Otra derrota de la libertad
Recientemente hemos sabido que el presentador y humorista Héctor de Miguel (más conocido como Quequé) se va a tomar un descanso. Con esta noticia, el cómico dejaba su programa Hora Veintipico, un espacio en la Cadena SER dedicado a recoger la actualidad política y social desde un enfoque satírico. Un programa que me ha acompañado las horas finales del día durante los últimos años. Un espacio necesario, no solo por la dosis de humor que tanto se agradece en estos tiempos, sino por el valor mostrado denunciando temas incómodos, tocando lugares y poderes donde corres en riesgo de que te salgan caros. Sobran ejemplos de ello en este país.
No han sido pocas las polémicas que ha tenido Héctor de Miguel en el programa. Tampoco las campañas de acoso que ha sufrido. Una de las controversias más sonadas fue la denuncia de Abogados Cristianos, organización vinculada a VOX y Hazte Oir, por una sátira sobre el Valle de los Caídos, donde se hablaba de volarlo con dinamita. Esta pantomima llevó al presentador a sentarse en el banquillo, donde, por si fuera poco, tuvimos que escuchar al juez equiparar el Valle de Cuelgamuros con la Plaza de Pedro Zerolo. Como si lo que representan fuese equivalente. Ver para creer.
El detonante que ha llevado al suspenso de Hora Veintipico ha sido una parodia realizada por Héctor de Miguel sobre Nacho Abad y su programa, Código 10. Tras el sketch, fueron muchas las personalidades del ala más rancia de la esfera mediática las que se echaron encima del humorista, aludiendo a la falta de respeto cometida por de Miguel hacia las víctimas del accidente de tren de Adamuz. Un relato interesado que busca dar la vuelta al mensaje de lo que en realidad trataba de denunciar la sátira. Algo que parece haber molestado a algunos.
Esta escena, que te puede hacer más o menos gracia, no busca hacer humor con algo tan doloroso como un accidente ferroviario. Más bien pone el foco y denuncia la mala praxis periodística de algunos programas de infoentretenimiento, más grave si cabe cuando realizan coberturas en catástrofes de este tipo. Algo que vimos cuando ocurrió la DANA en Valencia y que se ha vuelto a repetir con la tragedia de Adamuz.
Programas que, lejos de buscar el bien común y transmitir la información de manera responsable y ética, tratan de exprimir el morbo con noticias mal contrastadas (si es que lo están) y dando altavoz y legitimidad a individuos de dudoso rigor e imparcialidad. Espacios que viendo peligrar su posición de poder, no dudan abrazar majaderías y frivolidades que les permita retener un poco más a la audiencia. Todo un ecosistema disfrazado de un autoproclamado portador de la verdad alternativa y erigiéndose como palanca de contrapoder. Otra de esas falacias para ocultar la incuestionable necesidad de competir con Internet y su ecosistema, asumiendo sus mismas lógicas, donde lo más disparatado y nocivo es lo que mayor alcance tiene en el algoritmo.
Con el final de Hora Veintipico no solo se pierde un programa de humor. Se certifica, una vez más, que la denuncia y señalamiento de conductas de según qué personas sale caro. Que existen mecanismos de poder organizados con medios a su alcance que silencian a quien molesta de más, para que sus entramados sigan funcionando sin una disidencia que resulte molesta en sus intereses y privilegios. Nunca le fue tan fácil pasar por víctima a quien ejerce de verdugo.