ANÁLISIS
Alarma que algo queda: bienvenidos a la nueva fobocracia
El alemán Peter Sloterdijk acuñó el concepto de “fobocracia” para definir un sistema basado en el miedo. Lo analizó en un libro con ese mismo título y lo situó en el ámbito de las religiones. Pero ese recelo hacia otros colectivos no se limita solo a quienes comparten una creencia. Cada vez se explota más en la política y en estas últimas semanas hemos tenido varios ejemplos. Es lo que se podría denominar una nueva fobocracia.
El caso más reciente lo ha protagonizado el presidente canario, Fernando Clavijo, quien ha confirmado que la ignorancia mezclada con IA puede ser aún más atrevida. Su teoría de las ratas nadadoras para crear un mayor temor (infundado, según los expertos) al hantavirus es de las que serán recordadas. No es que el Gobierno haya querido “ridiculizarlo”, como él denuncia. Es que hizo el ridículo y, lo que es peor, fue un irresponsable al difundir una teoría que solo contribuía a extender el miedo entre la población de su comunidad.
Clavijo se equivocó y haría bien en reconocer dos cosas. La primera, que su teoría ha sido descartada por los científicos. La segunda, que contribuyó a fomentar una angustia injustificada.
La nueva fobocracia es la que transmite alarma y aprensión. “Esparce miedo y ansiedad”, resume la filósofa Donatella Di Cesare en su último libro, Tecnofascismo (publicado por Paidós y Arcàdia en catalán).
La pensadora italiana se refiere a la estrategia que muchos Estados cultivan para alimentar la obsesión por la seguridad. “Los miedos individuales, que de otra manera dividen y aíslan, se suman y dan lugar al fantasmagórico ‘nosotros’ de una comunidad del miedo”, reflexiona. Ella se refiere al papel de muchos Estados, aunque en política quien mejor está explotando esos temores —que, en muchos casos, son ya fobias— es la extrema derecha.
Un caso reciente se ha vivido en Catalunya a raíz del asesinato de una mujer en Esplugues de Llobregat. Cuando los Mossos aún no habían dado ningún detalle del caso, la líder de Aliança Catalana, Sílvia Orriols, ya escribió en X este mensaje: “Un islamista degolla a una niña en Esplugues y sale la izquierda woke a hablar de feminicidio. Se llama terrorismo, desgraciados. TERRORISMO. Y sois vosotros quienes le habéis dejado entrar”.
La policía autonómica informó al cabo de unas horas de que el asesino había sufrido posiblemente un brote psicótico (a día de hoy permanece en prisión preventiva en una unidad psiquiátrica) y de que la víctima no era una niña, sino una mujer de origen asiático de 41 años. Pero la tesis de un atentado a manos de un islamista ya era imparable en redes: algunos la difundían con cuentas a cara descubierta; otros, escondidos tras avatares.
No hay otro partido que explote mejor el miedo que Aliança Catalana. Tampoco hay ningún otro al que los sondeos vaticinen un auge tan espectacular. La última encuesta publicada, en el diario Ara, pronosticaba que el partido de Orriols podría ser el tercero en el Parlament, por detrás de PSC y ERC, y superando a Junts, que pasaría de segundo a quinto en la Cámara catalana.
Se trata al migrante como un intruso y su llegada como una invasión. “Esta deriva patriótica se traduce así en un soberanismo de fondo racista”, diagnostica Di Cesare. En esa estrategia se enmarca también el concepto de “prioridad nacional” que Vox y PP han suscrito en sus acuerdos de gobierno en Aragón y Extremadura.
“Si el miedo domina los ánimos, entonces se pueden dominar los ánimos de los otros con el miedo”, concluye Di Cesare. ¡Bien que lo sabía Maquiavelo!