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Pero de cerca todos somos raros

Piel de gallina.
15 de abril de 2026 21:33 h

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Íbamos en coche, huyendo de la multitud transitando las calles untadas de incienso y cera, conversando. Íbamos hablando de los otros, de los proscritos de la violencia, de los invisibles para unos y de los peligrosos para otros. Ella me dice: Es que creen que soy rara. La miro desde el asiento delantero. Sus ojos me atan con la brida de la turbación. Porque dime, ¿qué es exactamente ser rara? ¿Cómo sé si soy yo la rara o si los raros son ellos? Y la pregunta –no la ofensa, no la mofa, no el escarnio– abre puertas en esta carretera bañada de olivos.

Su duda es más trascendente de lo que a simple vista parece. ¿Cuál es el mecanismo que dispara lo que para algunos es un insulto y para mí un halago?

Mi hija sabe: a mí me llamaban rara cuando me encerraba el fin de semana a escribir o leer siendo adolescente. Mi hija sabe: cuando lloraba de emoción al compás de unas bulerías. Mi hija sabe: cuando ahora me trenzo el pelo en dos veredas. Me contaron que yo podía pasar horas sentada -inmóvil- cuando la norma dictaba que los chiquillos brincaran alrededor. Que era rara, muy tranquila, muy buena, muy aburrida incluso. Ellos no podían ver las tormentas que se desataban dentro, ni los desiertos que atravesaba, ni los obstáculos que sorteaba en todas las historias que inventaba solo observando el espectáculo que era vivir, porque yo era rara, y ninguno se acercó lo suficiente.

Hay una parábola a la que regreso con frecuencia cuando el vértigo de los días me obliga a dar el mundo por seguro. Con ella, David Foster Wallace inició su discurso en la ceremonia de graduación de Kenyon en 2005: “dos peces jóvenes nadaban tranquilamente cuando se encontraron con un pez mayor que nadaba en dirección contraria. Este les saludó con un gesto y les dijo: Buenos días, chicos, ¿qué tal está el agua? Los dos peces jóvenes siguieron nadando un rato, y al final uno de ellos miró al otro y le preguntó: ¿Qué demonios es el agua?”.

Regurgito a menudo aquella fábula. Ocurre que en la vida las realidades aparentemente más obvias son las más difíciles de percibir y por supuesto de describir. ¿Les pasa que a veces no sienten el agua porque su piel engrosó y se hizo callo? Las personas que más me gustan son bichos raros. Las que visten como quieren en esta pecera, las que muestran en su debilidad una fortaleza pétrea, las desobedientes, las que cantan en la ducha y por la calle y por el carril bici, las que tienen el valor de ser ininteligibles para el mercado. Las que bailan. Las que van en autobús con un libro en la mano. Las que te sacan a bailar. Las que dan los buenos días y sonríen, por más que el día sea pésimo. Las que dan las buenas noches y lloran. Las que no pueden ser reducidas a un algoritmo de preferencias de consumo.

Me gusta el tipo que dedica diez años a traducir un idioma muerto, la mujer que decide que no quiere ser madre, las madrazas, el niño que no quiere jugar al fútbol porque prefiere observar el patrón de vuelo de las moscas. Me gustan las personas que no gritan por más que la razón las asista y las que se rebozan en su incoherencia. Las que no eligen bando, pero que cuando están entre la espada y la pared eligen la espada; las que se besan; las personas weird, que en inglés significa raro, sí, pero también son las siglas inglesas de “Western, Educated, Industrialized, Rich and Democratic”, es decir, occidental, educado, industrializado, rico y demócrata. Me gustan las personas que no se dejan llevar por la inercia ni los algoritmos.

Defiendo esa rareza estadística que ha alumbrado a todos los Ignatius, Pipi Langstrum, don Quijote, Quasimodos o Sherlock Holmes que construyeron mi noción de autenticidad y me enseñaron a ver el agua en un mundo agónico

Me gustan las personas anacrónicas que regalan su tiempo. Las estrafalarias. Las que no se dejan convencer. Las personas que comen, leen, escuchan, sin exponerlo en sus redes. Los que no renuncian a decidir, a buscar las pequeñas verdades. Las que tienen tics y manías. Defiendo esa rareza estadística que ha alumbrado a todos los Ignatius, Pipi Langstrum, don Quijote, Quasimodos o Sherlock Holmes que construyeron mi noción de autenticidad y me enseñaron a ver el agua en un mundo agónico.

Era tarde, pero la pregunta de mi hija bien merecía que empuñásemos un desvío del camino principal. Atravesamos zanjas profundas provocadas por las lluvias, valles de un verde doloroso.

Foucault decía que la norma es una herramienta de vigilancia, un corsé que nos ponemos para no darnos miedo los unos a los otros. En un extremo habita el miedo a ser excluidos; en el otro, el miedo a romper el discurso dominante y forzar la necesidad de repensar la realidad. Los raros provocan miedo, le digo a mi hija. Porque lo que la norma garantiza es, sobre todo, el hastío. Los raros, en cambio, son los que mantienen la temperatura de la curiosidad.

Ponemos en el coche la canción Vaca profana de Caetano Veloso, que me recomendó un amigo cuando hablamos de las extrañezas acuciantes. Escucha esto, le digo a mi hija: “De cerca nadie es normal”, cantamos. De cerca todos somos raros, le digo. Vaca profana, alza tus cuernos en contra de los prejuiciosos, cantamos. Mi hija se reclina y mira por la ventanilla para comprobar que nos hemos despistado. Es probable que el desvío nos lleve a otro punto no elegido. Vaca profana, canturrea. Y sonríe con los vellos de los brazos. Y eso, me digo, es sentir el agua.

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