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OPINIÓN | 'Los NOES a las guerras, por Antonio Maestre

¿Teléfono rojo? Volamos hacia Teherán

7 de marzo de 2026 22:37 h

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De niño, envidiaba a Franco por algo que ahora parece banal. En el Palacio Real de El Pardo, su residencia habitual, había ordenado instalar un cine casero. El general que firmaba sentencias de muerte mientras tomaba chocolate caliente con picatostes o sobaos albergaba una gran pasión cinéfila. Se calcula que vio unas 2.000 películas durante sus casi cuarenta años en el poder. Era un fan declarado de Disney, el western, la comedia, James Bond, y los filmes de carácter religioso, como Ben-Hur y Los diez mandamientos. Se cuenta que había reunido una pequeña colección de películas eróticas y pornográficas, lo cual resulta extraño, pues -al margen de Carmen Polo, su esposa- no se le conocen amoríos y, según su médico personal, una fimosis que no quiso operarse redujo su vida sexual a episodios aislados, casi anecdóticos y no muy gratificantes. Al parecer, también veía películas que la censura había prohibido en España por razones morales o políticas. Hitler actuaba del mismo modo. De hecho, sus biógrafos refieren que vio varias veces El gran dictador, de Charles Chaplin, pero no he encontrado ninguna información sobre cómo reaccionó ante las imágenes que le caricaturizaban con tanto ingenio. Hay pocas fotografías del Führer sonriendo y las que se conservan producen escalofríos. 

Franco no se limitó a disfrutar del cine como espectador. Además, escribió el guion de Raza, utilizando el pseudónimo Jaime de Andrade. Pensar que el autor de esa trama delirante y grotesca gobernó España durante un largo período, sugiere que la cima del poder no es el hogar de esas minorías selectas invocadas por Ortega y Gasset. El éxito de Donald Trump en dos elecciones presidenciales confirma esa terrible sospecha. Al parecer, al ogro de pelo naranja y llameante no le gusta tanto el cine como a Franco y Hitler, pero sí ha declarado públicamente su admiración por ciertas películas. Le encanta Ciudadano Kane, de Orson Welles. No por sus innovaciones formales, sino porque recrea la historia de un magnate. Eso sí, dudo que Trump añore el trineo de su infancia y deje al mundo en suspenso por murmurar “Rosebud” en el momento de partir hacia el más allá. Lo que el viento se llevó es otra de las películas favoritas del presidente estadounidense. Admito que el dato me fastidia enormemente, pues Vivien Leigh es una de mis grandes pasiones. Dudo que Trump se conmueva con la belleza de la actriz inglesa y su intensa interpretación de Scarlett O’Hara. Imagino que lo que le fascina de esa película es la evocación del Sur, una civilización que no sufría el acoso del pensamiento woke. En Los Doce Robles y Tara, las dos grandes plantaciones del film, cada uno sabía el lugar que le correspondía y, gracias a eso, América era grande y próspera. 

Las películas de gánsteres también entusiasman a Trump, especialmente la saga de El padrino y Uno de los nuestros. Presumo que le seduce la figura de Vito Corleone, pero evidentemente carece de su elegancia. No le imagino en el Despacho Oval con una flor en el ojal de la americana y acariciando a un gato. Creo que se parece más a Tommy DeVito, el matón interpretado por Joe Pesci. No me sorprendería que alguna vez haya sustituido en su imaginación el rostro de Billy Batts por el de Joe Biden en la famosa escena del bar, experimentando un placer inconfesable al ver cómo DeVito patea a Batts. Trump no esconde su fascinación por la violencia. Admirador de Jean-Claude Van Damme, no ha escatimado elogios a Contacto sangriento, un film de 1988 que narra la participación de un agente de la CIA en un torneo ilegal de lucha libre en Hong Kong, donde los combates a veces desembocan en un nocaut mortal. Aventuro que la escena preferida de Trump es la concatenación de las cuatro espectaculares patadas con las que Van Damme derrota a su adversario chino, el hasta entonces imbatible Chong Li. Esas cuatro patadas se parecen bastante a lo que acaba de hacer con China al atacar Teherán con la ayuda de su fiel colega, el belicoso Netanyahu. Ya que la patada helicóptero, el particular sello de Van Damme, está fuera de su alcance, 81’6 toneladas de bombas de alta capacidad sobre objetivos estratégicos no es una mala alternativa para demostrar el poder de América. No importa demasiado que algunas bombas hayan impactado en la escuela primaria Shajareh Tayyebeh en la ciudad de Minab, matando a casi doscientas niñas. No se pueden hacer tortillas sin romper los huevos y el objetivo de la guerra justifica estos daños colaterales. 

