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El eclipse dará su minuto de gloria a la tiniebla

Eclipse total de sol.
8 de agosto de 2026 22:22 h

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Mi idea de lo luminoso no es original. Si eres occidental y tuviste una buena profesora de Historia Contemporánea en COU, sabes que el siglo de las luces fue lo mejor que le sucedió a la humanidad.

La luz es conocimiento y progreso. La oscuridad -o peor aún su doctrina, el oscurantismo- es atraso e ignorancia. Cuando Mortadelo tenía una buena idea se le encendía una bombilla y cuando las cosas van mal lo vemos todo negro. Los grandes pensadores nos iluminan, mientras los dictadores mantienen a sus pueblos en las sombras. Por encima de todo, nos salva ver la luz al final del túnel (aun a riesgo de que sea un tren de frente, como decía el macabro chiste).

Las metáforas se nos pueden venir abajo el miércoles entre las 17:34 y las 21:38, con el eclipse. Yo he creído en la eficacia de la luz, pero la fe se me resquebraja. Y me doy cuenta de que es una convicción tan incontestada que nos ciega. A veces se ve más en lo oscuro.

En la plenitud del eclipse, las jirafas y los elefantes entrarán en sus refugios a dormir. Algunos primates correrán a agruparse en manada. Si fuéramos de otras épocas detendríamos guerras, imploraríamos perdón arrodillados, tal vez haríamos ofrendas a los dioses. Como somos de este tiempo veremos el espectáculo. El único riesgo estriba en no protegerse la retina.

Los científicos confían en que la oscuridad pasajera del eclipse los ilumine: sobre las tormentas solares, el helio, la teoría de la gravedad o cualquier otra cosa. Javier Armentia lo explicaba muy bien ayer aquí.

No hace mucho descubrí que los orientales aman la penumbra. En Elogio de la sombra, Junichiro Tanizaki nos caló. “Los occidentales, siempre al acecho del progreso, se agitan sin cesar persiguiendo una condición mejor. Buscan siempre más claridad: de la vela a la lámpara de petróleo, del petróleo a la luz de gas, del gas a la luz eléctrica, hasta acabar con el último refugio de la sombra”. Desvela la zona oscura de nuestra obsesión por las luces.

Durante el eclipse la sombra tendrá su momento de gloria. Yo no miraré al sol, sino a mi alrededor. Quiero sentir qué se ve desde ahí, contemplar lo que me he perdido. Sé que es mucho: desde que dejé de vivir en la ciudad, la hora más hermosa de mis paisajes se da al ocultarse el sol. Un lugar insignificante se vuelve bello cuando asoman las sombras.

Yo no nací, me dieron a luz. Luego nuestra cultura me inculcó la transparencia y cité con orgullo durante años a Louis Brandeis, juez del Supremo de EEUU: “La luz del sol es el mejor desinfectante”. Pero las infecciones de este tiempo hipervigilante se narran a plena luz del día. Y no las combate.

En la ciudad la noche no existe, pero me he reconciliado con la oscuridad en las afueras. Cada vez veo mejor. Los ojos se acostumbran a la penumbra, pero también el intestino. Hay algo tranquilizador en tolerar las sombras. He aprendido a confiar en mi oído. Empiezan a caerme bien quienes no asoman bajo los focos. Ojalá pudiera.

A los japoneses les gusta la cubertería recubierta de una pátina oscura. Los tejados de su arquitectura tradicional no sólo rematan la casa, sino que se prolongan para quitarle claridad al interior. En los cuartos, el juego de sombras decora. La luz baja sugiere. Coincido con él: es de pésimo gusto iluminar con profusión el retrete.

Estamos en la luz absoluta y no vemos nada. Iluminar es sólo una coartada confusa: sirve a quienes invocan el progreso general refiriéndose al suyo. Es urgente reivindicar la sombra, y el eclipse viene en mi ayuda. Al fin y al cabo, el capitalismo de la vigilancia se levanta sobre la imposibilidad de eclipsarnos ni un segundo en el mundo digital: la iluminación perpetua. Ya no encendemos la luz, ella nos enciende la cara.

La sombra es el lugar donde encontrarnos con nuestros límites, un antídoto contra la hybris de estos tiempos. Afirma Tanizaki: “Los orientales intentamos adaptarnos a los límites que nos son impuestos, no experimentamos ninguna repulsión hacia lo oscuro: que la luz es pobre, ¡pues que lo sea!”.

Desde ahí puede una hundirse en la tiniebla, contemplar su belleza. Lo haré el miércoles, entre las 17:54 y las 21:38. Quién sabe, quizá ilumine mi destino. La oscuridad es cada vez más tentadora.

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