Niña, habla bien
Mi abuela nació en 1924, año en el que, según algunos medios, se lanzó la campaña institucional de la “Cruzada del bien hablar”, una iniciativa negra llevada a cabo en Sevilla y otros puntos de Andalucía con el objetivo de enseñar a “hablar bien” a los andaluces. Se trata de un episodio tan poco documentado que apenas he encontrado dos o tres referencias. Sea como fuere, ella no asistió a dicha escuela.
Lo sé porque decía: Esta casa es como el coño de la Bernarda. Sobre todo después de enfermar y de que la debilidad la desalojara, y recuerdo preguntarme cómo sería la Bernarda, cómo sería el coño de esa santera que todos nombraban, granaína o sevillana, puta o santera, qué más daba, pero cómo, cómo sería, todo eso me preguntaba acuclillada sobre las frescas baldosas de la casa. Sin embargo, nunca me hizo falta descifrarlo para comprender la respiración de aquel enunciado.
Mi abuela tenía una vecina con el ojo a la virulé y otra que veía menos que Pepe Leches. Mi indagación, por aquellos años, se saciaba con la mera observación. Un ojo amoratado o la miopía galopante de un guardia municipal madrileño que le hacía dar leches a diestro y siniestro eran taras de fuego que se me agarraban a la garganta. Y, sin embargo, las entendía.
Desde pequeña sentí un placer íntimo por conocer de dónde venían las palabras. Recuerdo a una amiga de mi madre que siempre sentenciaba: Esto lo sabe hasta el sursuncorda. Yo me acercaba a ella para preguntarle por lo bajini: ¿Y quién es el sursuncorda ese? No solía haber respuesta a mi curiosidad abúlica, probablemente porque la señora jamás lo hiló con aquel “Levantemos los corazones” de la liturgia católica, pero eso no impedía que yo la comprendiera. Intuía que quizás aquella autoridad estuviera emparentada con la Bernarda, o con que lo haga Rita la Cantaora, o con que no venga ni el Tato, o con el ojo Benito, seco como una mojama; personajes que andaban todo el día en boca de mi familia y vecinos pero a los que yo nunca había visto, y siempre, siempre, obtenía la misma respuesta: ninguna. Fui una lectora tardía, pero mi mundo era acaudalado porque por mi casa pululaban todos aquellos personajes. Y ya nunca, jamás, leí ninguna obra con acento neutro, sencillamente porque no existe.
En el patio de mi cole raro era el que no se había zoyao alguna vez las rodillas. Y todos conocíamos a alguien que se puso gordo como un sollo. Y todos nos codeábamos con algún esaborío. Y con alguien que se había engollipao con el bocadillo en el recreo.
Yo, cuando era chica, por el espanto de que me acusaran una y otra vez de comerme las letras, empecé a hablar distinto. Tendría cinco años y no había oído nada de la fonofagia ni de la fonoelipsis, pero un buen día comencé a decir platanado en lugar de plátano, Colacado en lugar de Cola Cao, cascaradas en lugar de cáscaras. Y a añadir eses al final de casi todas las palabras, las tuvieran o no.
De pequeña, me decían:
La leche que mamaste, niña.
A santo de qué.
Mira que eres joía.
¡Tequiéíyadaquí!
Pero nunca, jamás, abanderaron el himno de la Cruzada del bien hablar. Nunca, jamás, me dijeron: Niña, habla bien. Sí lo escuché, sin embargo, al viajar a otras ciudades; en el cole; y, por supuesto, en mis primeras prácticas de periodismo.
La señora que me cuida las plantas cuando no estoy en casa me pidió hace unos días las pautas de riego para mi espatifilo porque -confesó- temía enguachinarla. No hizo falta traducción alguna porque aún hoy día, cuando bebo mucha agua, pienso: estoy enguachiná, que hunde sus raíces en el latín y que proviene del término aguacha, que no es otra cosa que agua encharcada o lluvia fina. Siempre lo pienso y pocas veces lo digo.
Mi madre me dice a menudo que estoy como la jaca la Algaba. Tampoco fue necesario que ubicara la historia en los alrededores de Palma del Río, ni que mencionara la fuente “El Pilar de la Algaba” cuyas aguas hacían enloquecer a los animales que de ella bebían, ni constatar que un día hubo una jaca que se volvió indomable y su dueño incapaz de controlarla.
