No diga “niños y adolescentes”, diga “menores migrantes”
Más de mil niños y adolescentes llevan cincuenta y tres días viviendo en la calle, en la playa, sin nadie que cuide de ellos; niños y adolescentes que duermen en el suelo, en chabolas o al raso, los más afortunados alojados por vecinos y asociaciones; niños y adolescentes sin escolarizar y sin poder asegurar su alimentación o darse una ducha; niños y adolescentes rodeados de adultos que no conocen, indefensos y a merced de abusos y agresiones.
Espera, lo repito, que me ha parecido que leías por encima y sin mover un músculo: más de mil niños y adolescentes llevan cincuenta y tres días viviendo en la calle, en la playa, sin nadie que cuide de ellos; niños y adolescentes que duermen en el suelo, en chabolas o al raso, los más afortunados alojados por vecinos y asociaciones; niños y adolescentes sin escolarizar y sin poder asegurar su alimentación o darse una ducha; niños y adolescentes rodeados de adultos que no conocen, indefensos y a merced de abusos y agresiones.
¿Tampoco? No te culpo, me pasa igual. Quiero que el párrafo anterior me indigne, pero me doy cuenta de que resbalo por él, leo por encima, finjo un poco de indignación y en seguida me olvido de esos “más de mil niños y adolescentes”, son una frase hecha, no existen. Uno dice “más de mil niños y adolescentes” y no ve a nadie, un número a voleo, una masa amorfa, a bulto, unos pocos cuerpos y rostros en fotos como mucho.
Para visualizarlos, necesito referentes cercanos. Mi hija pequeña tiene quince años, mi hija mediana diecisiete. Pruebo a imaginarlas, no cincuenta y tres sino un solo día, una sola noche, en esas calles, en esa playa, en el suelo, en chabolas o al raso, rodeadas de desconocidos, asustadas. Como son más de mil, necesito añadir más rostros. Juego a imaginar a todas sus compañeras y compañeros del instituto en el que estudian: veo a cientos de chavales de mi barrio con los que me cruzo a diario, los veo a todos abandonados en la calle durante semanas, pasando necesidades, sucios y con miedo de todo: de que los devuelvan a Marruecos, de que les den una paliza o les disparen perdigones, de las peleas en los asentamientos, de las patrullas violentas, de algunos militares, incluso si entran en un centro de menores.
Mi indignación y mi empatía siguen siendo un poco impostadas, me hago trampas, sé que ni a mis hijas ni a sus compañeros les podría pasar, porque las autoridades no permitirían que uno solo de ellos pasara una noche en esas condiciones de abandono y desprotección. España es un país que se ocupa de sus menores, no es fácil ver un niño mendigando, un adolescente perdido moviliza todos los recursos, un chaval acosado en clase pone en marcha protocolos, los servicios sociales quitan custodias, mis hijas no pueden salir del instituto entre clase y clase.
¿Cómo es posible que consintamos que más de mil niños y adolescentes lleven cincuenta y tres días abandonados? ¿Cómo no estamos exigiendo que el gobierno central y el autonómico se hagan cargo de ellos hoy mismo, sin esperar un día más, sin que importe el reparto de competencias, sin pasarse la pelota ni acusarse, utilizando todos los recursos disponibles y añadiendo recursos excepcionales, dedicados por entero hasta que no queden ni una niña, niño o adolescente en la calle?
Evidentemente, es posible porque no son niñas, niños y adolescentes, no los consideramos tales. No hace falta verlos como menas o invasores: nos basta con llamarlos “menores migrantes”, y así ya ponemos distancia sentimental con ellos. En “menor migrante” lo sustantivo es “menor”, pero es el adjetivo “migrante” el que pesa, el que limita nuestra compasión y hace que nos indignemos, pero poquito. Rehago el primer párrafo, ya verás cómo es más soportable:
Más de mil menores migrantes llevan cincuenta y tres días viviendo en la calle, en la playa, sin nadie que cuide de ellos; menores migrantes que duermen en el suelo, en chabolas o al raso, los más afortunados alojados por vecinos y asociaciones; menores migrantes sin escolarizar y sin poder asegurar su alimentación o darse una ducha; menores migrantes rodeados de adultos que no conocen, indefensos y a merced de abusos y agresiones.
Ea, ya podemos seguir otra semana.