Extirpar la clase parasitaria

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Existe un tipo de clase social que no tiene vergüenza. No porque tenga más morro y el umbral del sonrojo más elevado que el de las clases populares, sino porque para tener vergüenza es preciso tener conciencia de haber cometido alguna falta o de perturbar alguna convención social de manera humillante o sonrojante. Ellos no tienen vergüenza porque consideran que cualquier actividad que les proporcione un beneficio por su simple existencia es un privilegio que les es debido. Todo lo que cogen, con permiso o sin él, es de su propiedad. Está ahí para ellos. La clase parasitaria es hiperbólica en la desvergüenza. No habrá parodia posible que supere lo que este subgénero de la burguesía lleva a cabo de forma cotidiana sin ser consciente del bochorno que provoca en un observador externo.

La clase parasitaria se puede permitir hasta el bochorno estético. Jacobo Robatto, que aparte de ser portavoz de Vox en el Senado es un pijo que lleva en ropa lo que un trabajador con salario mínimo cobra en un año, se fotografió en una iglesia junto al Cristo de la Buena Muerte como si se fuese a hacer una prueba del Dakar y hubiera dejado la moto aparcada fuera de la iglesia. Ni al más pobre de los malagueños se le hubiera ocurrido acudir así a honrar a un paso en mitad de la Semana Santa, aún sin tener un euro se hubiera quitado de comer si es creyente para ir vestido de manera decorosa a rendir honores a una talla a la que rinden devoción. Hasta un ateo militante como un servidor decidiría no entrar en un templo que mantiene unas normas de protocolo en la vestimenta, por mucho que esté en contra de esos preceptos. Pero ellos no, no existe vergüenza porque creen que para ellos no existen las normas. 

No tienen vergüenza y se exhiben sin ella. Como el aristócrata español Martín Cabello de los Cobos, que en su boda con Belén Barnechea hizo una performance pagando a indígenas peruanos para que actuaran como si fueran esclavos o forzándolos a humillarse en su fiesta nupcial. El odio de clase es sano y satisfactorio cuando se asiste a estos espectáculos de pijos ricos. La clase parasitaria no necesita trabajar para vivir rodeada de lujo y glamour. Es una rémora que se alimenta del trabajo ajeno y ha evolucionado en sus modos y formas de sangrar a los contribuyentes y la clase trabajadora. Luis Medina Abascal es de familia bien, los Medinaceli. O cómo entiende la derecha a una familia bien: nobles, de abuelo falangista que salía de cacería de rojos durante la Guerra Civil y al que Franco puso de alcalde de Sevilla. Su padre, Rafael Medina Fernández de Córdoba, duque de Feria, era un pederasta y, aunque el comisionista estará orgulloso de él porque ya hemos dicho que no conocen la vergüenza, fue condenado por hacer secuestrar y corromper sexualmente a una niña de 5 años.  Así que Luis Medina Abascal posee el combo perfecto para que se te pongan al teléfono cuando llamas a una administración gobernada por la derecha.

Luis Medina Abascal se llevó un millón de euros por hacer una llamada al Ayuntamiento de Madrid y usar sus contactos para unir a la administración con un empresario que trajera material defectuoso de China en lo más crudo de la pandemia. El mérito de Luis Medina es llamarse Luis Medina y que al otro lado del teléfono exista un acuerdo sobre esa convención social de las élites de que el nombre es una puerta abierta para que los contactos y las relaciones alimenten el capital social que permita a su clase parasitaria seguir viviendo de las rentas con lujo y sin trabajar en su vida. La simple mención de un nombre labrado entre crímenes de antepasados ha servido para robar a los madrileños mediante comisiones con la inestimable colaboración de un alcalde que no pudo reprimir el ansia por sentirse acogido entre la nobleza que los pobres de espíritu de su casta ideológica admiran. La estafa de las mascarillas es un latrocinio de clase. De una clase compuesta por unos pocos que cuestan mucho, una minoría que impide que España sea mucho mejor de lo que es haciendo de la lucha de su clase su razón de ser mientras intentan engañar al pueblo diciendo que ese es un concepto marxista desfasado. España solo podrá avanzar extirpando a su clase parasitaria. Será sencillo, solo tiene que ponerlos a trabajar.

Existe un tipo de clase social que no tiene vergüenza. No porque tenga más morro y el umbral del sonrojo más elevado que el de las clases populares, sino porque para tener vergüenza es preciso tener conciencia de haber cometido alguna falta o de perturbar alguna convención social de manera humillante o sonrojante. Ellos no tienen vergüenza porque consideran que cualquier actividad que les proporcione un beneficio por su simple existencia es un privilegio que les es debido. Todo lo que cogen, con permiso o sin él, es de su propiedad. Está ahí para ellos. La clase parasitaria es hiperbólica en la desvergüenza. No habrá parodia posible que supere lo que este subgénero de la burguesía lleva a cabo de forma cotidiana sin ser consciente del bochorno que provoca en un observador externo.

