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Opinión - 'El padrastro de la democracia', por Isaac Rosa

Tampoco el golpismo es lo que era

25 de febrero de 2026 22:19 h

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El 29 de enero de 1981, Adolfo Suárez, en el discurso televisado en que anunció su dimisión como presidente del Gobierno, nos confirmó a muchos que no éramos unos paranoicos, que el ruido de sables era tan real como el paro, la inflación, los atentados de ETA y las brutalidades de la ultraderecha. “Yo no quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”, dijo Suárez para explicar su renuncia. Joder, nuestro miedo estaba más que justificado: en los cuarteles se conspiraba para dar un golpe de Estado.

La dimisión de Suárez no detuvo, sin embargo, el pronunciamiento. Este se produjo tres semanas y pico después, el 23 de febrero, en plena investidura de su sucesor, el derechista Leopoldo Calvo Sotelo. Ahora, 45 años después, el Gobierno de Pedro Sánchez hace públicos una parte significativa de los documentos secretos sobre aquel siniestro episodio, y, a falta de ver si contienen novedades, mi generación está refrescando sus recuerdos de aquellos tiempos.

El 23F me pilló en Valencia, donde el capitán general Milans del Bosch asumió el poder absoluto, prohibió la actividad de partidos y sindicatos, decretó el toque de queda, sacó los tanques a la calle y envió tropas a ocupar el Diario de Valencia, donde yo trabajaba como reportero de sucesos. Nuestro secuestro en la redacción del diario se prolongó durante horas, hasta bien entrada la madrugada, después incluso del discurso televisado en el que el rey Juan Carlos desaprobó la intentona. Milans solo dio se rindió tras una tensa escena, en la que llegó a desenfundar la pistola, con el general Caruana, que seguía órdenes del monarca.

Bastantes hemos sospechado desde entonces que, de alguna manera, Juan Carlos dio alas a los militares sediciosos del 23F. Quizá expresando su hastío con Suárez, quizá compartiendo la necesidad de un “golpe de timón” en los asuntos patrios, quizá no vetando las maniobras del general Armada. Y que debió ser la brutalidad de la entrada de Tejero en el Congreso y el envío de tanques a las calles de Valencia lo que le inclinó a terminar pronunciándose rotundamente contra el golpe. Puede que también le influyera el recuerdo de lo que mal que le fue a su cuñado el rey Constantino de Grecia por no oponerse al golpe de los coroneles de 1967.

El caso es que en la redacción de Diario de Valencia ovacionamos al rey tras su discurso a la una y pico de la madrugada del 24 de febrero. Nuestro director, J.J. Pérez Benlloch, que había defendido nuestra dignidad durante todo el secuestro a mano armada del periódico, instó entonces al comandante de la tropa ocupante a retirarse de inmediato. Como este no le hacía caso, me encargó que llamara al jefe superior de Policía de Valencia, Rafael del Río, para que enviara agentes con la misión de liberarnos. Así lo hizo Del Río, leal toda aquella noche al orden constitucional, y los policías nacionales terminaron desalojando a los soldados. Sin violencia, cabe precisar.

Aquella noche Juan Carlos fue, sin duda, el escudo supremo frente al golpe de Estado. Solo él, nombrado personalmente por Franco, no salido de unas elecciones que los golpistas despreciaban, podía pararlo. Lo hizo, ciertamente, y la España democrática se lo agradeció durante las décadas siguientes. Se le recompensó elaborando el relato oficial de que Juan Carlos se había ganado su legitimidad política el 23F. Y, además, haciendo la vista gorda ante las informaciones que daban cuenta de su desaforada libido y su espíritu pesetero.

Ahora bien, Juan Carlos se pasó tanto que su comportamiento terminó siendo escandaloso y su propio hijo tuvo que pedirle que abdicara y se marchara de España. De modo que, ahora, con la desclasificación de los papeles del 23F, es de recibo que los periodistas e historiadores intenten saber más sobre su relación con aquel golpe. La verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Vuelvo a Suárez y su deseo de que esta democracia no fuera otro paréntesis en la historia de España. Al valiente Suárez podríamos decirle que es imperfecta y tiene un indudable tuétano franquista, pero también le confirmaríamos que ya es la más larga de todos los tiempos. El paréntesis se ha prolongado y cabe felicitarse por ello, carajo.

Pero ninguna democracia está asegurada para siempre jamás. Ninguna. No escuchamos hoy en España un ruido de sables que nos haga temer por el futuro, pero sí otros sonidos muy inquietantes. Ruido de togas partidistas, estruendo de bulos en televisiones y, de nuevo, el retumbar en las calles de botas fascistas. La ultraderecha parece haber aprendido: no se toma el poder enviando tipos armados al Parlamento, se toma intoxicando las mentes a través de los medios y las redes sociales y ganando así las elecciones. Como Trump en 2024. O, bueno, también como Hitler en 1933.