Sobre este blog

Este es un espacio donde opinar sobre Sevilla y su provincia. Sus problemas, sus virtudes, sus carencias, su gente. Con voces que animen el debate y la conversación. Porque Sevilla nos importa.

Semáforos del demonio

EUROPA PRESS (Archivo)

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El otro día se lió parda en la ronda del Tamarguillo. Una señora mayor cruzaba por el sitio reglamentario la avenida a un paso bastante lento. Pobre mujer, a lo que daba la máquina. Ayudada por un andador, trataba de salvar el trecho de seis carriles que separa el barrio obrero de Los Pajaritos de la orilla del ya noble Nervión. No sabía la señora que, a mitad de camino, aquel paso protegido por un semáforo se iba a transformar en su particular pesadilla. En tan solo dos o tres segundos, el monigote había pasado de verde a rojo y los motores habían comenzado a rugir cuando aún le quedaba la mitad del trayecto por recorrer.

De súbito, algunos conductores empezaron a enfurecerse porque la señora seguía allí, en mitad de la pista, presas de ese embrutecimiento supino que asalta a muchas personas al sentarse al volante. Empezaron a tocar el claxon de forma violenta, a chillar de garrulas maneras. La señora, visiblemente agobiada y sin mediana alguna en la que guarecerse del ritmo implacable del tráfico, trataba de continuar la marcha clamando a voces por amparo a transeúntes y conductores. Finalmente y, no sin sudor, llegó a la meta. Tras de sí, vehículos con el ceño fruncido y neumáticos calientes volvieron a rodar por el asfalto. Solo por esta vez, había sobrevivido. Aunque quizás le dió un pequeño jari.

La ciudad no está pensada para la gente que camina y, mucho menos, para los viejos. En general, el mundo incrementa su hostilidad en la misma medida en que lo hace nuestra vulnerabilidad. Es hostil para los pobres, es hostil para la gente enferma, es hostil para los niños y para los viejos, para los feos, para los gordos o para las personas sin papeles. De alguna manera, es más hostil para el que camina que para el que va en coche. Y, teniendo coche, es más hostil para el que tiene prisa y debe pagar una multa por exceso de velocidad que para ese otro que corre por placer porque su coche se lo permite y paga la misma multa. Es más hostil para el jornalero que para el latifundista. Es más hostil para la camarera de piso que para el ingeniero informático, y también más para la jueza de línea que para el futbolista de primera división. Se podría decir, con la brocha gorda, que es más hostil cuanta menos pasta se tenga.

Me gustaría proponerle al Ayuntamiento de Sevilla que revisase al alza el tiempo de duración de los semáforos para peatones y, en particular, de la duración del parpadeo. Dicho de otra manera, hay que darle una sobremesa al ámbar de los Ford Pierna

Volviendo al tema que nos concierne, creo que estaremos de acuerdo en que la ciudad se vuelve jodida para los ancianos, para las personas con movilidad reducida o para cualquiera que lleve, por ejemplo, un carrito de la compra o empuje un cochecito con una criatura en su interior. Algunos edificios cuentan ya con adaptaciones, algunas de un gusto muy discutible, como aquel mamotreto falsamente brutalista en forma de rampa de Alcalá de Guadaíra. Sin embargo, haciendo acopio de aquella frase tan trillada en la política, aún queda mucho por hacer.

De mis años en Madrid - hoy también le toca cobrar -, recuerdo no demasiadas cosas positivas; mucha gente, mucho tráfico, mucho ruido. Demasiao. Cuestión de gustos y de que cada uno cuenta la feria según le va. Pero sí destaco una cosa positiva que me llamó poderosamente la atención. A diferencia de Sevilla, los semáforos para peatones duran lustro y medio. Lo recuerdo porque casi me atropellan en Luis Montoto una vez que volví un fin de semana y había olvidado cómo funcionan las cosas aquí, en el viejo oeste. Aprendizaje por contraste. Me di cuenta de que la gente de la capital cruza sin miedo la calzada porque sabe que, una vez que el moñeco comience a parpadear, aún queda un rato antes de que el parque móvil atosigue al viandante con acelerones y cláxones entre el humo.

Por eso, hoy me estreno en esta columna con algo parecido al tradicional “expone / solicita”. Ahí va: me gustaría proponerle al Ayuntamiento de Sevilla que revisase al alza el tiempo de duración de los semáforos para peatones y, en particular, de la duración del parpadeo. Dicho de otra manera, hay que darle una sobremesa al ámbar de los Ford Pierna.

La orografía de las ciudades y su paisaje son, en realidad, reflejo inequívoco de la época en las que fueron construidas y del propósito para el que estaban pensadas. La mayoría de las grandes ciudades en las que vivimos y su planificación, esto ya lo sabe quien ha llegado a este punto del texto, responde a la necesidad de vías anchas para el tráfico rodado de finales del siglo XIX y de todo el siglo XX.

Se trata de cuidar las aceras para que no se tuerzan botas y tobillos y no solo de asfaltar las calzadas

Sin embargo, el necesario declive del coche privado en las grandes urbes en favor de formas de transporte menos contaminantes, más sanas o logísticamente más optimizadas, como la bicicleta o el transporte público, debe ir acompañado de una mejora radical, de replanteamiento, del uso que se da al espacio público en las infraestructuras para los peatones.

Esto no va de la décroissance por la décroissance. Se trata de cuidar las aceras para que no se tuerzan botas y tobillos y no solo de asfaltar las calzadas. De comprometernos a tupir las calles con un arbolado sano y fuerte capaz de contrarrestar el infierno térmico que genera ese asfalto negro en verano. De instalar (¡y no quitar!) fuentes públicas en las que podamos beber. De repensar las ciudades en términos de habitabilidad para el peatón, para las madres con hijos, para quien vuelve de la compra, para las personas mayores, para las personas invidentes, para los animales de compañía y la fauna urbana que convive con nosotros

Aún queda mucho por hacer, lo sé, y por eso me mojo con esta mejora concreta porque, como dijo algún sabio alguna vez, los viejos también son personas. Y si ustedes aún no lo son, lo serán, también, con suerte, algún día. Y no querrán ser avasallados en la ronda del Tamarguillo.

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