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Ceuta, radiografía de un mes de caos
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Opinión - Gente que elige ser un mierda, por Antonio Maestre

No falta sentido común, falta un sentido de lo común

Pedro Sánchez interviene durante una sesión de control al Gobierno, en el Congreso de los Diputados, en junio de 2026, en Madrid.
29 de agosto de 2026 21:46 h

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Acaba el verano y no refresca en Ceuta, cada vez más caliente. Hay violencia en la calle: trabajadores humanitarios de Cruz Roja agredidos y grupos organizados que bloquean los alimentos para los migrantes. Por supuesto no faltan agitadores dispuestos a comprobar en cada dana, incendio o crisis migratoria, dónde está el borde incandescente y cómo llevarnos a él.

Ahora sabemos que ni siquiera una emergencia como la de Ceuta —crisis geopolítica, europea, doméstica y social al mismo tiempo— va a empujar a los dos grandes partidos a alcanzar un acuerdo en algo. O al menos acercarse. O siquiera a hablar, por Dios.

No es el mejor curso para proponer un gran acuerdo. Lo sé. Pero la tensión institucional está al límite. Vivimos en campaña permanente y, con numerosas elecciones por delante, la división crecerá. La cuestión es cuánto margen hay para que aumente, estando ya en el borde incandescente de Ceuta, con las manifestaciones que el PP intentará protagonizar el miércoles próximo. Otro noviembre nacional en septiembre. Otra vez Vox frotándose las manos.

Las primeras elecciones relevantes serán las de medio mandato de EEUU, en noviembre. Trump comenzó su campaña con imágenes de Ceuta: advirtiendo que sucedería lo mismo si ganaban los demócratas en EEUU. Como Pedro Sánchez se ha convertido en la némesis global de Trump, estas elecciones tendrán un eco especial en España. Si los republicanos pierden la mayoría en las dos cámaras, el presidente del Gobierno verá reforzada su tesis de que a los ultras se les gana en las urnas: lo que él hace. Pero los resultados al otro lado del Atlántico influirán también en las elecciones de 2027 en Francia, cruciales para toda Europa, y en Italia.

Aquí tendremos en 2027 comicios municipales y autonómicos, además de generales. Nadie va a tender la mano. Y es un error. Hay un extrañamiento de la ciudadanía con los partidos políticos por distintas razones: una es que parecen importarles más sus guerras de poder que los problemas de la gente. Otra, no menor, es que en nuestra realidad cotidiana, no nos resulta extraño estar de acuerdo en una cosa con vecinos que votan a un partido distinto al nuestro.

La certeza de que siempre hay algo que te une al otro se destruye al encender la televisión. En las narrativas políticas de medios y redes, el matiz ha muerto: no hay posibilidad de aceptar un argumento, una observación del otro. No es que falte sentido común, sino un sentido de lo común: ver lo que nos une. Resulta increíble que con una guerra abierta en Oriente Próximo y otra en Europa Oriental, con el derecho internacional triturado y la UE debilitada, los españoles no veamos ese algo compartido que vale la pena preservar.

¿Existe alguien que pueda hacer algo para mejorar este clima? En los bosques, los árboles más viejos y más grandes tienen raíces inmensas que conectan todo lo demás: unen la copa con las raíces y redistribuyen recursos por todo el subsuelo. Los árboles grandes y viejos de nuestro país son los expresidentes. Y dan ganas de llorar: Aznar decidió que Ceuta era el lugar de su selfie veraniego, Zapatero está embrollado con las joyas, González no es imparcial ni para los socialistas y Rajoy opina que es very difficult todo esto. Usan su capital político para actuar en modo ideológico o lucrativo.

El siguiente árbol grande, en términos simbólicos, es el rey. Redistribuir savia fresca sería tan sencillo para él como convocar una comida y reunir a gente que tiene problemas para levantar el teléfono, hablarles de España, el Estado, el interés común, en fin, esos tópicos tan poco sexies que él encarna. De un rey se espera que haga algo más que su propia fotosíntesis, ya que no sufre ni la presión de las elecciones ni la del CIS. Podría arriesgar una vez, aunque sólo sea para saber qué se siente.

La perspectiva de esta rentrée es que aún se tensará más la cuerda. Antes los partidos se alejaban al acercarse las urnas. Este curso no va a suceder eso; vamos a constatar cómo la campaña permanente ha abolido la idea de que exista un periodo para gobernar distinto del electoral. El tiempo político ha mutado a urgencia y ansiedad. Y quienes están por encima de ese tiempo no ven nada. O lo ven y no hacen nada.

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