Eran todos tan blancos que parecían rusos

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Eran todos tan blancos que parecían rusos. No había ni un fucking negro en las fotos, amigo. En las fotos de Madrid, digo. Las del palacio, las del museo, las del salón de la embajada. Hasta las morenas eran rubias. Parecían rusas. Como eran blancos, parecían personas: con sus chaquetas americanas, con sus vestidos drapeados, con su alfiler de corbata y su tacón de aguja. Vinieron a Madrid a pasarse el brazo por el hombro mientras negociaban con armas de destrucción masiva y a sonreír ampliamente cuando se pronunciaba la palabra war. Su sonrisa no era tan blanca, sin embargo, como la de los muertos de la foto de Melilla. Pena de dentaduras, qué desperdicio (¿no hicieron aquéllos jabón con la grasa corporal de las víctimas?).

La cosa va de cuerpos, sí. O sea, de vidas. Las negras importan menos. O nada, como las de la valla. Mientras los pies blancos pisaban alfombras como nubes, los pies negros caían a la tierra de la fosa común. Que se sepa, 37 vidas. Como eran negras, no parecen personas. Inmigrantes. Subsaharianos. Africanos. Negros. Así se llama a las personas víctimas de la violencia en la frontera. Además de los 37 muertos, centenares de heridos de quienes no se conoce el estado. Apenas supervivientes, apenas personas. Con su biografía, su familia, sus planes, su emprendimiento extremo. Su foto acabó siendo un amasijo de sonrisas truncadas por la brutalidad policial. Blanco sobre negro.

Hay una suerte de justicia poética en la coincidencia de ambas fotos, la foto de los blancos y la foto de los negros. Así nadie se llama a engaño y todo encaja mejor, hasta la gigantesca base militar que Mohamed VI permitió al Pentágono construir en Tan-Tan, en la costa Atlántica de Marruecos, al pie del Sahara Occidental. Ni siquiera se andan con disimulos retóricos: en 2008, Estados Unidos instaló allí el Mando de África. La jerga militar puede llegar a ser transparente. Ningún mando, claro, se ha pronunciado sobre el trato inhumano y la omisión de socorro que se produjo el 24 de junio en la frontera con España. El Pentágono, la OTAN, los reyes de uno y otro lado, los ministros y los presidentes de gobierno están tan ocupados con el negocio de la militarización que las políticas migratorias les resultan puro ocio. Como si esas políticas no se refirieran a personas. Total, son negras.

La mayoría de los supervivientes de la violencia fronteriza procedían de Sudán y el Chad, según confirma desde Melilla el colectivo Solidary Wheels. Llegaban traumatizados por el conflicto bélico, empobrecidos, desarraigados, separados de sus personas queridas, discriminados, explotados y maltratados en su largo y penoso camino. Soñaban con la protección internacional de la España del blanco Sánchez, la España del blanco Grande-Marlaska, la España del blanco -casi albino- Albares. Pero los que no murieron en el crimen de la valla o están en algún sótano del hospital El Hassani de Nador, se encuentran detenidos de facto en el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) de Melilla. Detenidos ilegalmente y denunciando también violencia por parte de los agentes de seguridad de la empresa Clece. Los negros. Los blancos han dicho que todo es correcto.

Si los muertos de las vallas pudieran ver las fotos que los blancos de la guerra se han hecho en Madrid en los últimos días, se verían invadidos por una desolación nuevamente mortal. Si pudieran, desde la fosa negra, ver el rojo y el verde de los chales, el azul de los trajes, los dientes amarillos. La desolación de ser negro. La desolación de no parecer siquiera una persona por ser un fucking negro, amigo. La desolación de que tu vida no importa porque eres negro. No como las vidas, tan importantes, de los blancos de esas fotos. Todos tan blancos que parecían rusos.

Eran todos tan blancos que parecían rusos. No había ni un fucking negro en las fotos, amigo. En las fotos de Madrid, digo. Las del palacio, las del museo, las del salón de la embajada. Hasta las morenas eran rubias. Parecían rusas. Como eran blancos, parecían personas: con sus chaquetas americanas, con sus vestidos drapeados, con su alfiler de corbata y su tacón de aguja. Vinieron a Madrid a pasarse el brazo por el hombro mientras negociaban con armas de destrucción masiva y a sonreír ampliamente cuando se pronunciaba la palabra war. Su sonrisa no era tan blanca, sin embargo, como la de los muertos de la foto de Melilla. Pena de dentaduras, qué desperdicio (¿no hicieron aquéllos jabón con la grasa corporal de las víctimas?).

