Ser foto
Salimos a comer. El restaurante donde habían reservado estaba a la orilla de un lago, una playa artificial del interior con una terraza privilegiada desde la que podía verse parte de la albufera. Era la víspera del final del verano, con su punto y aparte indómito y repleto de melancolía. Mucho cristal por todos lados, mucha madera, vigas altas, suelos brillantes. Quedaba a cientos de kilómetros de los bares que han proliferado en el centro de mi ciudad, lugares de cubos de botellines por unos cuantos euros y tormentas de célula simple que, sin embargo, son devastadoras para el desgaste del alma. Escucho por un lado y por otro waitress esto, waitress aquello, y no puedo evitar el hastío.
La camarera espera mientras nos decidimos. ¿Qué toman? La camarera espera: un tinto con blanca. La camarera espera: un blanco de París. La camarera espera: bueno, una caña mejor. La camarera espera. Wait. Pedimos los primeros y segundos, todo para compartir. Todo al centro: burrata con vinagreta trufada, tiraditos de pez limón, niguiris de picaña ajamonada.
Mirando a mi alrededor siento que tendría que haberme maquillado con más cuidado, no haberme colocado las dos trenzas. Nadie se pone ya dos trenzas pasando los cincuenta, a veces me olvido de la edad exacta que tengo, quizás unos tacones, un sujetador que me disfrace los pechos para no incomodar ahora que todo parece cobijarse bajo la sombra del decoro. Últimamente el tiempo invertido en salir a la calle, en volverme otra en la mirada de los otros, en gustar a los demás, me desgasta más que antes. Sé que no hay conflicto si detrás de una mujer dejada hay un discurso político, pero que si detrás de ese no peinarse a juego con la norma, no ponerse un sujetador ni maquillarse, si detrás de todo eso no hay un relato construido con precisión, entonces a la mujer dejada se le atribuye una excentricidad mental. Eres una loca. Una rara. Llevo puesta una camiseta amarilla que un día fue de mi madre, con más edad que la de mis hijos juntos, mangas acampanadas y margaritas bordadas en el pecho.
En la mesa de al lado, dos parejas ríen como animales. El que parece más joven levanta el brazo derecho y grita: Waitress! Waitress! Alguien me contó que el término procede de la espera, de wait. No sé si será cierto. Quieren una foto todos juntos antes de desmantelar el bodegón. Ya han fotografiado el techo, el suelo cerámico de colores pastel, una de las puertas tallada en madera. Ya han fotografiado los platos, uno por uno, dejándolos enfriar mientras perfeccionan el encuadre. Y se han tomado la cerveza templada. Y se pasan los móviles unos a otros, exhibiendo en sus pantallas lo que tienen delante de los ojos, como si la verdadera realidad fuese esa otra.
Hebe Uhart decía que la literatura comienza en el pero. Estoy bien, pero. Te quiero, pero. Te amo, pero. La vida son todos esos peros, todas nuestras muertes chicas, todos nuestros momentos no fotografiables
La chica sentada a mi lado parece sentir la necesidad de hacer lo propio. Me muestra su galería de momentos: foto de un beso, foto de un abrazo, foto de una risa desdentada, la foto del eclipse y del mundial, foto de unos pasos de baile, de sus pies hundidos en la arena, foto de una última vez y de una primera, foto de un concierto de Lenny Kravitz y de Aitana. Ella misma se acepta en sus fotografías, en su manera de ordenar las imágenes y deslizarlas con el dedo mientras asiente.
La fotografía turística nos exilia de nuestra existencia, aunque al fotografiarla busquemos, paradójicamente, mudar su ontología: que no sea, insolentemente, una fotografía. Fotografiar los días iguales para hacerlos diferentes, para enmarcar el más nimio gesto que nos recuerde que hemos vivido y nos haga olvidar el tedio. Y cuantas más instantáneas, menos recuerdos.
