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El verano no empieza nunca

Personas se refrescan en el río Avia este martes, en Leiro provincia de Ourense (España). EFE / Brais Lorenzo

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Desde que me hice adulta, el verano empieza varias veces. De niña, comenzaba el día que acababa el curso, e iba todo seguido hasta septiembre. Seguirá siendo así para los niños, espero. En la ciudad se nota el fin de curso, y en las semanas siguientes va creciendo una desbandada: por momentos se ve la polvareda mientras se alejan los coches y las gentes.

Si queda algún evento por celebrarse en Madrid, esos primeros días de julio son la última oportunidad, de homenajear a una poeta o despedir al subsecretario de un ministerio, porque luego se acaba el mundo.

Los programas políticos retiran a sus estrellas a mediados de julio para descansar. Otro escalón en la pausa. Entramos en la segunda quincena con el flujo de noticias casi adormecido, pero de pronto una emergencia nacional por incendios nos despierta. Obliga a conectar incluso a los que están en la playa. Y encima Ayuso da la campanada con otro ático. ¡Qué fijación! Lo que son capaces de hacer algunas con tal de no acortar las listas de espera en los hospitales. Y cuando por fin parece que no puede ocurrir nada, salvo el descanso, se produce una crisis en Ceuta que nos quita la risa. A 2 de agosto, por fin deberíamos dar por inaugurado el verano, pero no se puede. El mundo sigue caliente y ese calor geopolítico pasa por nuestra soberanía.

Me pregunto si existe una palabra para definir lo que necesitamos: igual que ciertos animales hibernan para ahorrar energía en los meses fríos del invierno, ¿hacen algo en verano que merezca un nombre? Lo busco y lo encuentro: se llama “estivación”. Es el estado de torpor que aparece en algunos animales por el calor y la sequedad. Pero no usamos la palabra, lo cual es una prueba de cómo hemos degenerado: hay que hacer causa de la estivación, proclamarla y practicarla. En verano, el único lugar donde uno no está torpe es la playa o la piscina.

El verbo existía en latín (aestivare: pasar el verano), pero en español, no. Veranear no me sirve, es sólo marcharse a un sitio. Hay que poner en circulación “estivar”, aunque no quiera el diccionario. Los cocodrilos cavan cuevas en el lodo de los ríos y se entierran durante los meses en que no hay agua. Los caracoles, por su parte, se sellan para sobrevivir al calor: crean una capa de baba seca que cierra su concha. Y ahí se quedan, protegidos por las babas, hasta que llueve.

Sigo siendo animal: necesito estivar. Me quiero cubrir con una baba seca que me proteja de los temas calenturientos a partir de hoy. Algunos anfibios estivan hasta cinco años; me conformaría con tres semanas. Veintiún días de paz interior, de no escuchar debates públicos estériles, de nadie insultando a nadie, de la gente dándose cuenta de que somos animales políticos, pero somos mucho más y lo estamos olvidando. Hay otro mundo bajo las babas del caracol. Según leo, hay animales que, por alargar la estivación, mueren en el intento: tampoco es mi idea.

No canto una oda a la pereza, eso es para el invierno, cuando todos nos explotamos a nosotros mismos. Ahora la vagancia es un estado natural, esa holganza, esa desgana, ese dormir sin tener sueño y amodorrarse en la toalla. Ese mirar una hoja de parra y encontrar interesante la confluencia de sus nervios. El verano es para escuchar los matices de cada ola del mar, para dormitar en la tumbona y que te despierte el pelotazo de una criatura inocente.

Es el momento de vaguear. ¿Y qué me ha pasado? Pues que me ha pedido el jefe de Opinión de El Diario, mi querido Marco Schwarz, que siga escribiendo en agosto. ¿Y cómo lo haré, si estoy zambullida en baba? No tengo la menor idea, pero pienso hacer menos y jugar más; bañarme mucho y escribir sin prisa. Camus aseguraba que llevaba dentro un verano invencible para resistir los inviernos, reales y simbólicos. Yo me conformo con algo más prosaico: rendirme al verano y rellenarme de él, por lo que pueda pasar. Este verano estivo y escribo. Es decir, vivo.

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