Solo los ingenuos o los cínicos como Ayuso, Aznar, Feijóo o Abascal se atreven a sostener que Trump ha atacado a Irán para acabar con una inicua tiranía. En Arabia Saudí, se violan sistemáticamente los derechos humanos y se descuartiza a los periodistas impertinentes como Jamal Khashoggi, asesinado en el consulado saudí de Estambul por órdenes del príncipe Mohamed bin Salmán, al que Trump agasajó en el Despacho Oval y justificó, despachando el crimen como un incidente sin importancia: “son cosas que pasan”. Solo hace falta leer un poco para saber que el objetivo de la guerra ilegal contra Irán es consolidar la hegemonía de Estados Unidos e Israel en Oriente Medio, garantizar el control de las rutas comerciales y los recursos estratégicos (petróleo, gas y minerales), expulsar a China y Rusia de la región, los dos grandes competidores de Washington, y desviar la atención del malestar causado por la violencia del ICE y los papeles desclasificados de Epstein. Nadie sabe cómo finalizará esta historia.

Se barajan varias posibilidades: una transición hacia la democracia (poco probable), una guerra civil (algo más probable) o la supervivencia del régimen que tal vez algún día lograría culminar su ambición de poseer armas nucleares, convirtiéndose en la versión islámica de Corea del Norte. ¿Podría desembocar la confrontación entre Rusia, China y Estados Unidos en una Tercera Guerra Mundial? Las grandes tragedias no son óperas o sinfonías cuidadosamente elaboradas, sino el fruto de chapuzas monumentales, temeridades injustificables y estupideces épicas. Con Trump en la Casa Blanca, no hay que descartar ninguna calamidad. Cuando parecía que podría ganar las primeras elecciones presidenciales, Matt Damon dijo que si se cumplía esa expectativa, al mundo no lo salvaría ni Jason Bourne. Han pasado nueve años desde entonces y el apocalipsis ya no es una hipótesis remota, sino una posibilidad inquietante que cualquier día podría asomar sus orejas por el horizonte.

No creo que Trump frecuente el cine de Stanley Kubrick. Dudo que haya visto ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú, la divertida distopía estrenada en 1964, dos años después de la crisis de los misiles de Cuba. Trump me recuerda a Jack D. Ripper, el general de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos que interpreta Sterling Hayden. Jack D. Ripper está tan perturbado como Jack the Ripper (Jack el Destripador). Convencido de que los soviéticos han contaminado el agua para destruir los “preciosos fluidos corporales” de los americanos, ordena un ataque nuclear contra la Unión Soviética sin consultar con el presidente. Aunque la Casa Blanca consigue que los aviones americanos vuelvan a sus bases, uno de los B-52 no recibe la orden porque un misil ruso ha dañado su radio. Como el impacto también ha bloqueado la compuerta que libera la carga explosiva, el mayor T.J. “King” Kong“, que ha sustituido su casco de aviador por un sombrero de cowboy, la abre manualmente y no puede evitar caer con una de las bombas. Lejos de amilanarse, sujeta el proyectil con una mano y agita su sombrero con la otra, como si participara en un rodeo. Los rusos responden al ataque con el Dispositivo del Fin del Mundo, un mecanismo que se activa automáticamente y que garantiza la extinción de cualquier forma de vida. 

Creo que la imagen del mayor T.J. “King” Kong“ a lomos de una bomba como un cowboy de rodeo es una excelente metáfora de la irresponsabilidad de Trump. ¿Nuestro destino como especie es corroborar la famosa paradoja de Fermi, según la cual las civilizaciones tecnológicas más avanzadas se autodestruyen? Ni puñetera idea, pero sí tengo una cosa muy clara: no hay nada más peligroso que un imbécil en el poder. Y Trump lo es en grado superlativo. Los canallas (Trump tampoco está exento de esa cualidad) son muy nocivos, pero a veces se contienen por instinto de supervivencia. Franco interrumpió los fusilamientos masivos en 1944, cuando advirtió que Hitler perdería la guerra, pero un tonto como Trump es menos calculador. 

No hay teléfono rojo entre Estados Unidos e Irán. Trump ha preferido volar directamente hacia Teherán. Aunque no lo ha hecho montado sobre una bomba y con un sombrero de cowboy, las consecuencias para el mundo podrían ser muy parecidas. En la película de Kubrick, el Dr. Strangelove, excientífico nazi y asesor del Pentágono (encarnado por un polifacético Peter Sellers, que también hace de presidente de Estados Unidos y de general británico), propone que un selecto grupo de humanos se esconda en refugios excavados a 1.000 metros de profundidad para repoblar la Tierra dentro de cien años. No es un plan muy realista, pero en un mundo tan desquiciado quizás ya es inútil apelar al sentido común. Kubrick hizo una película de ciencia ficción. Sin embargo, hoy en día parece una profecía con el guion ligeramente modificado. Al final Shakespeare tenía razón: la vida es un cuento narrado por un idiota y buscarle un significado constituye una pérdida de tiempo. Solo tenemos clara una cosa: lo que viene es mucho ruido y mucha furia.