Zapatero rompe el silencio, pero no las dudas
Ni se corrompió, ni influyó en el rescate de Plus Ultra, ni creó una sociedad offshore, ni utilizó a sus hijas como testaferros. Zapatero defiende su inocencia. Otra vez. Esta, ante las cámaras de TVE, después de 65 días de silencio desde que declaró como imputado ante la Audiencia Nacional por siete delitos, entre ellos el de tráfico de influencias. Pero, la pregunta sobre de dónde salieron las joyas que le fueron incautadas por la UDEF y clavadas en el corazón de la izquierda sigue sin respuesta, si bien de sus palabras se deduce que le fueron entregadas durante su etapa como presidente del Gobierno. De lo contrario no hubiera aceptado como discutible el incumplimiento del Código del buen Gobierno aprobado durante su mandato. ¿Devolverlas? Ya están en manos de la policía judicial y al expresidente le producen una “alergia profunda”.
Hay algo muy extraño en ver a un expresidente con una dilatada y reconocida carrera política sentado en un plató para hablar sin decir nada de joyas, de derechos fundamentales, de confianza en la justicia, de relaciones personales, del derecho de defensa de los imputados en un proceso penal… Había ante las cámaras un hombre visiblemente desgastado y en ocasiones enfurecido por algunos titulares publicados, incluidos los que dan por bueno que la entrevista que concedió a Mañaneros 360 fue por recomendación del Gobierno. Nada hubo de eso.
La decisión tuvo que ver con el impacto que su imputación ha tenido en el conjunto de la izquierda, más allá de los límites del PSOE, y con la decepción profunda que Zapatero sabe que sienten quienes hasta ahora le reivindicaban como faro moral y ejemplo a seguir entre los ex que orbitan en la política. A todos ellos les pidió que confíen en él, no por fe ni por cariño, sino por los hechos. El problema es que los hechos conocidos hasta ahora, y no aclarados por el expresidente, siguen siendo inciertos, lo que añade más dudas a la incertidumbre ya suscitada. Hay quien en el PSOE cree incluso que Zapatero concedió la entrevista “para que le quieran y no para que le crean”.
Aunque el desgaste del expresidente merece leerse con algo de humanidad, la empatía por el sufrimiento acumulado, los derechos vulnerados o el daño familiar no pueden sustituir el escrutinio sobre lo que dijo, sobre todo lo que no dijo. Porque más allá de la solemnidad con la que afirmó no haberse nunca corrompido y distinguir entre la relación personal y la estrategia de defensa del que parece sigue siendo su amigo Julio Martínez, pese a haberle traicionado con un escrito ante la Fiscalía en el que le acusa de cobrar una comisión del 1% por el rescate de Plus Ultra, poco aportó.
Sigue incomprensiblemente sin desvelar la procedencia de las joyas y el valor otorgado en el peritaje que encargó después de que el juzgado las valorara en 1,3 millones de euros. Su argumento es que debe respetar el procedimiento y hablar primero ante el juez, pero lo cierto es que se comprometió a hacerlo diez días después de declarar en la Audiencia y ha pasado ya mes y medio. “Es un regalo de cortesía, personal, de hace muchos años. Su valor será sometido a contradicción, no había afán patrimonial. No podíamos imaginar su valor. No voy a decir el país de origen. No hay intención de defraudar, fue un regalo de cortesía personal, sin uso. Esa es la verdad”, fue todo lo que declaró al respecto.
Por lo demás, insistió en que no intervino, ni habló con la SEPI o el Gobierno para mediar en el rescate de Plus Ultra, pese a la contradicción con el testimonio reciente de Julio Martínez. Luego, subrayó lo evidente, esto es que corresponde a la acusación demostrar los hechos que se le imputan y no al investigado demostrar su inocencia, sin embargo, cuando existe un testimonio directo en su contra el silencio no suele ser un buen aliado.
La facturación de la empresa de sus hijas, uno de los asuntos que más ha alimentado a la prensa carnívora en los últimos tiempos, apenas le mereció una negación genérica y el anuncio de que ellas mismas se encargarán de demostrar su inocencia. Una protección familiar, legítima en lo humano, que no resuelve tampoco la pregunta sobre el origen del dinero cobrado, cuyas cantidades por cierto puso en cuestión el expresidente.
La entrevista, en resumen, no zanja nada, solo desplaza el problema porque Zapatero puede repetir cuantas veces quiera que es inocente y que nunca se corrompió -y tiene todo el derecho a decirlo mientras no se demuestre lo contrario—, pero una negación reiterada en un plató no es una prueba como, por cierto, tampoco lo es el testimonio de un empresario hasta que se contraste documentalmente. Las dudas persisten.