Paciencia
Si te levantas una mañana de invierno con el alma en flor y vas hacia el dormitorio de tu hija arrastrando una mala noche tras otra y la observas allí dormida como la que contempla un amanecer al regresar de una noche de juerga, y respiras tranquila porque ella respira tranquila, pero aun así deseas en silencio que crezca para poder dormir, por fin, de un tirón.
Si tus libros se apilan en tu mesita de noche como una promesa diferida, como una deuda que reconoces pero que no saldas, porque siempre hay un Cuando esto pase, Cuando los niños sean más grandes, Cuando entregue este proyecto, y entre tanto los lomos de los libros amarillean despacio con esa dignidad silenciosa de las cosas que esperan sin quejarse.
Si aplazas ese viaje para Cuando me jubile. Si domaste el deseo de vivir un tiempo en ese país por no ser el momento perfecto a base de una violencia queda; si dejaste escapar el perfume de los primeros jazmines o los azahares una tarde veraniega porque corrías a esa reunión; o perdiste el momento de quedarte dormida entrelazada a las piernas de esa persona intentando bracear en el pantano del cansancio.
Si caminas para llegar siempre a algún lugar y no te detienes en ningún puesto de fruta para oler las brevas, o los melocotones, o los tomates, o para no hacer nada más allá de ver brotar los pétalos del tiempo presente.
Si almacenas en tus bolsillos listas de cosas por hacer, películas que ver, bailes que aprender.
Si esperaste demasiado para decir Te quiero, demasiado para tener sexo con alguien, demasiado para despertarte con esa persona. Y la prórroga venció antes de darte cuenta.
Si te creíste ese Ya te llamaremos, ese Algún día serás jefa, ese Algún día te publicaremos, ese Ten paciencia.
El arte de la espera es como el del perder. Nos adiestran día a día desde el colegio, viene de a poco, para que no nos demos cuenta de que a veces es una herramienta del poder para perpetuar nuestra posición en el mundo
Si no estrenaste aquel vestido amarillo por atesorar la fiesta perfecta, esa que nunca llegaba. Si no escapaste con ese amante por no ser el momento o porque aguardabas a la persona adecuada y, sin embargo -sí, sin embargo, a pesar de todo- esperas el viernes desde el lunes, las vacaciones de agosto desde el mes de enero, las navidades desde el renacimiento del mes de septiembre, la cola del supermercado vapuleada por tu sesgo de inspección que siempre te hace creer que eliges la cola más lenta y te balanceas nerviosa musitando un Venga, vamos, dese prisa que tengo que hacer la cena y la de Hacienda para un estúpido trámite, la del restaurante que ya no admite un sin reservas, la fila virtual para ese concierto dentro de unos meses, la lista de espera para una mamografía, el resultado de una prueba médica durante meses y las próximas elecciones para que algo cambie y que el semáforo de tus encrucijadas se ponga en verde.
Entonces.
El arte de la espera es como el del perder. Nos adiestran día a día desde el colegio, viene de a poco, para que no nos demos cuenta de que a veces es una herramienta del poder para perpetuar nuestra posición en el mundo. Llevo más de un año esperando una ecografía por un dolorcito sordo en el abdomen. En la sala de espera está Carmen. Lleva un vestido gaseoso. No usa reloj. Me pregunta la hora y charlamos.
Cuando Carmen comenzó el colegio miraba fascinada las uñas pintadas de las chicas de El Blanco y Negro. Los tacones aún le quedaban muy lejos, pero sentía la certeza de que una vez que pudiera colorear sus uñas la vida también la vería con más matices. Llegaron las uñas lacadas. Luego el carmín, pero nada cambió. Así voló hacia una nueva espera. Se dijo que sentiría la misma felicidad henchida que sus amigas al calzarse los primeros zapatos con algo de tacón y su primer sujetador. Comprobó que ni la altura ni los pechos fueron suficientes y aún entonces se sintió insatisfecha.
