Perder la cabeza
Uno de los temas más actuales y que más nos afecta desde hace un par de décadas pero que, sin embargo, no nos gusta demasiado tratar, por lo que significa para todos nosotros, es el de la degeneración cognitiva que cada vez se da más en la población, a medida que la esperanza de vida va aumentando.
Todos queremos vivir más tiempo para poder disfrutar más de esa última fase vital, especialmente después de la jubilación, cuando por fin somos dueños de nuestros días y noches, tenemos la libertad de llevar los horarios que más se adapten a nuestra forma de ser y, con un poco de suerte, algo de dinero que podemos gastar en algún viaje, o un estreno de teatro o tantas cosas que nos dan satisfacción y que ahora queremos poder permitirnos.
La ciencia ha hecho maravillas desde el comienzo de siglo y la atención sanitaria, unida a una mejor forma de vida con más cuidado en la alimentación y menos productos tóxicos de consumo diario, ha permitido que nuestra salud haya mejorado increíblemente. Ahora el problema está en que vivimos mucho más tiempo pero, en una gran cantidad de casos, nuestro cerebro no mantiene la misma salud que nuestro cuerpo. Tenemos los órganos en buen estado, muchos nonagenarios siguen teniendo una buena movilidad, pero cada vez más y más ancianos son víctimas de la demencia en sus diferentes avatares.
La sociedad se está llenando de personas que han perdido la capacidad de almacenar recuerdos a corto plazo, que no saben exactamente qué diferencia hay entre pagar cinco euros o cincuenta, que han olvidado qué es una tortilla de patata aunque sigan disfrutando de comerla, que no saben bien cómo se llaman sus hijos y, en ocasiones, ni siquiera los reconocen cuando los ven.
Todas esas personas, hace unos años, cuando aún no “habían perdido la cabeza” habrían dicho que, para vivir así, no valía la pena, que era mejor morirse antes y ahorrarse la humillación de tener que usar pañales o ser alimentados como bebés viejos, resultar una molestia y un gasto innecesario para sus seres queridos. Esto es lo que solemos decir todas y todos antes de que nos suceda porque, vista desde fuera, la situación no resulta precisamente apetecible.
No queremos llegar a eso, pero a veces, cuando pienso en esa situación -cada vez más frecuente- me digo que si hacemos un esfuerzo de imaginación para ver desde dentro esa misma situación, quizá no sea tan mala cosa vivir en ese presente eterno como el de los niños muy pequeños: sin conciencia de futuro y, por tanto, sin preocupación por él; sin heridas ni traumas de un pasado que ya no recordamos; sin tener que tomar ningún tipo de decisiones con toda la carga que conlleva y las consecuencias que pueden acarrear si no son acertadas; alegrándonos una y otra vez de la misma buena noticia, de ver de nuevo constantemente a los seres queridos sin sufrir por si hace tres días que no vienen a visitarte o han pasado ya tres meses.
Una ducha tibia es una bendición, una comida bien sazonada es un placer, la pastilla de después de cenar te permite dormir y hace que la noche se haga no solo llevadera, sino agradable. Las noticias con toda su carga de horror y de miedo a lo que puede traer el futuro han dejado de preocuparte. Disfrutas de la sonrisa amable de un desconocido, de que te regalen unos caramelos, de que alguien empuje tu silla de ruedas para que puedas disfrutar del sol en el parque o en una silla en tu balcón, envuelto en una mantita suave.
Los que sufrimos somos los demás, los que comparamos a esa persona con la persona que fue cuando aún era ella misma y tenía personalidad, recuerdos, traumas, manías. Sufrimos las parejas, los hijos, los hermanos, los amigos, los nietos. La longevidad de las personas amadas, si va unida a la demencia, hace que el dolor de verlas vivas sea mucho peor que el de verlas muertas, porque la muerte pone un punto final a la evolución de una vida y todos los recuerdos que conservas de esa persona son de cuando estaba bien, de cuando era todavía él mismo o ella misma. Por el contrario, si la muerte llega después de años y años de degeneración, los recuerdos hermosos quedan tapados por los horribles; es como si las nuevas experiencias se escribieran sobre las antiguas, borrándolas, tachándolas, como si nunca hubieran existido, y eso duele. Mucho.
Mi suegra, que ya no está entre nosotros, cuando hablábamos de estas cosas, solía decir: “Es mejor morirse cuando aún da lástima que cuando es un alivio para todos.” Creo que era un resumen certero de lo que comentaba yo en las últimas líneas, pero, por otra parte, todos queremos un poco más. En muchas conversaciones he oído algo que se repite: “cuando vea que estoy perdiendo facultades o cuando me diagnostiquen Alzheimer (o cosa similar) yo decidiré cuándo marcharme”. Casi todos pensamos así. El problema es ese cuándo (de la cuestión del cómo ya hablé en otra columna) porque, en general, si llegas a darte cuenta de verdad, ya es demasiado tarde para hacer algo al respecto. Medio minuto después ya se te ha olvidado.
Todos nos alegramos cuando leemos que la ciencia está progresando muchísimo y los seres humanos cada vez viviremos más tiempo. ¿No habría que preguntarse para qué? ¿Queremos de verdad vivir tanto que nuestro final sea como el de Benjamin Button: revertir, ir reduciéndonos, ir perdiendo facultades hasta convertirnos en una especie de bebé anciano, arrugado e inconsciente, sin control de nuestro cuerpo ni recuerdos en nuestra mente?
Creo que el problema es que siempre que leemos eso de que la longevidad está al alcance de la mano, tenemos la curiosa idea de que vamos a volver a tener cuarenta años para siempre. Y no es así. Lo que nos van a prolongar va a ser la vejez, no la juventud. Nadie nos asegura que no vamos a sufrir demencia senil. Por eso habría que contestarse a esa pregunta de si queremos envejecer a pesar de la posible demencia; a pesar de olvidar lentamente quiénes hemos sido, quiénes somos; a pesar de ir perdiendo las palabras con las que nos comunicamos con los demás y con las que nos hablamos a nosotros mismos.
No ofrezco soluciones. No tengo más que preguntas, pero creo que es muy importante que cada uno se responda a sí mismo estas cuestiones porque, si no lo hacemos, antes o después, algún gobierno responderá por nosotros y creará leyes con las que quizá, al verlas entrar en vigor, no estemos de acuerdo; y entonces será demasiado tarde.