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El último chiste de Tamariz va sobre Facebook

El mago Juan Tamariz, en una imagen de archivo.
19 de agosto de 2026 21:39 h

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Para quien crea en las casualidades, anteayer ocurrieron dos: una, comenzó el juicio decisivo contra Mark Zuckerberg, propietario de Meta, es decir, Facebook. Una coalición de estados norteamericanos y numerosas familias le demandan indemnizaciones por 1,4 billones de dólares, el equivalente a la capitalización bursátil de Meta.

El segundo acontecimiento es la triste muerte de Juan Tamariz. Para mí no es casualidad. Se trata de su último truco: fallecer el día del juicio final contra Zuckerberg para ponerlo en evidencia. Quizá es su último chiste.

Tamariz llenó de ilusión mi niñez: llegué a pedir un juego de Magia Borrás después de verle y oírle declamar su antológico “naniaronaniaro”. Cuando abrí la caja, no funcionaba. Sus “poderes mágicos” no se hallaban en las cartas. Ahora sé que la asimetría de poder entre el mago y su público estriba en su conocimiento de la psicología de la atención.

Zuckerberg también sabe mucho de esto. La fiscal ha descrito a la perfección el modelo de negocio de las redes sociales: “Enganchar al usuario, retenerlo el mayor tiempo posible, recopilar sus datos y luego ocultar la verdad”. Los informes internos de Facebook revelan su conocimiento de que estas prácticas generaban adicción en niños y adolescentes.

No es casualidad que algunos magos se hagan llamar mentalistas. La magia es una forma sutil de dirigir la mente del otro. Tamariz conocía al dedillo esa capa profunda de nuestra psique en la que todos somos iguales -el físico cuántico y el analfabeto- y todos somos vulnerables en cualquier país del mundo. Las debilidades de nuestra mente son biológicas.

Un mago es un maestro en dirigir nuestra atención. Mientras el público fascinado mira la mano que sujeta la carta, él hace algo con la otra mano, o con los pies, no lo sé (si lo supiera no habría arrumbado el juego de Magia Borrás en el trastero). Mientras el mago dirige nuestro ojo, nuestra autocomplacencia nos dice que estamos a cargo de lo que vemos.

Las redes hacen lo mismo. Mientras todos estos años muchos veíamos el daño a la salud mental que causan, otros querían convencernos de que estamos ahí libremente y podemos salir cuando queramos. No es así. La economía de la atención se basa en un principio muy simple: nuestro cerebro no puede atender a todos los estímulos, por tanto, debe elegir. Si el diseño de las redes dirige esa selección, de facto estamos poniendo nuestra mente a disposición del dueño de la tecnología. Luego él la usará para comerciar con nuestra intimidad o vendernos productos. Graham Burnett lo llama fracking humano: si nuestra mente es el último recurso a explotar, nosotros dejamos de ser sujetos y nos convertimos en objetos.

Las tecnologías de la atención funcionan como la magia: dirigen nuestros globos oculares, llevan nuestra mente a pastar a lugares donde no hemos decidido estar. La inteligencia artificial da una vuelta de tuerca a este dominio: atrapan nuestra atención para imbuirnos en una realidad a medida. Dentro de ChatGPT o Claude también estaremos secuestrados.

Tamariz usó su conocimiento de la atención humana para asombrarnos y hacernos reír. Quizá su último chiste sea este: revelarnos que su magia es familia de la manipulación constante en que vivimos hoy. Sin embargo, pedíamos la Magia Borrás para ser como él; y a los tecnooligarcas los queremos entre rejas. El futuro de las redes sociales probablemente se decida gracias a numerosas madres que comenzaron a luchar el día que su hija se suicidó.

Cada vez discrepo más de Arthur C. Clarke cuando estableció que “cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”. El juicio a Meta mostrará que el diseño de ciertas tecnologías es magia negra. Y que cuando la manipulación es un negocio hay que imponerle límites. Tamariz, en su última prestidigitación, dirige nuestra atención al hecho esencial: mago es quien conoce la vulnerabilidad humana y la usa para hacer reír.

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