Gemma Blasco, nominada al Goya: “En el día a día hay más menstruación que divorcios, pero hay más pelis con divorcios que menstruación”
Nochevieja, alcohol, drogas y unas bragas ensangrentadas. La fiesta acaba en casa de tu mejor amiga, cuando ya se está haciendo de día y preguntas si tiene tampones. Ella te envía a su dormitorio a buscarlos y cuando entras, a oscuras, alguien te agarra, te tira al suelo, te viola. Así empieza el año Alex, la protagonista de La furia, la ópera prima por la que la cineasta Gemma Blasco opta al Goya a Mejor dirección novel. También podrá hacerse con el cabezón Ángela Cervantes, intérprete de la víctima de la agresión sexual, nominada a Mejor actriz.
“Las mujeres más cañeras también nos rompemos y eso no es ser débil”, explica la directora sobre la construcción del personaje de Alex, a quien quiso alejar por completo de otras representaciones de las víctimas, enmarcadas en lo que la sociedad entiende como “perfectas”, si no estuviera contada “con oscuridad y entraña”, que es lo que ella misma sintió cuando fue agredida sexualmente a los 18 años: “No es mi historia”.
No hay en Alex un relato de superación, ni de reivindicación de su fortaleza, como hemos podido ver otras veces, ¿quiso huir de esta visión?
Tiene muchos matices. Había una parte de no presentar el personaje de la mujer frágil que es mancillada y se rompe; pero también me apetecía mucho plantear a una mujer que cumplía con los clichés de mujer fuerte, cañera, mal hablada, una tía solvente, y que a la vez se pueda romper. Las mujeres más cañeras también nos rompemos y eso no es ser débil. Es romperte porque la vida te supera por muchos lados.
Las mujeres más cañeras también nos rompemos y eso no es ser débil, es romperte porque la vida te supera por muchos lados
¿Cómo planteó la escena de la violación?
Fue todo un recorrido. Me planteé mucho cómo representar esto a nivel ético y moral, si es que necesitamos representarlo. Me planteé incluso que la escena no estuviera, contarlo por elipsis, pero al haber una apuesta tan clara de punto de vista, en el ejercicio de empatía que creo que también es la película, habría sido alejarse de ella.
Ahí entraba la cuestión de cómo hacerlo, porque no quería crear espectáculo como muchas películas en las que no me sentía representada, en las que se creaba una especie de morbo cinematográfico. No quería crear más imaginario colectivo, que salieras de la sala con una imagen que pudieras recordar de violencia sexual contra las mujeres, que ya tenemos suficiente. Y quería ser respetuosa con las víctimas que la vieran, que no se sintieran retraumatizadas. También con la actriz, el actor, el equipo que íbamos a grabar la escena.
La solución fue el sonido, que es un arma poderosísima, una herramienta que generaba un relato casi más perturbador. Hay algo de que cada uno se imagina la violación como se la imagina. Y apoya al relato incompleto, que es que ella no ve la cara de su agresor y tú tampoco.
¿Por qué decide que la violación suceda mientras ella tiene la regla?
Primero, porque la regla está muy poco tratada en el cine. Siempre digo que en el día a día hay más menstruación que divorcios, pero hay más pelis con divorcios que menstruación. Evidentemente, es así porque las mujeres hemos tenido poco poder sobre el relato que se contaba. Cuantas más mujeres directoras hay, más planos de menstruación están saliendo. Por otro lado, la sangre es un elemento canalizador de muchas cosas en la película. Arrancar con un plano de ella limpiándose las bragas de la menstruación era una declaración de intenciones de hasta dónde vamos a profundizar, de que no va a ser agradable, pero va a ser la realidad.
La furia aborda cómo la violación repercute en el entorno, en especial el hermano (Àlex Monner), ¿tuvo claro que quería que fuera hombre?
Dudé, pero decidí que fuera un hermano porque la película también habla mucho de los maltratos de género, de qué nos han enseñado tanto a nosotras como a nuestros hermanos de quién tiene que proteger a quien. Hay un paternalismo patriarcal estructural y por eso tenía que ser un hombre.
Su primera reacción es entre culparla e insistir en si está de verdad segura de lo que le ha pasado.
