El Reino Unido, esa picadora de primeros ministros
Si Keir Starmer celebra su segundo aniversario en el poder este julio, el Reino Unido habrá tenido cuatro primeros ministros en cuatro años. En ese tiempo, Italia, el país europeo tradicionalmente más inestable, ha tenido dos. La complicada Bélgica, otros dos. España, uno.
El terremoto actual en la política británica por la revuelta laborista para derribar a su propio primer ministro se parece a muchos otros de la última década en el mismo país.
En los diez años desde el referéndum del Brexit, en junio de 2016, el Reino Unido ha tenido seis primeros ministros, entre ellos tres en los dos últimos años de gobierno conservador. Por en medio, una crisis que no cesa, en parte consecuencia de la decisión de salir de la Unión Europea y hacerlo con un corte radical. De fondo, el descontento perenne de los ciudadanos: con el cierre de las tiendas de las calles principales, la opulencia vacía y oscura de la capital, los trenes caros donde viajas de pie, las aguas fecales que contaminan los ríos, los agujeros de las calles tapados con suerte con un parche, y la factura de la luz cada vez más elevada. Los votantes se quejan de statu quo y, según sus inclinaciones, culpan a los más ricos o los extranjeros.
En este contexto, el primer ministro, el de ahora y el de antes, desagrada a una pluralidad de votantes, y tampoco gustan las alternativas a izquierda y derecha.
Qué pasa con Starmer
El Partido Laborista sufrió la semana pasada la peor derrota conocida en unas elecciones locales para el grupo. La última revuelta laborista ha dañado todavía más su imagen y está perjudicando a la economía. El coste de pedir prestado en los mercados se ha disparado para el Estado británico hasta niveles no vistos desde 2008, en plena crisis financiera.
Starmer no ha tenido escándalos como los de Boris Johnson ni ha llevado al país al borde del precipicio como David Cameron o Liz Truss. Pero la decepción por el declive, la división por la guerra de Gaza o la reacción contra la inmigración entre votantes tradicionalmente laboristas han debilitado el liderazgo de Starmer. El fallido nombramiento de Peter Mandelson como embajador británico en Washington o los planes de limitar la ayuda universal para las facturas energéticas de los jubilados han hecho mella en la reputación de Starmer como líder.
Jess Phillips, una de las secretarias de Estado que dimitió este martes como protesta contra Starmer, subrayó la decepción que se repite: el país se parece mucho al de 2022 bajo los conservadores.
“No veo el cambio que creo que el país y yo esperamos”, dice. Su carta también sugiere que Starmer es soso e indeciso como líder: “La decencia es vital, también hace falta una curiosidad serena, pero son igualmente necesarios el espíritu de lucha y la determinación”, escribe Phillips, diputada laborista desde hace más de una década del norte de Inglaterra. “Hay que discutir, plantar cara, defender argumentos y lograr que la gente te siga. Dar un paso al frente y hacerse valer no siempre puede ensayarse en un taller. La política tiene tanto que ver con las emociones como con las políticas públicas, especialmente en este momento”.
Starmer es ahora tan impopular como Boris Johnson o Rishi Sunak, el último primer ministro del Partido Conservador. La mitad de los británicos están a favor de la dimisión de Starmer, según los últimos datos de la encuestadora YouGov.
El país no se ha recuperado de los 14 años de gobiernos conservadores marcados por los recortes presupuestarios y la salida del Reino Unido de la Unión Europea, y Starmer pide paciencia para atajar el deterioro de los servicios públicos y la crisis de confianza en las instituciones.
Pero parece que queda poca paciencia entre los ciudadanos y sus colegas de partido mientras sube la intención de voto para las generales de la extrema derecha de Nigel Farage, que está sustituyendo al Partido Conservador. Las elecciones generales están previstas para 2029.
Los rivales laboristas
Este martes, 103 diputados laboristas de los 403 en la Cámara de los Comunes publicaron una carta conjunta en la que apoyan que Starmer continúe como primer ministro porque creen que no es el momento para una carrera interna. Más de 80 diputados le han pedido al primer ministro que dimita, pero no están unidos sobre quién debería ser la persona que lo reemplace al frente del partido y del Gobierno.
Las alternativas más claras para sustituir a Starmer son tres líderes laboristas relativamente más populares que el primer ministro, pero que tienen sus propios problemas que tal vez se agrandarán a ojos de los votantes si llegan al poder.
