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José Luis Sánchez Bravo: 50 años de una juventud fusilada
Este año, José Luis Sánchez Bravo hubiera cumplido 71. Podríamos imaginarlo como un anciano discreto, si su vida no hubiera sido cercenada a los 21 años por un pelotón de fusilamiento en uno de los amaneceres más sucios de la España del siglo XX; un crimen del que este 2025 se cumplen 50 años.
No lo mataron por lo que hizo, sino por lo que representaba: ser joven y contestatario en un país que exigía silencio. Lo mataron como escarmiento final de un régimen moribundo.
En 1975, con Franco agonizando en El Pardo y el país en plena ebullición social, la dictadura se aferraba al poder mientras Europa la aislaba. Para ofrecer su última lección de miedo, el régimen condenó a muerte a cinco jóvenes. Los juicios sumarísimos en el cuartel de El Goloso fueron una farsa militar sin garantías: confesiones bajo tortura y defensas sin tiempo. La sentencia estaba dictada de antemano para enviar un mensaje antes de la muerte del dictador: no habría desorden.
Los despertaron de madrugada en Hoyo de Manzanares. Pese a las súplicas del Papa Pablo VI y de gobiernos europeos, Franco fue implacable: “Las condenas se cumplen”. A las nueve de la mañana del 27 de septiembre, las ráfagas apagaron cinco futuros: José Humberto Baena, Ramón García Sanz, Ángel Otaegui, Juan Paredes “Txiki” y José Luis Sánchez Bravo. Nombres que el franquismo etiquetó como “terroristas”, pero que eran el espejo de una generación que soñaba con otra España. Aquellas ráfagas fueron el último estertor de un poder agónico. Apenas un mes después, Franco moría en su cama.
Tras su muerte, la Transición trajo una Ley de Amnistía en 1977 que, si bien liberó a presos políticos, blindó la impunidad de los crímenes franquistas. Fue el pacto del olvido: un silencio que permitió la estabilidad a costa de una democracia sin memoria.
Esa deuda sigue abierta. Mientras familias como la de José Humberto Baena aún luchan por anular judicialmente aquellas sentencias, en San Javier, Murcia, donde nació José Luis, ninguna calle o placa recuerda al joven fusilado por soñar. Solo el silencio.
El crimen no fue solo la ejecución, sino el mensaje: fusilar la esperanza. Medio siglo después, la paradoja es que mientras responsables de delitos de sangre ocuparon cargos relevantes, Sánchez Bravo sigue siendo un “ajusticiado”. No se trata de justificar su militancia, sino de reconocer que fue víctima de un Estado criminal. La memoria no es un lujo, es un deber democrático.
Yo también soy José Luis, también nací en Murcia y, en el afán de aquella juventud por la libertad, pude haber sido él. Su muerte fue un disparo contra la multitud que todos conteníamos, como escribió Whitman: la de una generación que quiso abrir ventanas donde solo había muros.
Cincuenta años después, su nombre merece la limpieza y su memoria, las plazas públicas. Porque aquel amanecer fue venganza, y un país que calla esa venganza se condena a repetir su vergüenza.