Se alquila una culpa
Fue mucho antes. Yo estaba al otro lado: aún era frágil, cándida. Luchaba contra el ruido de las injusticias. Soñaba con el soniquete de unas llaves mecerse, las llaves de mi casa. Aún era becaria. Casi una niña.
Fui la primera universitaria de mi familia. Empecé a currar a los diecisiete. Sin cotizar ni derecho a vacaciones. Haciendo de canguro, dando clases, pasando trabajos por ordenador. De comercial, de dependienta, de gogó. Conocí a un profesor de primaria octogenario que me encargó mecanografiar varios de sus manuscritos. También fui becaria en unas cuantas empresas cuando terminaba las clases de la facultad.
Antes de que la locura inmobiliaria se desatara en España, antes de la primera burbuja, tuve el privilegio de poder comprarme un apartamento cerca del centro. Lo pagué con mis ahorros, con un contrato en prácticas y con la ayuda del banco cuando las condiciones de crédito y el Euríbor no estaban desorbitados. Hice durante tardes y noches enteras el cálculo de cómo afrontar la dichosa hipoteca si alguna vez me quedaba en el paro. Tuve pesadillas que contagiaron a mis padres y finalmente decidí dar el paso. Leí las escrituras como me leía entonces las cartas de amor: oliendo el papel, subrayando las palabras importantes, esas que no entendía, poniendo flechas e interrogantes con rotuladores de colores. Preguntándome qué pasaría si. Le consulté todas las dudas a un compañero abogado que me confesó no haber conocido nunca a nadie estudiar unas escrituras de aquel modo. Es que es una promesa para toda la vida, le dije.
Hace unos días, las inquilinas de ese apartamento me comunicaron que se marchaban. El lugar en el que fui feliz nunca ha estado destinado a vivienda turística. Me gusta creer que un alquiler de larga duración y a precio justo distrae mi culpa por tener lo que otros no tienen. Durante las primeras doce horas en las que estuvo publicado el anuncio, recibí más de doscientos correos de personas desesperadas suplicando por una vivienda digna en una zona de la ciudad que ya casi se destina exclusivamente a los turistas.
Leo: Estoy muy interesado. Puedo pagarle varios meses de fianza. Leo: Lo necesito desesperadamente. Leo: Soy responsable. No fumo. No bebo. No hago fiestas. Leo: No me hace falta verlo. Se lo alquilo. Leo: Tengo avalistas. Leo: Tengo trabajo fijo. O soy funcionario. O no tengo mascotas ni pareja. Es una subasta de virtudes para acceder a un derecho básico; un casting de supervivientes.
Despublico el anuncio del lugar en el que fui feliz a las pocas horas. Organizo las visitas: como si estuviera haciendo algo inmundo, algo imperdonable. Como si yo fuera una inmundicia, imperdonable. Una impostora. Culpable por tener en un mundo donde los demás no tienen. Y siempre, cada vez, acabo preguntándome lo mismo: Si no me da vergüenza.
Soy de este barrio. Quiero personas que vivan en él. Cinco embarazos han brotado de ese apartamento en el que yo comencé mi camino en solitario con toda la ilusión. Y me gustaría que fueran muchos, muchos más. O muchas rupturas, muchos llantos, muchas risas, muchas vidas. Que oliera a comida dónde yo aprendí a cocinar. No juergas de fin de semana, no fiestas vacuas, no dinero
Durante las visitas, ellos me dicen: No es una ratonera. Me dicen: las fotografías son como su apartamento. Me dicen: el suelo es bonito y las ventanas cierran bien. Es luminoso.
Según el último Barómetro de Alquiler, el precio medio de la vivienda en Sevilla supera los 950 euros mensuales y el parque de vivienda en alquiler de larga duración en 2025 ha experimentado mínimos históricos. El problema es tanto de precio como de escasez, sustentado en la tendencia de eliminar la oferta para beneficiarse del alquiler de temporada —turístico, por habitaciones o por semanas—, en el que se puede fijar el precio libremente.
Suena el timbre. Es la última visita. El chico recorre el apartamento rápidamente, con una chaqueta resuelta, sin arrugas. Al terminar, me pregunta: ¿Y por qué no lo alquila usted con nosotros como vivienda turística? Ganaría usted cuatro veces más.
El tipo disfrazado de inquilino comienza a explicármelo: la rotación, la ocupación media, las plataformas, la limpieza externalizada. Habla de porcentajes. De optimización. De rentabilidad.
Soy de este barrio. Quiero personas que vivan en él. Cinco embarazos han brotado de ese apartamento en el que yo comencé mi camino en solitario con toda la ilusión. Y me gustaría que fueran muchos, muchos más. O muchas rupturas, muchos llantos, muchas risas, muchas vidas. Que oliera a comida dónde yo aprendí a cocinar. No juergas de fin de semana, no fiestas vacuas, no dinero.
No sé si la culpa es cuestión de clases. O si es el último residuo de humanidad en una clase media que se siente verdugo por no querer ser víctima. Y convierto el amasijo de ideales en un agujero negro que se lo lleva todo. En este mecanismo del falso consuelo, me digo que solo quiero alguien que viva en el lugar donde fui feliz. Donde mi hijo aprendió sus primeros gateos.
A veces me siento como Saturno devorando a su hijo, de Goya. Y lo peor no es el hambre. Es haber aprendido a llamarla necesidad. Una generación que, para sostenerse, acaba engullendo el futuro de la siguiente.
¿No siente usted culpa?, le pregunto al tipo. ¿Culpa? El tipo de la inmobiliaria se echa a reír como si le hubiera contado un chiste en un idioma muerto. En la lengua alemana, la palabra “deuda” y la palabra “culpa” comparten el morfema Schuld, como Nietzsche expuso en La genealogía de la moral (1887). Culpa y deuda se hermanan. Tanto la deuda como la culpa se cargan. Siempre hay una culpa y una deuda.
Tengo un piercing en el estómago, canta Joaquín Calderón en una de sus canciones. Pero lo cierto es que mi remordimiento no baja el precio de la zona, ni detiene la gentrificación, ni le da una vivienda a los ciento noventa y nueve que hoy se han quedado fuera. Al final, la levadura de la culpa solo es el impuesto revolucionario que la clase media se paga a sí misma para poder dormir sin pastillas.
Lo siento. Nos hemos vuelto tan culpables que a veces hasta parecemos decentes.
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