Ceuta y el racismo social e institucional
En noviembre del año 2005 formé parte de la Caravana Europea contra la Valla de la Muerte y por la Libertad de Movimiento. Más de 400 personas, algunas de otros países europeos, recorrimos las calles de Ceuta desde el puerto hasta El Tarajal, donde se ubica la valla fronteriza. En esa valla, a finales de septiembre, habían muerto por disparos seis jóvenes que intentaban dar el salto. Nunca se aclaró del todo de qué lado de la frontera procedían los disparos. Pedíamos una investigación rigurosa y asunción de responsabilidades.
Desde los días anteriores, y luego durante las dos jornadas de la Caravana, la prensa local no dejó de calentar el ambiente con un ejercicio que solo a duras penas podemos tildar de periodístico. En Ceuta, de hecho, nos recibió un ingente despliegue de militares, policías, guardias civiles… Conseguimos llegar hasta la valla y depositar una ofrenda floral y una pancarta con el lema «Tumba la valla», en la que destacaba el mismo símbolo de nuestras camisetas: las escalas de palos con las que habían intentado saltar varios grupos en septiembre. Por la noche acampamos en los alrededores del CETI, el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, donde celebramos una asamblea con sus residentes. A la mañana siguiente, después de intensas negociaciones, la Delegación de Gobierno se avino a recibirnos. Fue una reunión frustrante, en la que el gobierno de Zapatero dio muestras de la habitual insensibilidad a la que nos tienen acostumbrados los socialistas.
A lo largo de esos dos días, buena parte de la población, azuzada por esa vergonzosa prensa local, no dejó de insultarnos, intentar agredirnos, lanzarnos escupitajos y proferir todo tipo de insultos racistas, sin que faltara el clásico “si tanto os gustan, llevaos uno a vuestra casa”. La excepción, como era de esperar, ocurrió al paso de la marcha por el barrio de El Príncipe, donde fue recibida entre vítores.
En Ceuta, en demasiadas ocasiones se apunta al de abajo, no al de arriba. Es la guerra de los penúltimos contra los últimos, unos de los triunfos más espectaculares del capitalismo, y en el que, por su puesto, se entrevera la raza, la clase, el género...
Hace más de 20 años de aquello. No es solo una batallita de abuelo: es un recordatorio de que desde entonces poco ha cambiado. El gobierno actual, de nuevo en manos socialistas, intenta convencernos de la cuadratura del círculo: que se pueden gestionar las fronteras de manera humanitaria y respetando los derechos fundamentales. Es imposible, y menos con Marlaska al frente. Ahí tenemos las concertinas, los cadáveres amontonados en la valla de Melilla en 2022, ante su indiferencia, o los cambios anunciados este mismo verano para endurecer la ley de asilo y extranjería.
La hipocresía llega, por tanto, cuando con esas políticas, desde el propio gobierno se llevan las manos a la cabeza. Fingen así que están libres de responsabilidades ante los ataques racistas y desalmados de algunos ceutíes a los migrantes que aún quedan en la ciudad después de la masiva entrada de finales de julio. Sin embargo, el gobierno, con sus acciones y su inefable ministro de Interior, es cómplice.
El racismo en Ceuta no es algo novedoso. Puede que no represente a la mayoría de la población, puede que los exaltados que intentan dejar sin comida ni agua a los acampados de la Playa del Trampolín sean minoría, puede que solo una parte de la ciudadanía recurra a la violencia. No obstante, de nada sirve negar que en Ceuta el racismo tiene una presencia más que preocupante desde hace décadas. Que la ciudad atraviese en la actualidad una situación tan delicada como tensa, con sus recursos exhaustos, no obsta para mantener esa afirmación, que repito: el racismo en Ceuta está a la orden del día desde hace décadas. Se le pueden buscar todas las causas que se quieran, pero nunca negarlo. En Ceuta, en demasiadas ocasiones se apunta al de abajo, no al de arriba. Es la guerra de los penúltimos contra los últimos, unos de los triunfos más espectaculares del capitalismo, y en el que, por su puesto, se entrevera la raza, la clase, el género...
¿Qué hace el gobierno para combatirlo? Aumentar la altura de las vallas, llenarlas de concertinas, anunciar mano dura, justificar las expulsiones en caliente, utilizar términos bélicos y plantear la acogida de los pocos miles que quedan en Ceuta como un problema, cuando hace cuatro años España concedió 160.000 protecciones temporales a refugiados ucranianos. En suma, en la práctica el gobierno blinda el régimen de fronteras.
Ellos y nosotros, parecen decirnos sin pausa. Y así vemos episodios como los de El Trampolín. Ellos y nosotros. Y yo, que soy un optimista, cada vez que veo a un enchaquetado de un ministerio creo que somos muchos lo que pensamos que forma parte del “ellos”, mientras que los acampados de El Trampolín se encuentran en nuestro mismo “nosotros”.
En día en que de verdad entendamos eso, nuestra sociedad será mejor.
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