La mujer que no muestra nada (y dos marmotas)
Hola,
Estoy dispersa. Ya sabes, esa sensación de que no llegas a concentrarte bien en nada. Últimamente me he aficionado al contenido de una influencer un tanto particular. Es particular porque no hace nada: no te muestra rutinas complicadas de belleza, recetas saludables, la decoración de su casa, cómo arma sus oufits, no te cuenta sus viajes, ni sus relaciones, ni los libros que lee o las películas que ve o los bares a los que tienes que ir a tomar un cocktail, no te dice qué tabla de ejercicios hace para tener el abdomen plano ni te lanza consejos para ser una madre más consciente o una mujer que sabe poner límites.
Ella solo te muestra una misma historia bajo una premisa: es una mujer que vive sola en un gran ciudad, no tiene amigos allí, vive sola con su gato, y te cuenta cómo cada tarde llega a casa y sigue prácticamente la misma rutina con alguna variación.
Se pone el pijama, se da una ducha, se prepara la cena, juega con el gato, si acaso extiende una esterilla para relajarse un rato, y cena frente a la tele. Es así los lunes pero también los viernes o los sábados. De fondo, música tranquila. Cambia el plato que se cocina (pero no hay receta en el vídeo) o la comida que ha comprado preparada por el camino, a veces se toma un vino en lugar de un refresco, en algún vídeo te cuenta que ha ido a yoga o a hacerse las uñas. Poco más.
¿Por qué me he enganchado a esto?, me preguntaba yo hace poco. Y creo que tengo la respuesta: me relaja. En un mundo lleno de FOMO (fear of missing out, miedo de perderse algo), un fenómeno propiciado por las redes que hace que nos inunde la sensación de que siempre estamos perdiéndonos algo, que los otros siempre están viviendo experiencias interesantes y divertidas y nosotras no, que siempre que hay algo que hacer para vivir 'mejor' y verte 'mejor', asistir a cómo una mujer llega a casa, se pone cómoda y se hace la cena, me parece un gran alivio.
No hay nada que hacer en ese vídeo. No hay ninguna rutina que aprender, ningún truco o receta del que tomar nota, ningún consejo sobre nada, ninguna lista de viajes o restaurantes que visitar, ninguna ansiedad porque no estás siguiendo los consejos necesarios para envejecer más lento o para que tus hijos no tengan traumas... es solo la vida cotidiana que sucede cuando llegamos a casa después del curro, sin pretensiones. Como mujer que está a comienzos de sus 40 estoy acostumbrada exactamente a lo contrario. Ese interminable carrusel de 'cosas que hacer', de optimizaciones sobre una misma que poner en marcha, se suma al ajetreo diario, al cansancio, a las peleas, y acaba por generar un agotamiento y una desazón que pesan.
Frente a la carga mental que sufrimos las mujeres y contra el contenido en redes que nos señala que siempre podemos hacer más (para estar guapas, para estar fuertes, para ser mejores madres, para negociar mejor en nuestros trabajos, para encontrar el mejor menú del día, para hacer el viaje más bonito), ver en la pantalla a una tipa que hace una vida como cualquiera a partir de las ocho de la tarde me parece liberador.
Y dirás, ¿y qué tienen que ver con esto esas dos marmotas con las que ilustras el boletín? Que también me relajan. Que es la captura de un vídeo gracioso, tierno, sin ninguna pretensión. Son dos marmotas afrontando la dura experiencia de dejarse cortar las uñas. Una lo lleva con resignación, la otra, viendo que le toca pronto el turno, se estremece. Me lo guardé para cuando necesitara ver algo reconfortante. Porque al menos yo, en este mundo de exigencias, FOMO, productividad y experiencias que deben de tener siempre un sentido, cada vez necesito más sencillez, más porque sí.
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Hasta la próxima semana.
Ana