Indigestión
Es imposible, para un ser humano común y corriente, procesar el desmesurado menú de acontecimientos servidos por la actualidad con un tóxico aderezo mediático y una nociva guarnición jurídica. Si el menú produce empacho por excesiva cantidad, la velocidad a la que es consumido lleva inevitablemente al hartazgo. A los entrantes de las elecciones autonómicas, adobados con la negociación entre la derecha radical del PP y la ultraderecha de Vox, se han añadido simultáneamente, los primeros platos, los segundos y el postre, en forma de elaboraciones con base trufada de corrupción, especialidad de PP, PSOE y Vox.
Andaba una distraída en las maniobras para que la izquierda preste un servicio a Andalucía y ofrezca a Bonilla lo que dice querer (abstenerse para que pueda gobernar en solitario) a cambio de revertir el proceso privatizador de la Sanidad y la Educación Públicas. Andaba una con el pesimismo a tope ante la evidencia de lo que en realidad desea Bonilla: volver a los brazos de Vox donde Ayuso y Feijóo tan a gusto se sienten. Prioridad andaluza o prioridad “nazional”: usted elige, señor Bonilla. Andaba una en estas cuitas cuando estalla la bomba del auto de imputación de Zapatero del juez Calama. ¿Lawfare o más corrupción?
Las dos Españas, de nuevo, debatiendo con su mejor argumentario; las dos Españas, otra vez, a garrotazo limpio. Un déjà vu recurrente convertido en deporte nacional, en el máximo exponente de la Marca España, una bandera más de la que el país presume en lugar de avergonzarse. “Pan con pan, comida de tontos” reza el refrán referido a la monotonía y la falta de variedad propias de la secular dieta política española. Y el pueblo moja sopas.
Durante el fin de semana, las calles se han vuelto a llenar de las dos Españas: una que sale a luchar por su Salud, por su Educación, por la Vivienda… y otra corrupta, con Aguirre y Abascal utilizando la bandera para exigir la salida del gobierno de la banda corrupta rival. Quítate tú para ponerme yo. A la par de las justas reivindicaciones y las vergonzantes vindicaciones, la España desentendida de la Sanidad, la Educación y la vivienda se ha vuelto a echar a la calle para llorar o celebrar el resultado final de su equipo de fútbol.
Entre unas cosas y otras, con el estómago más que revuelto, he recurrido a la meditación y la escritura, antieméticos habituales para combatir los empachos o los efectos de la ingesta de alimentos en mal estado. Se está normalizando la indigestión como el resultado natural del proceso alimentario que provoca vómitos de odio y violencia, amén de una suicida regresión social caracterizada por pérdida generalizada de valores éticos y derechos cívicos, anorexia en los recursos básicos para la inmensa mayoría y bulimia en las élites.
El bolo alimenticio atasca las tragaderas con serio riesgo de muerte por asfixia para la parte de la sociedad cuyo trabajo no le permite acceder a proyectos de vida con un mínimo de dignidad y desahogo. Parte de esa sociedad sostiene con sus votos a los culpables de tal situación. Mientras tanto, el mundo hierve en las calderas de Pedro Botero, alimentadas por la ignorancia y la irresponsabilidad, que permiten a criminales como Trump, Putin y Netanyahu atizar el fuego en el que arderán, si es que ya no lo están haciendo, los conceptos de Humanidad y Civilización tal y como el mundo los conoció hasta ayer mismo.
La sociedad española padece el síndrome de la rana que cayó en una olla de agua caliente, se habituó a ella regulando su calor corporal y, cuando hirvió, ya fue tarde para saltar fuera.