El ataque estadounidense a Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores han tenido un aire futurista -por la inaudita y sorprendente sofisticación de una fuerza militar ultratecnológica-, y han adquirido aspecto y detalles de mito trágico: la traición que abre la puerta de la ciudad sitiada, el sacrificio a sangre fría de treinta anónimos guerreros, etc. Sin embargo, también ha tenido rasgos de esperpento.
Simone Weil decía que el verdadero tema de la Ilíada era la fuerza, “ante la cual la carne de los hombres se contrae”. La fuerza como poder ciego, que destroza y embriaga; que convierte a los vencidos en cadáveres o en esclavos; que ciega y enloquece a los vencedores. Pero los protagonistas de la tragedia venezolana, vencedores o vencidos, no tienen nada de mítico. En las pantallas hemos visto a un Maduro esposado, entero y valeroso, pero también hemos vislumbrado sus calcetines blancos y sus chancletas. Hemos visto a un Trump triunfante, pero también su corbata desmesuradamente larga, es decir, su exhibicionismo senil. Más bien parecen personajes de Valle-Inclán que de Homero o de Tolstói. Esta desmitificación se debe a la inmediatez cotidiana de las informaciones y de las imágenes. Han desaparecido los filtros del tiempo, de la distancia, del lenguaje literario, de la magia poética. Héctor y Aquiles ya perdieron mucho en el cine. En TikTok son ridículos.
Valle-Inclán decía que los personajes pueden ser contemplados desde tres posiciones distintas. En la primera (que él llamaba “a la antigua”), los vemos desde abajo: nosotros arrodillados y ellos como seres de condición superior, a veces sobrenatural. Desde la segunda posición (la del realismo) podemos observarlos a nuestra altura, con nuestros mismos defectos y virtudes, “casi como hermanos”. Desde la tercera, los observamos desde el aire, y los personajes se ven entonces tan pequeños que pueden llegar a parecer muñecos o marionetas; figuras de sainete, o de esperpento.
¿Cómo debemos mirar a los grandes poderosos del mundo de hoy? Arrodillados, desde luego que no. Como iguales es imposible, no solo porque seamos distintos, sino porque poseen un poder infinitamente mayor que el nuestro, y se carcajearían de nuestros valores, escrúpulos y matices, si por milagro llegaran a conocerlos. Solo podemos mirarlos desde el aire, como haría Valle-Inclán, y contemplarlos así, mientras andan sobre alfombras quilométricas, se sientan en mesas gigantescas o hacen discursos bajo blasones y enseñas despampanantes; siempre en decorados de purpurina dorada.
El esperpento no inventa la realidad; la hace grotesca mediante espejos que la deforman. En Romance de lobos, Valle-Inclán retrató de este modo el mundo de una nobleza rural en descomposición, poblado de seres despóticos, violentos, avaros, crueles, y de una sexualidad crepuscular (epsteiniana, podríamos decir). No cuesta ver en aquellos lobos y lobeznos de las Comedias bárbaras un atisbo de los lobos y lobeznos del actual teatro del mundo.
La obra planetaria que representan significa el fin de la “época de la mala fe”, tal como la definía el escritor italiano Nicola Chiaromonte. Antifascista, amigo de Camus, miembro de la escuadrilla “España” de Malraux, Chiaromonte bautizó así la larga época que empezó en el siglo XX y que ahora acaba. No ha sido una época de fe genuina ni de incredulidad absoluta, sino de utilización insincera de ideologías cada vez más instrumentales, usadas como simple cobertura. Esta época ha terminado. Mariam Martínez-Bascuñán lo ha descrito así: “Estados Unidos siempre violó el derecho internacional cuando le convenía, pero mantenía la ficción de respetarlo. Inventaba justificaciones, buscaba coaliciones, pasaba por el Consejo de Seguridad aunque luego lo ignorara. Esa ficción importaba: permitía a otros invocarla. Ahora ni siquiera finge.”
Quienes ahora mandan en Washington están dejando claro que lo de Venezuela va de sed de petróleo, y que lo de Groenlandia de hambre de tierras raras (y de humillación y vasallaje de Europa). Caen las máscaras y los “años de la mala fe” dan paso a un nuevo tiempo de lobos hambrientos.
Juan de Mairena, el alter ego de Machado, sostenía que “la reducción del problema humano a la fórmula un hombre = un hambre es anunciar con demasiada anticipación el apaga y vámonos de la especie humana.” Ucrania, Gaza, Sudán, Venezuela, son muestras evidentes de la voracidad de los lobos, de su hambre insaciable de poder y de dinero, cueste lo que le cueste a la condición humana.
En un aguafuerte de los Desastres de la guerra, titulado “¡Esto es lo peor!”, Goya (que en esperpentos fue maestro de Valle-Inclán), grabó un lobo antropomórfico, sentado sobre sus patas traseras, escribiendo en un pergamino. Un fraile arrodillado le sostiene el tintero y un grupo de figuras humanas, macilentas por el hambre y la guerra, lo rodea sumisamente (una, con sus manos atadas con una cuerda). El lobo escribe: “Mísera humanidad, la culpa es tuya”.
¿Estamos ante un apaga y vámonos definitivo? ¿Ante el apagón universal y permanente (esperpéntico por añadidura) de los valores humanos? No es posible aceptar pasivamente el advenimiento de un tiempo de lobos, resignarse al odio y al miedo, a la decadencia irreversible, a la violencia creciente. Serán precisas grandes dosis de optimismo de la voluntad, de valentía moral, de inteligencia política, pero el desafío ineludible de los hombres y mujeres de hoy consiste en desmentir al lobo de Goya hasta derrotar a los lobos de nuestro tiempo.