Me pregunto dónde, en qué lugar de la memoria, guarda ella el nervio de su primer beso, la templanza de su último, su abrazo a medias, el sonido de aquella carcajada o el olor de la danza salvaje. ¿Acaso no somos realmente en la ausencia de toda imagen, en toda foto que no pudimos tomar porque estábamos viviendo? Como cuando murió tu abuelo y su último aliento te sacudió el flequillo; o cuando murió tu ex amante y no hubo brisa, sino un tornado que derribó todas tus chozas; o como cuando el esperma alcanzó tu óvulo y tu vientre plano amenazó con ser otro, como la primera vez que tu hijo cantó en la ducha tras la tragedia; o como cuando sangraste y huiste, como cuando te secaste y te llovieron, torrencialmente te llovieron, o como cuando fuiste un alarido de locura y un temblor. Momentos que no admiten encuadre porque suceden en el cuerpo y no en la retina.
Me invita a compartir las mías: ¿Y tus vacaciones? Pienso: ¿Cómo se fotografía un verano? ¿Cómo se hace un álbum de mis días en Marruecos? Hebe Uhart decía que la literatura comienza en el pero. Estoy bien, pero. Te quiero, pero. Te amo, pero. La vida son todos esos peros, todas nuestras muertes chicas, todos nuestros momentos no fotografiables. Tengo apenas una decena de imágenes de los últimos tres meses. Todas ellas se parecen a la realidad, tienen colores parecidos a la realidad, pero no son la realidad que viví. Digamos que últimamente no suelo tomar fotografías, sino que más bien me dejo tomar por ellas.
Para recordar, hay que guardarlo todo dentro, lo bueno y lo malo, para que no nos suelte nunca. Aunque ese tiempo, ya lo sabemos, nunca volverá
En mi galería aparece entonces la foto de una foto. Es tu sosias. Eres tú, pero con treinta años menos. Eres tú, pero con la mirada menos oscura. Eres tú perdida y con un cigarrillo prendido entre las ganas de vivir. Apareció una de esas mañanas en las que nos afanamos por la limpieza, al fondo de una caja floreada. Fotografié mi foto, fotografié esa chica mirándome con desdén y un saco repleto de propósitos entre los dientes torcidos. Tantas cosas que esa chica no sabe y que luego sabrá. Tantas cosas que esa chica cree saber y otras tantas que no sabe que desconoce. No parezco yo, me dije, aunque quizás nunca lo había sido tanto.
La foto es un recordatorio de la muerte y la ausencia porque muestra lo que ya pasó y no volverá. Un certificado de defunción. Yo sé que esta fotografía no soy yo, pero hay algo de mí que quedó en ella. La fotografía te convierte en una persona diferente.
Por eso es legítimo contemplar nuestro álbum con cierta distancia, de la misma forma que mejora nuestra observación de la vida misma cuando lo hacemos dando un pasito para atrás. Tuve un amor obsesionado con tomarme una foto –déjame que te tome una foto, decía– y no se servía nunca de otro verbo: ni hacer, ni disparar, ni sacar una foto, porque él quería –precisamente– tomarme. Tomarme con el mismo arrojo con el que se toman castillos y territorios, se toma partido en una discusión o cartas en el asunto y se toma nota para no olvidar un dato o el aliento para recuperar fuerzas.
Supongo que creemos que encuadrando un instante con la iluminación adecuada lo podremos recuperar cuando dejemos de ser nosotros mismos. El obturador jibariza la experiencia vivida. Por eso no conservo ni una sola foto de aquellos meses y, sin embargo, recuerdo con exactitud el temblor de los viajes, el silencio bajo el sol y la jauría de sus noches. Para recordar, hay que guardarlo todo dentro, lo bueno y lo malo, para que no nos suelte nunca. Aunque ese tiempo, ya lo sabemos, nunca volverá.
Vamos a hacernos una foto, canta la chica. Nos empuja con histérico equilibrio alrededor de la mesa vacía. Admirables son todos aquellos que están en la foto sin estar en ella, me digo antes de posar.
0