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La nostalgia, un dolor como ideología

Taza de café.
2 de septiembre de 2026 22:23 h

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El último grito que se oirá en Silicon Valley será el de algún renegado de la tecnología. Llevo lustros escuchándolos y mi último descubrimiento es la renegada Clara Shih. Después de 20 años construyendo software para distintas empresas, Shih dejó Meta hace menos de un año, al ver cómo la IA que estaba contribuyendo a desarrollar devoraba los empleos de los más jóvenes.

Montó una fundación para ayudar a la generación Z a navegar una transición tecnológica que va a ser dura para todos y cruel con ellos. Podremos despotricar todo lo que queramos contra EEUU, pero cuando se trata de altos directivos de empresas, hay que admitir que entre Clara Shih y Marcos de Quinto todavía hay diferencias.

Shih afirma que nos hemos fijado demasiado en la cantidad de puestos que la IA devorará -o está devorando ya- y no en la calidad de los empleos que crea. Mucha gente va a trabajar para el algoritmo, probablemente la forma de alienación más sofisticada que haya inventado la humanidad.

Hay un orgullo muy humano en ser capaz de hacer algo, por simple que sea. Me fascina el cariño que ponen algunas camareras al depositar el cacao sobre mi capuchino con formas hermosas. Admiro esa persecución de la excelencia y la estética, porque me recuerda a un refrán de mi abuela: “Las cosas bien hechas bien parecen”. Entiendo que esa persona reclame para sí el título de barista. Forma parte de su identidad.

Ser maestros en algo equivale a sentirnos reconocidos por hacer algo bien: está muy arraigado en el alma humana, porque pertenece a nuestra condición de animales sociales. Antes de que el capitalismo exacerbara la competitividad, a los zapateros les gustaba tener clientes que habían recorrido veinte paradas de metro porque “nadie hace remiendos como los suyos”.

Cuando pienso en esas mujeres y hombres jóvenes a los que Clara Shih dedica su esfuerzo, imagino todas las formas de frustración que soportarán. Algunos ya lo dicen: que no piden un trabajo, solo una entrevista de trabajo con un ser humano. Quizá sea ya un lujo.

¿Cómo se relaciona el cataclismo de la revolución tecnológica turbo con la vuelta al conservadurismo de las generaciones jóvenes? La derecha se frota las manos, la izquierda lo ignora o, en los peores casos, se burla de la nostalgia y espera que la reprimamos. Casi nunca preguntamos a esos jóvenes, pero si lo hiciéramos entenderíamos que la nostalgia es una emoción que está tiñendo la política, con igual o mayor peso que la indignación y el odio que achacamos a las redes sociales.

Es difícil no sentir nostalgia alguna vez. Yo he citado a mi abuela y un refrán tres párrafos más arriba. A menudo recuerdo cómo fue mi infancia y mi adolescencia y me parece difícil de creer: las notificaciones eran los amigos tirando piedrecitas a mi ventana porque mi madre descolgaba el teléfono a la hora de la siesta y se interrumpía la comunicación con el mundo exterior. No había televisión por la mañana, de ese pleistoceno vengo. Estamos viviendo demasiados cambios, más deprisa de lo que nuestro cerebro puede procesar, no digamos dominar.

La izquierda necesita dar una respuesta a la nostalgia. A veces parece que no tiene ni tiempo para pensar en ello: te dice que te adaptes y hagas un curso de reciclaje. Pero está en auge toda una ideología ultra basada en la nostalgia: el motor de todo es el ‘again’ del Make America Great Again. Posee una fuerza arrolladora porque juega con nuestra memoria, que no es una función de la razón, sino de la imaginación.

Por supuesto que no existen esos paraísos blancos, llenos de dulces amas de casa y fornidos mineros que sostenían a sus hijos con amor y privaciones, pero sin pantallas. La nostalgia nunca computa la silicosis ni las palizas en casa ni el resto de la violencia estructural del pasado. La izquierda tiene que hacer algo con la nostalgia antes de perder esta batalla: pensarla como una materia prima con la que profundizar en una virtud cívica, por ejemplo, ese orgullo del barista. García Lorca dio pistas cuando escribió aquello de “recordar hacia mañana”. Es urgente encontrar una forma progresista de dar significado al pasado reciente. Si no, solo se lo darán los ultras. Ya lo están haciendo.

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