La cosa va de cuerpos, sí. O sea, de vidas. Las negras importan menos. O nada, como las de la valla. Mientras los pies blancos pisaban alfombras como nubes, los pies negros caían a la tierra de la fosa común. Que se sepa, 37 vidas. Como eran negras, no parecen personas. Inmigrantes. Subsaharianos. Africanos. Negros. Así se llama a las personas víctimas de la violencia en la frontera. Además de los 37 muertos, centenares de heridos de quienes no se conoce el estado. Apenas supervivientes, apenas personas. Con su biografía, su familia, sus planes, su emprendimiento extremo. Su foto acabó siendo un amasijo de sonrisas truncadas por la brutalidad policial. Blanco sobre negro.

Hay una suerte de justicia poética en la coincidencia de ambas fotos, la foto de los blancos y la foto de los negros. Así nadie se llama a engaño y todo encaja mejor, hasta la gigantesca base militar que Mohamed VI permitió al Pentágono construir en Tan-Tan, en la costa Atlántica de Marruecos, al pie del Sahara Occidental. Ni siquiera se andan con disimulos retóricos: en 2008, Estados Unidos instaló allí el Mando de África. La jerga militar puede llegar a ser transparente. Ningún mando, claro, se ha pronunciado sobre el trato inhumano y la omisión de socorro que se produjo el 24 de junio en la frontera con España. El Pentágono, la OTAN, los reyes de uno y otro lado, los ministros y los presidentes de gobierno están tan ocupados con el negocio de la militarización que las políticas migratorias les resultan puro ocio. Como si esas políticas no se refirieran a personas. Total, son negras.

La mayoría de los supervivientes de la violencia fronteriza procedían de Sudán y el Chad, según confirma desde Melilla el colectivo Solidary Wheels. Llegaban traumatizados por el conflicto bélico, empobrecidos, desarraigados, separados de sus personas queridas, discriminados, explotados y maltratados en su largo y penoso camino. Soñaban con la protección internacional de la España del blanco Sánchez, la España del blanco Grande-Marlaska, la España del blanco -casi albino- Albares. Pero los que no murieron en el crimen de la valla o están en algún sótano del hospital El Hassani de Nador, se encuentran detenidos de facto en el CETI (Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes) de Melilla. Detenidos ilegalmente y denunciando también violencia por parte de los agentes de seguridad de la empresa Clece. Los negros. Los blancos han dicho que todo es correcto.

Si los muertos de las vallas pudieran ver las fotos que los blancos de la guerra se han hecho en Madrid en los últimos días, se verían invadidos por una desolación nuevamente mortal. Si pudieran, desde la fosa negra, ver el rojo y el verde de los chales, el azul de los trajes, los dientes amarillos. La desolación de ser negro. La desolación de no parecer siquiera una persona por ser un fucking negro, amigo. La desolación de que tu vida no importa porque eres negro. No como las vidas, tan importantes, de los blancos de esas fotos. Todos tan blancos que parecían rusos.

Eran todos tan blancos que parecían rusos. No había ni un fucking negro en las fotos, amigo. En las fotos de Madrid, digo. Las del palacio, las del museo, las del salón de la embajada. Hasta las morenas eran rubias. Parecían rusas. Como eran blancos, parecían personas: con sus chaquetas americanas, con sus vestidos drapeados, con su alfiler de corbata y su tacón de aguja. Vinieron a Madrid a pasarse el brazo por el hombro mientras negociaban con armas de destrucción masiva y a sonreír ampliamente cuando se pronunciaba la palabra war. Su sonrisa no era tan blanca, sin embargo, como la de los muertos de la foto de Melilla. Pena de dentaduras, qué desperdicio (¿no hicieron aquéllos jabón con la grasa corporal de las víctimas?).

La cosa va de cuerpos, sí. O sea, de vidas. Las negras importan menos. O nada, como las de la valla. Mientras los pies blancos pisaban alfombras como nubes, los pies negros caían a la tierra de la fosa común. Que se sepa, 37 vidas. Como eran negras, no parecen personas. Inmigrantes. Subsaharianos. Africanos. Negros. Así se llama a las personas víctimas de la violencia en la frontera. Además de los 37 muertos, centenares de heridos de quienes no se conoce el estado. Apenas supervivientes, apenas personas. Con su biografía, su familia, sus planes, su emprendimiento extremo. Su foto acabó siendo un amasijo de sonrisas truncadas por la brutalidad policial. Blanco sobre negro.