La clase parasitaria se puede permitir hasta el bochorno estético. Jacobo Robatto, que aparte de ser portavoz de Vox en el Senado es un pijo que lleva en ropa lo que un trabajador con salario mínimo cobra en un año, se fotografió en una iglesia junto al Cristo de la Buena Muerte como si se fuese a hacer una prueba del Dakar y hubiera dejado la moto aparcada fuera de la iglesia. Ni al más pobre de los malagueños se le hubiera ocurrido acudir así a honrar a un paso en mitad de la Semana Santa, aún sin tener un euro se hubiera quitado de comer si es creyente para ir vestido de manera decorosa a rendir honores a una talla a la que rinden devoción. Hasta un ateo militante como un servidor decidiría no entrar en un templo que mantiene unas normas de protocolo en la vestimenta, por mucho que esté en contra de esos preceptos. Pero ellos no, no existe vergüenza porque creen que para ellos no existen las normas. 

No tienen vergüenza y se exhiben sin ella. Como el aristócrata español Martín Cabello de los Cobos, que en su boda con Belén Barnechea hizo una performance pagando a indígenas peruanos para que actuaran como si fueran esclavos o forzándolos a humillarse en su fiesta nupcial. El odio de clase es sano y satisfactorio cuando se asiste a estos espectáculos de pijos ricos. La clase parasitaria no necesita trabajar para vivir rodeada de lujo y glamour. Es una rémora que se alimenta del trabajo ajeno y ha evolucionado en sus modos y formas de sangrar a los contribuyentes y la clase trabajadora. Luis Medina Abascal es de familia bien, los Medinaceli. O cómo entiende la derecha a una familia bien: nobles, de abuelo falangista que salía de cacería de rojos durante la Guerra Civil y al que Franco puso de alcalde de Sevilla. Su padre, Rafael Medina Fernández de Córdoba, duque de Feria, era un pederasta y, aunque el comisionista estará orgulloso de él porque ya hemos dicho que no conocen la vergüenza, fue condenado por hacer secuestrar y corromper sexualmente a una niña de 5 años.  Así que Luis Medina Abascal posee el combo perfecto para que se te pongan al teléfono cuando llamas a una administración gobernada por la derecha.

Luis Medina Abascal se llevó un millón de euros por hacer una llamada al Ayuntamiento de Madrid y usar sus contactos para unir a la administración con un empresario que trajera material defectuoso de China en lo más crudo de la pandemia. El mérito de Luis Medina es llamarse Luis Medina y que al otro lado del teléfono exista un acuerdo sobre esa convención social de las élites de que el nombre es una puerta abierta para que los contactos y las relaciones alimenten el capital social que permita a su clase parasitaria seguir viviendo de las rentas con lujo y sin trabajar en su vida. La simple mención de un nombre labrado entre crímenes de antepasados ha servido para robar a los madrileños mediante comisiones con la inestimable colaboración de un alcalde que no pudo reprimir el ansia por sentirse acogido entre la nobleza que los pobres de espíritu de su casta ideológica admiran. La estafa de las mascarillas es un latrocinio de clase. De una clase compuesta por unos pocos que cuestan mucho, una minoría que impide que España sea mucho mejor de lo que es haciendo de la lucha de su clase su razón de ser mientras intentan engañar al pueblo diciendo que ese es un concepto marxista desfasado. España solo podrá avanzar extirpando a su clase parasitaria. Será sencillo, solo tiene que ponerlos a trabajar.

Existe un tipo de clase social que no tiene vergüenza. No porque tenga más morro y el umbral del sonrojo más elevado que el de las clases populares, sino porque para tener vergüenza es preciso tener conciencia de haber cometido alguna falta o de perturbar alguna convención social de manera humillante o sonrojante. Ellos no tienen vergüenza porque consideran que cualquier actividad que les proporcione un beneficio por su simple existencia es un privilegio que les es debido. Todo lo que cogen, con permiso o sin él, es de su propiedad. Está ahí para ellos. La clase parasitaria es hiperbólica en la desvergüenza. No habrá parodia posible que supere lo que este subgénero de la burguesía lleva a cabo de forma cotidiana sin ser consciente del bochorno que provoca en un observador externo.

La clase parasitaria se puede permitir hasta el bochorno estético. Jacobo Robatto, que aparte de ser portavoz de Vox en el Senado es un pijo que lleva en ropa lo que un trabajador con salario mínimo cobra en un año, se fotografió en una iglesia junto al Cristo de la Buena Muerte como si se fuese a hacer una prueba del Dakar y hubiera dejado la moto aparcada fuera de la iglesia. Ni al más pobre de los malagueños se le hubiera ocurrido acudir así a honrar a un paso en mitad de la Semana Santa, aún sin tener un euro se hubiera quitado de comer si es creyente para ir vestido de manera decorosa a rendir honores a una talla a la que rinden devoción. Hasta un ateo militante como un servidor decidiría no entrar en un templo que mantiene unas normas de protocolo en la vestimenta, por mucho que esté en contra de esos preceptos. Pero ellos no, no existe vergüenza porque creen que para ellos no existen las normas.