Carmen reconoce haber deambulado gran parte de su vida en una continua sala de espera. Me mira desde el cansancio y la paciencia, sin prisas. Me tocaba a las once, me dice. Son las doce y media. Se grapa las manos al bolso. Paciencia, me dice. ¿Cómo es posible que hayamos convertido en himno una palabra que proviene del verbo latino pati que significa sufrimiento?
Yo intento mirar al frente y vaciar la mirada con la cabeza puesta en todos los emails por mandar, en la próxima reunión, en las llamadas por hacer. Las confidencias con extraños en la sala de espera de un hospital aún me producen un desasosiego que no sé identificar. Pero a Carmen le tocaba a las once y son las doce y media. Sus horas transcurren a un ritmo diferente que las mías, así que la escucho en silencio para que a las dos esta espera se nos haga más breve.
Creo que todos, en algún momento, depositamos nuestras esperanzas en un instante venidero, colmado de promesas imposibles que nunca terminan de cuajar, volviendo a licuar nuestras expectativas en cuanto añadimos ese otro ingrediente que nos falta para no sentir el vacío
Llegó un momento en que los muros de un hogar con seis hermanos tampoco fue suficiente. Cuando Carmen quiso volar de su casa rezó para que aquel chico de mirada mustia y derrengada se fijara en ella. La vida con novio siempre sería mejor, pensaba.
Tuvo a su novio. Pero un pretendiente después de unos años sabía a poco futuro y demasiado presente. Entonces Carmen deseó vestirse de blanco. Y estuvo unos meses saboreando el momento en el que pasara del brazo de su padre al brazo de su prometido. Fue su nueva espera. Entonces sí que agarraría a la felicidad por la cintura. Luego, la promesa de que la maternidad no sería completa si no tenía -al menos- la parejita. Y de ahí a la familia numerosa.
Creo que todos somos un poquito Carmen de vez en cuando. Que todos, en algún momento, depositamos nuestras esperanzas en un instante venidero, colmado de promesas imposibles que nunca terminan de cuajar, volviendo a licuar nuestras expectativas en cuanto añadimos ese otro ingrediente que nos falta para no sentir el vacío. Ese contrato indefinido, ese ascenso, esa casa más grande o en la playa, ese amor que te haga volar sintiendo el vértigo. Esa promesa de amor eterno, esa maternidad que arreglará las fisuras, esa espera sin espera.
Morimos por poseer la consumación que nos hemos fijado, los sueños impuestos por la sociedad. Una meta que nos ofrece la recompensa -o no- del puesto de responsabilidad, de ese matrimonio con hijos que visten manos extrañas cada mañana, de una casa que no será sino propiedad de veinte dígitos y que con suerte disfrutarán los niños que nuestras esperas convirtieron en ajenos. Una jubilación que llegará enferma porque la primera recompensa no era otra sino la postración ante el trabajo.
Me pregunto en qué manual están escritas las esperas colectivas a las que debemos someternos a costa de nuestros derechos y de la propia individualidad. En qué momento nos hacen firmar ese contrato lleno de cláusulas abusivas.
En el monitor de la sala de espera aparece su número. Carmen se levanta mirándome de reojo. Me toca. Esperemos que la cosa cambie después de las elecciones.
Es necesario siempre esperar cuando se está desesperado, y dudar cuando se espera, decía Flaubert. Y la veo marchar arrastrando sus babuchas, el carmín de antaño, su vestido blanco, los pechos arrugados, los hijos, el subsidio que muchos no tendremos, los nietos soñados.
Aproximadamente, cuatro años de nuestras vidas transcurren en colas. Hoy, en el hospital, me han nacido años. Los veo germinar en la certeza de que nada va a cambiar, de que la trampa de esperar a que todo cambie obedece al interés de otros de hacernos sustituir la queja por la inacción. Aparece mi número en la pantalla, en un parpadeo. Me levanto. Sala 3. Paciencia, me digo. Qué adiestraditos nos tienen.
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