Sí le está trasladando cierta responsabilidad. No digo que activamente la culpe, pero le hace las preguntas clásicas que hace la sociedad, que son habituales, que revitimizan a la víctima y le trasladan una culpabilidad. Lo hablé mucho con Àlex Monner, sobre desde dónde entendíamos el personaje, y había algo de que no tiene herramientas. Y esa falta de deconstrucción está linkada con el patriarcado y atraviesa la película y socialmente a todos. Este personaje es un ejemplo de comentarios que he escuchado en muchos lugares y contextos diferentes. En su cabeza es un acto de amor, desde un querer ayudar genuino, pero obviamente desde una toxicidad muy grande y desde un paternalismo gigante, que responde al rol que él se ha creído que tiene que cumplir.
Él es el primero que le dice que iba pasadísima, que es que parece que las mujeres vamos pidiendo cuando salimos de fiesta que nos violen.
Para mí era muy importante crear un personaje femenino que fuera una tía que se ha drogado, que desde fuera el pensamiento pueda ser el que habitualmente se ha criticado socialmente. Era interesante revertir eso, que en ese ejercicio de empatía que puede ser la película para alguien que no ha entendido o profundizado nunca en qué se siente al ser agredida, poder desmontar que claramente veas que por mucho que ella fuera drogada y vestida como fuera, da igual lo que ella hiciera. Lo que ha pasado no es para nada su culpa.
¿Que se sigan produciendo tantas agresiones sexuales implica que sigue siendo necesario que hablemos sobre ello?
La película se estrenó al día siguiente de que absolvieran a Dani Alves. Muchas veces hemos sentido que a nivel puramente industrial íbamos tarde con la temática, pero es que los números son los que son, son muy graves y solo sabemos la punta del iceberg. Ojalá estuviera obsoletísima la película, pero no. Y ya no solo acordarnos de que suceden muchas violaciones, sino abrir el abanico de reflexión a cómo afecta al contexto, si mira o no para otro lado, que es determinante para el proceso traumático, en que las víctimas se sientan más o menos cómodas para hablar o cuál es la reparación, ¿una venganza? También es momento de pensar más allá de los números.
Una ópera prima, de una directora, mujer, joven, sobre este tema, ¿costó mucho levantarla?
Sí. Hablo con mis compañeras y no sé si ha sido por la temática, porque a todo el mundo le cuesta levantar una primera película de ficción, con empaque en un sentido industrial, por mucho que sean películas pequeñas. En las conversaciones que tuvimos en algún mercado antes del gran MeToo, pintaba mal. Había algo de: “Uf, no sé si lo podréis levantar. Estáis abriendo un melón muy grande”.
Por suerte, la sociedad ha cambiado. Tardas tanto en levantar una peli, que tú cambias y la sociedad cambia. Queda mucho por hacer, pero de repente hubo un momento incluso de pinkwashing, de que empezó a salir mucho contenido en torno a eso porque evidentemente había una efervescencia, un interés social con estas temáticas. Había algunas que lo abordaban desde un lugar, para mí, súperpanfletario y condescendiente, pero a la vez esto favoreció que las conversaciones con financiadores empezaran a ser más fáciles.
¿La nominación al Goya estuvo en algún momento en el horizonte?
No. Es difícil porque es una industria que hay momentos que casi te genera deseos que ni tenías. En la promoción, la campaña de premios, que además es superdesgastante porque tenemos que currar en otras cosas. Tú tienes que entregar guiones, pagar el alquiler de otros lugares. Y en esa vorágine, estás haciendo entrevistas, haciendo prensa, te estás moviendo, pillando AVES, y de repente ha aparecido el grandísimo deseo de que te nominen. Tiene un punto de absurdo muy grande. La cantidad de tiempo y energía que destinamos a hacer una campaña de premios te lo roba de crear tus próximos proyectos.
Lo noto como una contradicción supergrande. La nominación se recibió con mucha alegría, me ha abierto unas puertas increíbles y es impresionante lo útil que es; pero tengo compañeras que han hecho películas increíbles y no están nominadas, y también es un poco injusto. A veces depende de la capacidad de promoción que tenga esa película.
Ganó premio en los Gaudí y su discurso fue uno de los más sonados de la gala, en la que se lo dedicó a todas las víctimas de violencia sexual. ¿Cómo vive usted este espacio?
No me iba a preparar nada porque pensaba que no iba a ganar, pero como también estábamos nominadas a guion con Eva Pauné, ella me dijo que sí que había que escribirlo y le hice caso. Me pareció un ejercicio precioso. Había una responsabilidad. Tengo un altavoz, es que imagínate que gano, me arrepentiré toda la vida si no aprovecho ese momento y no digo cosas que con la peli que hemos hecho creo que es importante decir. También la oportunidad de hablarme a mí misma. Había algo de cierre de ciclo.
Vídeo de la entrevista completa
Vídeo: Àlex Corral
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