Angela Rayner, la ex viceprimera ministra, aún espera a que Hacienda decida en la disputa sobre sus impuestos que la llevó a dimitir en septiembre. La laborista de Manchester puede dar voz al ala izquierda del partido y es cercana a los sindicatos que la empujaron a entrar en política, pero también tiene que lidiar con un nivel mayor de rechazo en la opinión pública que otros rivales.
Andy Burnham, el alcalde de Manchester, es ahora el más popular de los aspirantes, pero no es diputado y no puede presentarse hasta que no lo sea. Si convence a un parlamentario para que dimita y así se abra una elección en la que él pueda competir tendrá que explicar en ese distrito que su interés por el lugar es puramente instrumental. Y, visto el hundimiento del Partido Laborista por toda Inglaterra, especialmente por el norte, cualquier escaño puede ser difícil de ganar para un laborista.
Wes Streeting, el ministro de Sanidad, más centrista que sus posibles rivales, es quien supuestamente ha puesto en movimiento la reacción contra Starmer. El ala más a la izquierda del partido se puede rebelar también contra él, y tiene que dar explicaciones sobre su relación pasada con Peter Mandelson, el veterano laborista que Starmer eligió como embajador en Washington y tuvo que despedir por su relación con Jeffrey Epstein. Mandelson está ahora siendo investigado por la policía por supuestamente haberle pasado información oficial a Epstein durante el Gobierno de Gordon Brown en la primera década del siglo.
Ni siquiera está claro quién se quiere presentar y cuándo. El sábado, Catherine West, una diputada laborista que representa un distrito de Londres, amenazó con presentarse ella misma para provocar una carrera por el liderazgo y así empujar a otros con más posibilidades a lanzarse. El lunes reculó y se puso a recoger firmas para que Starmer se vaya, pero fuera del proceso formal para sustituirlo que tiene el partido.
“Tenemos que asumir la realidad: todos y cada uno de ellos son completamente inútiles. La estrategia de Andy ha sido un desastre. Angela se acobardó... Wes, desaparecido en combate. Y Dios sabe qué está haciendo Catherine West. Sinceramente, no sé muy bien cómo hemos acabado aquí”, le dijo este lunes un diputado laborista a The Guardian.
¿Y después?
Si los laboristas cambian de líder, ¿servirá de algo? Es una pregunta difícil de contestar afirmativamente vista la experiencia de los últimos años en el Reino Unido, pero puede ser la única opción.
“No es que cada cambio de líder produzca automáticamente una renovación y una recuperación. No es una condición suficiente, pero la experiencia histórica parece indicar que sí es una condición necesaria para que un Gobierno impopular vuelva a remontar”, explica Robert Ford, catedrático de Políticas de la Universidad de Manchester, durante un encuentro organizado este martes por la red académica UK in a Changing Europe.
Más allá de la rebelión de las últimas horas, escuchando a Starmer y su renovada promesa del cambio que claman los votantes en su discurso del lunes, Ford es escéptico sobre sus posibilidades: “No veo cómo, a estas alturas, él puede representar ese cambio. Tampoco es necesariamente cierto que quien lo sustituya vaya a resultar eficaz o a encarnar ese cambio.”
El hundimiento en las elecciones en ayuntamientos por toda Inglaterra, la debacle en Gales, donde el laborista había sido el principal partido durante un siglo, y el retroceso en Escocia son malas señales. Las encuestas para las generales siguen mostrando a Reform, el partido de Farage, en cabeza, mientras los laboristas se deslizan en la tabla de preferencias. “Probablemente, la única vía que tienen para recuperarse de los niveles tan bajos en los que están ahora no es solo cambiar de rumbo en términos retóricos o de políticas, sino simbolizar ese cambio poniendo a otra persona al timón”, dice Ford.
Su colega Hannah Bunting, codirectora del centro de Política de la Universidad de Exeter, duda de la solución de cambiar de líder, en particular porque el electorado laborista está dividido con deseos contradictorios, entre el alma más conservadora de la Inglaterra postindustrial y la más izquierdista y joven de Londres: “Parte del electorado apoyó a un Gobierno laborista porque no quería uno como el conservador. Si al final ese Gobierno laborista acaba comportándose de forma parecida al conservador, ese tipo de personas van a dejar de apoyarlo… Luego están quienes no votaron por el Partido Laborista y no tienen intención de hacerlo. Quizá pueden recuperar algunos de sus votantes. Vayan por donde vayan, es una decisión realmente difícil”.
2