También tengo un amigo gaditano que dice bastinazo. Y uno de Málaga que cuando le pregunto cómo está me dice que perita.
Jarta estoy de escuchar hablar de la pobreza de vocabulario de los andaluces como baza de una estigmatización lingüística, cuando sabemos que la riqueza léxica es una conquista del individuo, no de una frontera geográfica. Jarta de nuestra guassa. Jarta de escuchar, cuando hablo inglés: Qué bien hablas inglés, no pareces andaluza (nótese: bien y no pareces andaluza en la misma frase), como si un londinense hablase inglés con el mismo acento que un oxoniense o un cantuariense, por más que se trate de imponer la received pronunciation (pronunciación aceptada).
La pregunta, una vez más, no es por qué subtitulan a Chari Peña. La pregunta es para qué lo hacen. Y la respuesta brota en un molesto runrún: a la chita callando y a cencerros tapados. La respuesta a ese para qué la intuimos todos los andaluces que sabemos que en el andaluz, al igual que en todas las hablas, hay historia, cultura e identidad. Y que el problema de los subtítulos se sitúa más en la esfera política y socioeconómica que en la estrictamente lingüística. En la necesidad de afearnos para que otros parezcan ángeles. Seguimos aguantando mecha
Yo nunca necesité subtítulo alguno en casa o en mi barrio. Me bastó emplear las técnicas del listening que cualquiera que se haya aventurado a otro idioma ha experimentado en su laringe y que combate el fetichismo de creer que la escritura fue antes que la palabra hablada. Como bien apunta Ígor Rodríguez, la comprensión no vive en la boca del que habla. Vive en la glotis, en el oído, en la voluntad de quien escucha. Esto es: escuchar y querer, sobre todo, entender al que habla. Y en honor a la Bernarda, y al ojo Benito, y al sursuncorda, y a la arcansía preñada con los duros de los cumpleaños, y a la zahúrda en la que convertía mi habitación de chiquilla, y a la locura que me contagió aquella jaca d’La Algaba y a todas las Chari Peña de todos Los Palacios, recuerdo ahora algunos versos del poema “El feíco” de José Martínez Álvarez de Sotomayor:
Yo sé porqué's eso. Lo tengo sabío
mucho tiempo hace...
Sé que soy mu feo...
y que mi helmanico tié cara de ángel,
y a su lao más feo paece que me güelvo,
y él es más hermoso cuando estoy delante.
Por eso he venío:
No quió más faberos, ni más apalgates,
ni más escarpines.
¡Vengo a desnuarme,
manque sea domingo!
Q'al lao de osté, madre,
semos tos lo mesmo,
y las mesmas fiestas a los dos nus hace
y del mesmo bollo nus da que comamos,
y los dos durmemos en el mesmo catre,
manque sea feíco;
¡manque no me mire ni me llame naide!
Llevo en mis oídos una de las músicas más bellas. Es mi propio latido. Hay algo mágico en torcerle el brazo a una lengua para lograr agarrarla de la mano y caminar junto a ella sin sentirse inferior a otros, ambas con la palpitación acompasada. Yo escuchaba a menudo las palabras de mi mundo en su musicalidad y ritmo, en el tono cantarín de la gente de mi barrio como un recital que desarbola el sopor de una siesta en verano. Existíamos en ellas y eso bastaba.
La pregunta, una vez más, no es por qué subtitulan a Chari Peña. La pregunta es para qué lo hacen. Y la respuesta brota en un molesto runrún: a la chita callando y a cencerros tapados. La respuesta a ese para qué la intuimos todos los andaluces que sabemos que en el andaluz, al igual que en todas las hablas, hay historia, cultura e identidad. Y que el problema de los subtítulos se sitúa más en la esfera política y socioeconómica que en la estrictamente lingüística. En la necesidad de afearnos para que otros parezcan ángeles. Seguimos aguantando mecha.
Los andaluces no hablamos mal el castellano, créanme. Es que hablamos español. Y andaluz. Aunque, dolorosamente, cada vez menos.
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