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Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar las bombas judiciales

Un grupo de jueces durante el acto de apertura del Año Judicial, en el Tribunal Supremo este jueves.
12 de septiembre de 2026 21:43 h

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Uno de mis propósitos para este nuevo curso es dejar de preocuparme y escribir con esperanza. Me parece innovador, por ejemplo, no dejarme entristecer por el ascenso de la ultraderecha en Alemania. Así que me niego a hacer pronósticos sombríos (incluso sobre nazis y Alemania).

Hay que mirar lo positivo. Existe un enfrentamiento entre el Gobierno y los jueces a cara de perro. Es mala noticia, pero tiene un lado positivo: no todos los jueces participan, solo los que están en el cogollo del poder. Ah, y los que han ocupado cargos públicos relevantes. Por lo demás bien. Ah, se me olvidaba, también los que están a punto de jubilarse y quieren triunfar como influencers.

La guerra Gobierno-jueces ha subido de temperatura esta semana. Se ha celebrado la apertura del año judicial, evento exótico donde los haya: solo los jueces celebran con solemnidad de Estado el síndrome posvacacional. La presidenta del CGPJ aprovecha el acto para decir al Gobierno, sin muchas sutilezas, que deje de criticar a los jueces. Cuando la oí, pensé: esta es de las mías, esperanzada y positiva. En junio se publicó una encuesta en la que hasta el 48% de la ciudadanía asegura no considerar imparciales a los jueces. Pero una no debe fijarse en lo negativo porque se deprime. 

Más cosas buenas esta semana: el Tribunal Supremo ha decidido dejar a unos 400.000 ciudadanos españoles sin derecho al voto. ¡Qué fenomenal! Lo pidió Vox, pero eso da igual, podía ser cualquiera. Se trata de descendientes de exiliados, algo que obviamente, ni el Supremo ni Vox han tenido en cuenta, solo quieren un censo libre de impurezas irreversibles. 

Ignacio Escolar lo explicó ayer a la perfección, no voy a repetirlo porque albergo la esperanza de que esta decisión, aún cautelar, se revierta con rapidez. Y como no hay elecciones inminentes, no habrá pasado nada. Los nietos de los exiliados no fueron escuchados por el Supremo. Qué rimas más feas hace la historia a veces. Pero shhhh, por ahí no. Quiero verlo en positivo: los abuelos tuvieron que exiliarse, los nietos sólo se quedan sin votar. El progreso es evidente.

Entretanto la jueza María Tardón ha decidido investigar lo de Ceuta. ¡Estupendo! Yo quiero tener tanta esperanza como el presidente Juan Jesús Vivas, que ha dicho: “Allí todo el mundo tendrá que ir como testigo o como imputado, para tener que decir la verdad. Y que esto se aclare”. Entonces nos olvidamos de una comisión de investigación en el Congreso. Hace lustros que las comisiones parlamentarias son incapaces de arrojar verdades no partidistas y nadie se ha molestado en reformarlas. En el Senado han tocado fondo. Pero quiero albergar esperanzas: ¿puede el Congreso ser el lugar de la asunción de responsabilidades políticas? Mmm, con la crisis abierta y las responsabilidades políticas sin dirimir, todo el mundo orientará ahora sus decisiones hacia la responsabilidad penal. 

Es un error mayúsculo de la jueza, pero tiene que haber algo bueno: ah, sí, hacer justicia, cómo no había caído, con la de rato que llevo hablando de jueces. Pasó igual en la dana, decenas de familiares de víctimas se querellaron, por eso se abrió la causa. Un momento, en el caso de Ceuta ninguna víctima ha denunciado. La jueza investiga a instancias de Iustitia Europa, una organización tan ultra que aboga por la salida de España de la Unión Europea. Pero la Audiencia Nacional los tiene como brújula mientras el Supremo tiene a Vox. Cualquier malpensada vería un patrón. 

Se empeñan en ponerme difícil la esperanza, pero no lo van a conseguir. El debate político de la semana ha sucedido en el Supremo y en la Audiencia Nacional… Ah, y en el juzgado de Peinado, que se iba de vacaciones. Hace una década, el debate político dejó de ocurrir en el Congreso y se trasladó a las televisiones. Ahora las televisiones montan su set frente a los juzgados. ¡Y eureka! Encontré la esperanza, ¿cómo no la veía?

Todos asistiremos comiendo palomitas: de escaramuza en escaramuza hasta la batalla final. Tenemos el espectáculo asegurado. Que cierren el Congreso: ahorramos en luz y taquígrafos. Somos audiencia, más que ciudadanía, y tiene todo el sentido: la sociedad del espectáculo deviene democracia del espectáculo. Qué placer limitarse a mirar sin responsabilidad. Este espectáculo promete: la temperatura no dejará de ascender y vamos a estar enganchados hasta el final. La temporada acaba en elecciones.

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