paisajes y crear otros que no gusten tanto al fuego.
Sólo esta esperanza puede florecer de las cenizas: que convirtamos lo incendiado en monte resiliente al fuego. Los paisajes cortafuegos son los que, por un lado, tardan más en arder, porque encuentran menos combustible o están limpios gracias a labores como el pastoreo; y por otro lado, cuando arden mantienen una dimensión manejable. Lo plantea un interesante informe de WWF del año 2021, titulado Paisajes cortafuegos.
La fórmula del paisaje como cortafuegos ya ha funcionado: es la mejor noticia en medio de la desolación. En Gran Canaria, zonas pastoreadas frenaron los grandes incendios de 2017 y 2019. Los frentes más virulentos se detuvieron o perdieron intensidad al llegar a esas zonas. No sé si alguien planeó el experimento, pero es evidencia empírica. Hay que dar sentido a esta destrucción. Si respondemos como siempre, el año que viene veremos arder las mismas casas, contemplaremos impotentes las mismas piscinas de agua clara rodeadas de llamas siniestras.
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