Ucrania no se repliega pero Podemos, sí
París, septiembre de 2015. Pablo Iglesias viaja a Francia para tratar de aglutinar en torno a su partido a los movimientos de descontento que recorren Europa, aunar estrategias con el líder izquierdista Jean-Luc Melenchon y el ala crítica del Partido Socialista y asegurarse, de paso, el apoyo del economista Thomas Piketty. Y allí declaró que “hacer política implica asumir decisiones difíciles y cabalgar contradicciones”.
“No somos ángeles -dijo en una entrevista concedida a la agencia Efe-. Sabemos que hacer política implica asumir circunstancias y decisiones complicadas, y lo trataremos de hacer de la mejor manera posible”. El entonces líder del partido morado admitía su temor a ser percibido como un político más y estar preparado para marcharse “en cualquier momento”.
El momento llegó cinco años después, en mayo de 2021, porque así lo decidió él mismo cuando fracasó en su intento de frenar a la derecha madrileña. Primero, abandonó el Gobierno de España para enfrentarse a Isabel Díaz Ayuso en unas elecciones autonómicas de las que salió derrotado y que jamás pensó que le conducirían al ocaso. Desde entonces ejerce el “periodismo crítico” en varios medios de comunicación y de consejero áulico de la dirección de los morados.
¿Estaba Iglesias, como dijo, preparado para marcharse? Desde que lo hizo, la pregunta sobrevuela entre propios y extraños, pero resuena si cabe con más fuerza en estos días en que las dos ministras de Podemos, Ione Belarra e Irene Montero, han manifestado con contundencia, siempre fuera del Consejo de Ministros, su rechazo a que el Gobierno de España envíe de forma bilateral armas a Ucrania. Antes que ellas lo había hecho Iglesias en varios medios y en las redes sociales.
Una posición discrepante que se hizo explícita ante los micrófonos por parte de ambas ministras el mismo día en que el presidente Sánchez anunciaba la decisión en el Congreso de los Diputados. Lejos de que la presión internacional, las bombas, los muertos o el asesinato indiscriminado de la población civil hayan servido para matizar la posición de los morados, la crítica tornó en abierta confrontación al tachar de “partidos de la guerra” a los que entienden que ese envío es necesario para la defensa de un país asediado y una población que trata de sobrevivir en condiciones extremas.
¿Cabalgar contradicciones? Gobernar es también hacer renuncias porque la política no es una foto fija, sino en constante movimiento ante la que no siempre se puede permanecer inmóvil. Y esto es algo que la formación de Belarra tenía tan asumido como la fuerza de su proporcionalidad en escaños respecto al PSOE dentro del Gobierno cada vez que se producía una discrepancia con motivo de la elaboración de algunas leyes sociales. No en vano, en el acuerdo entre socialistas y morados que precedió a la investidura de Pedro Sánchez ambos buscaron limitar las fricciones en áreas que ya entonces se preveían especialmente sensibles, e Iglesias asumió que mientras los suyos tendrían responsabilidad e influencia sobre algunas carteras socioeconómicas, las llamadas políticas o ministerios de Estado recaerían única y exclusivamente sobre los socialistas, lo que obligaría a Unidas Podemos a asumir decisiones no siempre compartidas que podrían levantar recelos entre sus votantes.
¿Qué ha cambiado desde entonces? Que Iglesias ya no está en el Gobierno, que Podemos es un partido menguante en cada elección que se celebra y que su partido forcejea con Yolanda Díaz a la mínima de cambio, a la espera de que la vicepresidenta decida si lidera o no un nuevo espacio político a la izquierda del PSOE y cuál será la posición y la representación de los morados en ese frente.
Iglesias dejó en herencia a sus sucesores, además de una marca en retroceso, una organización en la que rara vez funcionaron los mecanismos de debate interno, sin vida orgánica, sin apenas estructuras territoriales y con una dirección que asume como propias, y sin rechistar, aún hoy las posiciones del que fuera su líder.
Y aun así hay quien opina distinto, quien introduce matices y quien, a diferencia de Iglesias, tiene pocas certezas y muchas dudas sobre la guerra, sobre el envío de armas a Ucrania, pero también sobre la posición de Podemos. Quien habla a continuación no es un militante cualquiera, sino alguien muy cercano al hoy “periodista crítico” que asegura:
“Hay una discrepancia (el envío de armas a Ucrania) y hay un nexo (le corresponde al presidente del Gobierno fijar la política exterior). Bien es verdad que los acuerdos de la coalición no estaban previstos para tiempos de contingencia. La expresión ”partidos de la guerra“ no es en absoluto afortunada. Hay consternación por la barbaridad de la invasión rusa. En esto no hay hipocresía: todos queremos hacer algo para parar esta locura. Y yo no les quito valor moral a quienes defienden el envío de armas, si bien es cierto que algunos primero engordaron a Putin y alimentaron a sus oligarcas y después han querido humillarle expandiendo hacia el Este la OTAN.
No se le quita un gramo de culpa a Putin, lo que no hay es certeza de que el envío de armas vaya a servir para algo. Si fuera tan evidente, habría gente en la calle pidiendo una intervención más contundente contra Rusia. Lo que ocurre es que no hay una clarificación sobre hacia dónde va esto“.
La posición de fondo es la misma, pero la narrativa es muy distinta, quizá porque el mismo interlocutor admite: “El problema en lo que respecta a Podemos es que no funcionan los mecanismos de debate y que Pablo [Iglesias] no deja crecer a nadie. Lo que está haciendo es atar de pies y manos a Ione [Belarra]. Como consecuencia de errores propios y ataques ajenos, está lleno de ira. Y eso es algo terrible que no le permite pensar. ¿Salirnos del Gobierno? Una coalición es algo más sutil. Podemos no hace política para solventar conflictos internacionales, sino nacionales. No aprobar la reforma laboral sí nos hubiera obligado a abandonar la mesa del Consejo de Ministros. Pero la guerra no es una línea roja. ¿Solución? Todo esto es solventable y tendrá que clarificarse: o baja la presión o Podemos tendrá que cambiar de posición”.
Pues, a tenor de las declaraciones de este lunes de la portavoz de los morados, Isa Serra, ya hay matices: el PSOE ya no es un partido de la guerra, Sánchez ya cuenta con el apoyo de Podemos y los morados no, claro que no se irán del Gobierno.
Conclusión: sigue la guerra y Ucrania no se repliega, pero Podemos ha empezado a hacerlo, con o sin la anuencia de Iglesias, que sigue siendo el faro que de momento les guía. Quizá es que, como dicen en La Moncloa, “han empezado a sentir el vértigo de la irrelevancia”.