Idolatría y multitud
Se repite mucho que el psicoanalista francés Jacques Lacan afirmó, ante los estudiantes que salían a protestar a las calles en medio de mayo del 68, con notorio escepticismo —en parte justo, en parte injusto— respecto a la desembocadura de aquellas revueltas: «A lo que aspiráis como revolucionarios es a un amo. ¡Lo tendréis!». ¿No será por ahí por donde confluyen todos los eventos que se dieron cita el pasado fin de semana en la capital? Por un lado, la visita de León XIV, suscitando el entusiasmo de los propios, de conversos y de ajenos agitados por el recuerdo de Bergoglio y la encíclica contra la IA; por el otro, la estancia continua de Bad Bunny con sus conciertos en el Metropolitano. Muchos artículos se han escrito ya sobre ambos peregrinajes, su solapamiento temporal, la coincidencia, la adoración católica y la pagana: no es cuestión de añadir otro al mix. Pero en ambos emergen formas de idolatría.
Vivimos buscando cualquier clavo ardiendo al que agarrarnos: esta es la definición de nuestro tiempo. Conversaba el otro día con un amigo, Santiago Alba Rico, que me decía que, en medio de tan aciago momento internacional, lo más cercano que tenemos a un Komintern es el Vaticano: por su posición contra Trump, los recelos que despierta en la extrema derecha, la necesidad de alianzas extrañas construidas más por lo que se tiene enfrente que por cualquier elemento común. Ese análisis está basado en unas circunstancias concretas, en el contraste entre declaraciones de distintos dirigentes, sus posicionamientos, cómo se van recolocando ejes y polos: es una forma de explicar la coyuntura y sus equilibrios.
Otra cosa es la dinámica de furor de estos días con León XIV. La vara de medir es tan mediocre en 2026 que pronunciamientos más o menos genéricos son tan exaltados como cuando el papa Francisco afirmaba la imposibilidad de conciliar democracia y capitalismo, suscribía postulados de la teología de la liberación o llamaba a la defensa del planeta frente a la crisis climática. Bergoglio tampoco era exactamente un revolucionario y que León XIV sea relativamente más tibio —en su forma— no lo convierte en un conservador, pero la izquierda está tan ávida de referentes que intenta robarle a los católicos los suyos. Lo católico, de hecho, acaba volviéndose una moda, lo que no le resta ni un ápice de verdad a las conversiones reales y encuentros genuinos con la fe; normal que la gente recele, en cambio, al ver lo católico retransmitido, convertido en algo chic, en la misma dirección que los vientos. También es cierto que nunca han sido precisamente los católicos los reacios al culto de las imágenes.
En la misma ciudad, al mismo tiempo, exhortaba Bad Bunny que «si tu novio no te mama el culo, pa’ eso que no mame»; aquí, en realidad, no creo que nadie ya esté pensando en que Bad Bunny representa algún tipo de emancipación política. Ese pensamiento sólo habita en la imaginación: es lo que muchos conservadores piensan que piensa la gente progresista. Creen que los progresistas van a un concierto así como si fuera un ritual revolucionario, como si de allí salieran mejores, más depurados, más emancipados, como si hubiera contradicción entre valores feministas y perreo: se lo toman, en realidad, demasiado en serio. Imaginan, en su caso, una idolatría que no existe.
Lo que hay en la vigilia, la misa, Bad Bunny o algunos macroconciertos del Primavera Sound de estos días, bajo la lluvia o sin lluvia, son rituales, momentos de reunión, en los que toda una multitud vive junta el mismo grito; pasa igual allí como en una manifestación masiva contra la Ley de Universidades en Argentina, como en toda experiencia donde una se trasciende por mucho a sí misma. Esta semana le decía a una conocida, que venía del concierto de Bad Bunny e iba a repetir, que aquello no me parecía para tanto, que la idea de estar en esa lata de sardinas sin poder moverme me parecía agobiante. Ella me respondió que había sido la mejor experiencia de su vida. La diferencia entre ella y yo: ella había ido y había sido capaz de fundirse en la colectividad, yo no fui. Eso explicaba su devoción y mi escepticismo. A lo que se aspira, en todos estos fenómenos, es a la multitud. ¿No es ese deseo, en miedo de tiempos de soledad, neoliberalismo, individualidad, aquello que deberíamos proteger, el indicador común por el cual preguntarnos?
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