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Nadie espera morir en un tren

20 de enero de 2026 22:58 h

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Pocos sucesos causan tanta conmoción como un accidente de tren, lo vemos estos días con la tragedia de Adamuz: un país entero sobrecogido, que siente como propio el dolor de las familias, y que lleva tres días viendo en bucle las incomprensibles imágenes de trenes achatarrados. Un accidente de tren no es un accidente cualquiera. No es solo el número tan alto de muertos y heridos, los relatos terribles de supervivientes y rescatistas, la incertidumbre por no saber qué ha fallado, la vulnerabilidad que sentimos. Creo que nuestro dolor e incredulidad tienen que ver también con el vínculo tan especial que tenemos con el tren, con los trenes de nuestra vida.

Cuando decimos que todos podíamos ir a bordo el pasado domingo, no es una muestra de empatía: es que somos muchos los que de verdad podríamos haber ido a bordo, quienes viajamos a menudo en esa línea y tanta otra gente que la coge ocasionalmente, millones de personas que han subido a ese mismo tren en más de treinta años de alta velocidad. Cuando sabemos de un accidente de coche no pensamos que podríamos ser nosotros, los accidentes de tráfico siempre les pasan a otros, uno no se imagina atrapado en un amasijo de hierros en la cuneta, una disociación que nos permite seguir conduciendo sin que nos paralice el miedo. El avión caído tampoco produce tanta identificación, la mayoría de la gente no coge aviones o solo de forma excepcional, y volar no es natural, sentimos que quien muere en accidente aéreo había tentado a la suerte.

Pero es que además nadie espera morir en un tren, nunca. Es algo inconcebible. Mientras que podemos imaginarnos fácilmente en una curva mortal de carretera, en un autobús volcado o en un avión estrellado, morir en un tren no entra en nuestros cálculos de riesgo. Lo sentimos como un medio totalmente seguro, viajamos sin ninguna tensión, no hay cinturones de seguridad ni instrucciones a seguir en caso de siniestro, nos podemos levantar, pasear, tomar un café, usar un baño espacioso, bajar y subir en las paradas, corren los niños por los pasillos. Nadie espera morir en un vehículo que no parece un vehículo, que se desplaza con discreción, que ni nos damos cuenta cuando se pone en marcha -y por eso nos inquieta cuando de pronto tiembla, como los vídeos que estos días circulan-.

Nadie espera morir en un tren porque además es un medio de transporte feliz, radicalmente feliz. Cómodo como ningún otro, preferido por cualquiera, añorado cuando desaparece -tantas líneas cerradas en las últimas décadas-, asociado a buenos recuerdos de viaje y que, incluso cuando lo cogemos por obligación, nos regala unas horas de calma y aislamiento que raramente encontramos fuera de un tren: esa sensación de tiempo suspendido, de burbuja, de salir del mundo, que favorece la concentración laboral, el pensamiento sereno, la conversación con extraños y la intimidad con los cercanos, la bajada de pulsaciones, el sosiego mientras el paisaje se desliza hipnótico por la ventana. Hasta podemos leer, recuperada a bordo la atención que nos roban a diario.

Nadie espera morir en un tren porque todos tenemos un fuerte vínculo emocional con él, tanto individual como colectivamente. El tren tiene una fuerza narrativa y una capacidad imaginativa que no tienen el aburrido coche ni el antipático avión. Nuestra memoria sentimental está llena de trenes, propios y ficticios: viajes felices y viajes tristes, idas y vueltas muy personales, despedidas en estaciones y reencuentros en estaciones. Y ese viejo romanticismo ferroviario aprendido en tantas películas y novelas: extraños en un tren que se conocen, se cuentan sus vidas, revelan secretos, inician amistades, se enamoran o planifican un crimen; un romanticismo que sobrevive a los trenes funcionales de hoy, subir a un tren es siempre una expectativa de que suceda algo. No un accidente.

Nadie espera morir en un tren, nadie tenía miedo a subir a un tren hasta este domingo -ni siquiera recordábamos ya los accidentes previos-, y ojalá no tengamos miedo en adelante. Para eso es importante que los responsables estén a la altura, nos den todas las respuestas y nos devuelvan la tranquilidad perdida, y en poco tiempo podamos decir de nuevo que nadie espera morir en un tren. Un gran abrazo para los supervivientes y para las familias de quienes ya no bajarán en la próxima estación.