El héroe más antiguo sigue dando guerra: 3.000 años de influencia explican su salto al mundo grecolatino

Aquiles, Arturo o Gilgamesh reúnen capacidades fuera de lo común mientras afrontan asuntos ligados a la fama, el final de la vida y el porvenir humano

Héctor Farrés

5 de junio de 2026 17:24 h

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El origen semidivino aparece una y otra vez en los grandes héroes porque permite situarlos entre el mundo humano y el de los dioses. La literatura ha producido miles de figuras heroicas a lo largo de los siglos, desde personajes de tradición oral hasta protagonistas de epopeyas, novelas y leyendas. Muchas de ellas poseen una fuerza extraordinaria, una resistencia fuera de lo común o una ascendencia sobrenatural porque esos rasgos ayudan a representar desafíos que una persona corriente difícilmente podría afrontar.

Aquiles, Heracles, Ulises, Sigfrido, el rey Arturo, Beowulf o Gilgamesh figuran entre los nombres más famosos. Aunque pertenecen a culturas distintas, todos encarnan conflictos relacionados con el poder, la gloria, la muerte o el destino. Esa combinación de capacidades excepcionales y problemas profundamente humanos explica por qué siguen siendo tan importantes.

El estudio sigue pistas pequeñas para reconstruir recorridos

La figura de Gilgamesh ha vuelto a situarse en el centro del debate académico gracias a una investigación del asiriólogo Alexander Johannes Edmonds, de la Universidad de Münster. El estudio plantea que el rey de Uruk sobrevivió durante siglos fuera del ámbito de la escritura cuneiforme y que su nombre, junto con diversos fragmentos narrativos asociados a él, circuló por tradiciones griegas, hebreas, siríacas y árabes entre el siglo III a. C. y el siglo XV d. C.

Para reconstruir ese recorrido, Edmonds propone un método distinto al que suele emplearse cuando se buscan influencias literarias antiguas. En lugar de partir de grandes conexiones culturales y buscar ejemplos que las respalden, examina pequeños rastros filológicos verificables. Transformaciones fonéticas, errores de copia, cambios de escritura o alteraciones en los nombres forman parte de una red que puede comprobarse eslabón por eslabón. Según el investigador, este procedimiento permite evaluar cada relación de forma independiente sin depender de paralelismos demasiado amplios.

La tradición habría viajado mediante fragmentos dispersos

Uno de los casos que analiza aparece en el Talmud babilónico, compilado entre los siglos III y VI d. C. Allí se menciona una madera denominada gôlāmîš relacionada con la construcción del Arca de Noé. Edmonds considera que la cercanía fonética con el nombre Gilgamesh resulta llamativa, sobre todo porque el héroe mesopotámico mantiene lazos tradicionales con los cedros y con relatos de diluvio. El estudio plantea que ciertas transcripciones arameas de textos médicos y léxicos acadios pudieron facilitar una confusión que acabó introduciendo el nombre del rey de Uruk bajo una apariencia distinta.

El investigador encuentra otro posible rastro en Antigüedades judías, obra escrita por Flavio Josefo en Roma durante el año 94 d. C. En una genealogía aparece el nombre Golgomēs donde cabría esperar el bíblico Gersón. Esa forma recuerda a variantes arameas conocidas y sugiere, según la propuesta de Edmonds, que determinados círculos judíos podían haber conservado referencias a una figura mítica procedente de Mesopotamia.

La hipótesis más arriesgada del trabajo se centra en Babiloníacas, novela griega atribuida a Jámblico. Allí aparece Garmos, rey de Babilonia y adversario de los protagonistas Rodanes y Sinonis. El nombre carece de una explicación convincente dentro del griego y Edmonds plantea que podría derivar de formas relacionadas con Gilgamesh.

La transformación habría pasado por varios cambios lingüísticos, entre ellos un proceso influido por lenguas iranias. La existencia de cartas ficticias atribuidas a un rey babilonio llamado Garmos refuerza la posibilidad de que el personaje circulase previamente como figura literaria autónoma.

El interés por Gilgamesh ya había experimentado un giro decisivo en 1890. Mientras trabajaba con una tablilla cuneiforme del siglo VII a. C., el asiriólogo Theophilus Pinches identificó que la figura conocida durante años como Izdubar era en realidad Gilgamesh. Aquella corrección permitió reinterpretar numerosos textos y abrió nuevas líneas de investigación sobre la difusión de la tradición mesopotámica fuera de su entorno original.

Los nombres dispersos cruzaron siglos y fronteras

Las conclusiones del estudio plantean que la historia de Gilgamesh se transmitió de una forma mucho menos directa de lo que suele pensarse. Según Edmonds, la epopeya no circuló por otros territorios como una obra completa. Lo que pasó de una cultura a otra fueron pequeños elementos aislados, como nombres modificados con el tiempo, relatos concretos o referencias copiadas una y otra vez. El investigador añade con ironía que materiales cotidianos usados por escribas, como ejercicios escolares, listas de palabras o documentos administrativos, pudieron ayudar más a conservar el recuerdo de Gilgamesh que las grandes obras literarias.

La transmisión mejor conocida sigue siendo la que recoge el escritor romano Claudio Eliano en De natura animalium. Allí aparece un personaje llamado Gilgamos que es arrojado desde una acrópolis cuando era un bebé y rescatado por un águila que lo deposita en el jardín de un horticultor. Más tarde se convierte en rey de Babilonia.

Edmonds considera que el nombre surgió por una confusión entre las letras arameas yod y waw, muy parecidas entre sí. Ese pequeño error de lectura habría permitido que el antiguo héroe de Uruk llegara a Roma bajo una forma nueva, transformada por siglos de transmisión cultural.

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